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Esquilache y el ébola por Miguel Montanyà


concentración ante el CArlos III, ayer
Este centro (curiosa coincidencia del nombre con el tema de este artículo), está especializado en enfermedades infecciosas. El proceso de desmantelamiento que sufre simboliza las peores consecuencias que tienen los recortes en sanidad. Foto: Álvaro Minguito.
Hacia 1763, el italiano Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache, se convertía, junto con el marqués de la Ensenada, en el más estrecho colaborador de Carlos III. Tres años más tarde fue desterrado como epílogo de una revuelta popular que pasaría a ser conocida por el nombre de este ministro. El detonante del "motín de Esquilache", el bando que obligaba a vestir capa corta y sombrero de tres picos. Era una norma de seguridad ciudadana frente a la capa larga y el sombrero de ala ancha, que facilitaban esconder el rostro y ocultar armas largas. Las investigaciones historiográficas han proporcionado amplia evidencia de que este motín en modo alguno podría explicarse por un supuesto «atraso civilizatorio» de un pueblo llano que rechazaba modernas normas de convivencia defendiendo viejas tradiciones en el vestir. Por otro lado, el motín se inscribe en luchas de poder internas de distintas facciones en la corte de Carlos III; se sabe que la insurrección fue instrumentalizada por algunas de ellas, pero tampoco nació en su seno.


La historia (y en especial la historia económica) nos proporciona datos que son muy útiles para trazar una explicación mucho más fecunda de este motín: en los cinco años anteriores el precio del pan (el alimento básico) se había duplicado, en un proceso que tendría más que ver con la acción especulativa de grandes productores que con malas cosechas. Mientras, los salarios reales habían caído en torno a un tercio en lo que llevaba de siglo. La carestía de alimentos trajo consigo el hambre y, muy probablemente, un aumento del tipo de conductas delictivas que la norma de Esquilache pretendía prevenir.
Pero ¿qué legitimidad tenía aquel gobierno para promulgar y hacer cumplir una medida semejante? Un gobierno que dictaba normas que limitaban la libertad del pueblo llano, al que obligaban a vestir de una forma determinada, mientras permitía el alza especulativa de los precios de los alimentos, agravando los problemas acuciantes de la mayoría de la sociedad.
Muy probablemente, este sentimiento extremo de injusticia y de deslegitimación de un gabinete fue el detonante del motín. Este análisis vendría a impugnar el de bastantes pensadores que desde la perplejidad interpretaron el motín como reacción de un pueblo atrasado contra el progreso y la modernidad.
Esa sensación de perplejidad, que en los siglos xix y xx llenaba páginas de libros y revistas, asoma estos días por los medios digitales y las redes sociales por una noticia insospechada: la intensidad de las protestas que ha desencadenado el sacrificio de un perro, so pretexto de prevenir la propagación del ébola en nuestro país. Hace pocas horas, un buen amigo se preguntaba en las redes sociales cómo era posible que la muerte de personas extranjeras en España a raíz de ser desprovistas de tarjeta sanitaria haya generado menos repulsa que la muerte de Excalibur, la mascota de Teresa Romero, auxiliar de enfermería y primera persona contagiada en España por ébola. La polémica está en las redes sociales: se contraargumenta que la falta de acción frente a ciertas injusticias muy graves no significa que deba dejar de lucharse frente a injusticias menos graves, que lo uno no quita lo otro. Pero la pregunta está muy bien traída.
Nada puedo decir sobre si una medida así era realmente necesaria: preguntemos a médicos y veterinarios. Parece que varios de ellos solicitaban que siguiera vivo para su estudio, pero se contestó que no había medios materiales para mantener a un perro en aislamiento. En lo que coinciden muchos especialistas es en las deficiencias que hubo en la aplicación del protocolo de actuación desde el primer momento. En un sentido más amplio, se señala la responsabilidad del gobierno en haber debilitado la capacidad de respuesta a una emergencia sanitaria como esta, a fuerza de recortes en sanidad.
Mientras tanto, la postura del gobierno se basa en culpabilizar a la enfermera de su propio contagio, y de cuantos pueda haber a raíz del suyo. La culpa del ébola resulta que la tiene quien ha luchado contra él en primera línea. Del mismo modo, la culpa del accidente del tren en Santiago la tuvo el maquinista. La culpa de accidente del Yak-42 la tuvo el piloto, y la del naufragio del Prestige la tuvo su capitán. Y por, supuesto, la culpa de la profunda económica que está carcomiendo las condiciones materiales de existencia al pueblo la tiene el propio pueblo, que había estado viviendo por encima de sus posibilidades.
Al igual que sucediera en tiempos de Esquilache un gobierno permite, e incluso propicia, que las condiciones de vida de la mayor parte de la sociedad se deterioren para apuntalar los privilegios de la élite económica y social, cargando sobre los más débiles la responsabilidad económica, e incluso moral, de la situación. Y así, para muchas personas del pueblo, el gobierno ya no tiene legitimidad moral ni para disponer de la vida de un solo perro. Estalla la rabia y la indignación, que venía alimentándose a diario por infinidad de motivos.
Las revoluciones, las insurrecciones y las revueltas siempre tienen causas profundas y graves, que aluden a los fundamentos sobre los que se basa la sociedad, pero los detonantes de estas son pequeñas gotas que colman grandes vasos: con frecuencia se trata de hechos anecdóticos, infinitamente menos importantes que las causas de fondo que motivan los estallidos sociales.
Si la vida de un solo perro ha sido capaz de provocar semejante ola de protestas en la red (y, en menor medida, en la calle) no es por «la ignorancia del pueblo», sino porque el magma de injusticias y conflictos sobre el que se le obliga a vivir está en ebullición. Sirva este episodio como advertencia a gobernantes y activistas: los senderos de la insurrección son inescrutables.

Miguel Montanyà es miembro del Colectivo Nove Cento, por medio del cual Crónica agradece compartir este artículo

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Àgora CT. Associació Cultural sense ànim de lucre per a promoure idees progressistes

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