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El BCE o la puntilla para la sociedad griega artículo de Alejandro Inurrieta

El 10 de abril de 2014 finalizó "oficialmente" la crisis financiera del Estado griego, ya que ese día el Estado heleno logró colocar 3.000 millones de euros, sobre todo entre inversores extranjeros, en títulos a cinco años al 4,95% de interés. Al día siguiente la canciller alemana Angela Merkel, que se encontraba en Atenas, manifestó: "Grecia ha cumplido sus promesas". La vuelta a los mercados financieros es una señal de que la confianza ha regresado. Espero que esta política continúe". El primer ministro griego Andonis Samaras añadió: "¡Grecia lo ha logrado! Hoy comienza un nuevo día y el país inicia su camino hacia el crecimiento".

Viendo este nivel de analfabetismo político que atesoran los grandes partidos en Europa, no es raro ni extraño, que poco a poco, vayan a ir desapareciendo de la esfera política europea. En el caso griego, la situación social es tan insostenible que produce rubor y cierto asco observar el trato que están recibiendo los nuevos mandatarios griegos, mucho mejor preparados intelectualmente que sus homónimos alemanes o franceses, y por supuesto españoles, a los que ni siquiera visitan.

La gran batalla que se va a librar en las próximas semanas –lo ocurrido en estas primeras jornadas son escarceos propios de una lucha titánica que se avecina entre el inmovilismo europeo, tan estéril como inapropiado, y una nueva realidad económica y política que Grecia va a desencadenar– es quién gana el duelo de la opinión pública. Ya no es sólo un problema de la deuda pública, que también, sino que se avecinan episodios de aproximación geopolíticos nuevos que pueden cambiar el equilibrio de poder europeo.
En materia de deuda, el gran reto es convencer a los sátrapas de Bruselas y Berlin de que ese montante no se puede pagar, ya que podría generar un auténtico genocidio entre la población griega. El profundo empobrecimiento heleno en los últimos años pesa sobre la ingente cantidad de deuda que acumulan sus acreedores europeos: 257.000 millones de euros, de los que el 32.700 recaen en España. Los sectores productivos griegos no dan síntomas de mejoría. El problema de Grecia no es tanto tener mucha deuda, que también, claro, sino que su actividad productiva no tiene, ni va a tener, el músculo suficiente como para poder pagarla. Parece una obviedad, pero no lo es: tras un lustro largo sumida en un hondón sin salida, Grecia tiene más deuda que antes, menos PIB, menos empleo y mucha más pobreza.

Una derivada peligrosa de esta depresión de Grecia es que los países que la sostienen se juegan también unas suculentas pérdidas, en caso de quiebra total. La deuda pública griega asciende a 315.509 millones de euros, lo que equivale al 176% del PIB (en 2010 era del 130%). El 68% de esa cantidad, 215.800 millones, está en manos de los socios europeos y el FMI. Esa deuda tiene un vencimiento medio de 25,2 años y un interés medio del 2,4%. Además, el Banco Central de Grecia tiene una deuda de 41.700 millones con el BCE. Por tanto, los acreedores públicos copan nada menos que el 81% de la pantagruélica deuda helena (257.500 millones, en total).

Por eso, tras la victoria de Syriza en las elecciones del pasado 25 de enero, el nuevo Gobierno heleno está obligado a renegociar el repago de los préstamos con sus socios de la moneda única. De entre ellos, el más helenizado es Alemania, con una exposición total (directa e indirecta, a través del BCE) de 72.720 millones de euros, según un informe del IESEG School of Management. Esto es, el 28,3% del total. Le siguen Francia (55.209 millones) e Italia (48.380). España es el cuarto país con un mayor volumen de préstamos a Grecia, con una exposición de 32.744 millones, más de un 3% de su propio PIB. El ministro de Economía, Luis de Guindos, cifró recientemente en 26.000 millones el valor actual de los préstamos españoles a Grecia, y por tanto su impacto. Tras España se sitúan Holanda (15.507 millones), Bélgica (9.470), Austria (7.562) y Finlandia, uno de los países más beligerantes con la posible reestructuración de la deuda griega, aunque últimamente comienza a suavizar su postura (con 4.873 millones de euros de exposición a Grecia).
La incertidumbre sobre el futuro de la economía griega deviene de unas cifras demoledoras. Desde 2010 el PIB griego se ha despeñado más de un 25%. La tasa de paro se acerca peligrosamente al 30% (29,2%) y entre los menores de 25 años se dispara hasta el 56%. Los ingresos medios anuales de los ciudadanos se han desplomado un tercio y las pensiones se han recortado con recurrencia.
El país lleva en deflación desde febrero (sólo por eso subió el PIB en el tercer trimestre, un 0,7%). Además la producción industrial, ya de por sí escasa, se ha hundido un 30%.
Pero el peso de Grecia en la construcción europea no se corresponde con su tamaño. No se trata sólo de la retórica sobre la importancia de Grecia en el imaginario colectivo, en la cultura y en la simbología europea (sin ir más lejos el propio nombre del continente). Se trata de su capacidad de incidir en grandes decisiones del proyecto de integración. Grecia se sumó tarde a la UE (1981) pero consiguió hacerlo antes que España y Portugal. Además es un país que se atrevió a amenazar con vetar la gran ampliación de 2004, que impuso la adhesión de Chipre sin que previamente se hubiera resuelto el conflicto que divide la isla y que consiguió colarse en la zona euro sin estar preparado.
Con los mercados internacionales cerrados, Grecia depende hoy de la financiación europea y estos acreedores han marcado el rumbo de las políticas griegas. Aunque en esta campaña también se haya hablado de los privilegios de la oligarquía o de la necesaria reforma del estado, la UE ha ido escalando posiciones en la agenda política. Cada vez más griegos se han hecho su propia idea sobre qué tipo de relación quieren con Europa. Habrá que seguir con mucho cuidado los movimientos de Rusia y China para una posible financiación externa, lo que dejaría a la banca griega a merced de estas dos economías.
En resumen, Grecia ha hablado alto y claro y no está dispuesta a volver a caer en manos de la mafia interna y la nueva forma de hacer política del BCE, cercana al matonismo. Ha llegado la hora de equilibrar los poderes y que la sociedad griega pueda respirar y dejar de verse atrapada entre el fuego cruzado de gobiernos corruptos y una UE que sólo vive para agasajar a los lobbys financieros. Sin duda, habrá quitas de deuda para Grecia.
 
(*) Alejandro Inurrieta es economista y director de Inurrieta Consultoría Integral.
seleccionado por Crónica desde cuartopoder con licencia Creative Commons
 
 
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Àgora CT. Associació Cultural sense ànim de lucre per a promoure idees progressistes

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