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Si hubieran defendido la unidad de España artículo de Hugo Martínez Abarca

No sé si el 11S hubo más de medio millón como asegura el Gobierno español, un millón y medio como calcula el ayuntamiento de Barcelona o dos millones de personas según lo que dicen los organizadores. Tanto da. Si el Gobierno estuviera diciendo la verdad (un hecho que sería insólito) estaríamos ante una manifestación ingente. Hace muchísimo tiempo que en Madrid no hay una manifestación de medio millón de personas y menos no siendo la primera por una causa; menos aún cuando, como ayer, no había absoluta unidad entre quienes otros años participaron defendiendo el derecho del pueblo catalán a decidir su futuro político libre, pacífica y democráticamente.
Ayer hubo muchísima gente. Por enésima vez. Quienes intentan explicar el conflicto catalán como una especie de locura de Artur Mas o mienten conscientemente o no se han parado cinco minutos a intentar analizar lo que pasa en Cataluña desde hace años. El independentismo es un indudable acontecimiento sociológico en la Cataluña de la última década, no un mero capricho de un dirigente político. No sé si llegada la hora de la verdad sería mayoritario, pero es evidente que el independentismo es muy masivo. Si algo se puede decir de Mas es que se está subiendo hábilmente a una ola que nunca fue la suya. Pero la ola es popular.
La unidad de España me preocupa poco. Me preocupa mucho más la soberanía popular. Pero no tengo una gran preferencia entre una España unida que entregue su soberanía a Berlín, Bruselas y a la banca y una España rota que entregue su soberanía a Berlín, Bruselas y a la banca. Tampoco tendría una gran preferencia entre un único estado español que recuperase la soberanía popular, que construyese una democracia real y un conjunto de estados democráticos, soberanos, libres, con derechos humanos para todos… Qué se le va a hacer. No soy nacionalista.
La razón para preferir la unidad de España es menos romántica: es más fácil para países endeudados (como España, como Cataluña) conquistar la soberanía popular, la democracia, con un gran PIB que con muchos pequeños PIBs. Grecia es un ejemplo evidente: no la habrían podido someter así de haber tenido un PIB (y una deuda) del tamaño del PIB (y la deuda) de España. Eso poco importa con gobiernos como el de Artur Mas y Mariano Rajoy. Por eso concedo mucha más importancia a las propuestas soberanistas que a las independentistas. Y me temo que en Cataluña candidaturas soberanistas sólo hay dos: Catalunya sí que es pot y CUP. Si fuera catalán doy por hecho que votaría a los primeros, pero tengo bien claro que el mundo lo comparto con CUP. La proclama tras el CIS de la candidata de Ciudadanos ("estamos a un escaño de gobernar") parte de esa miopía nacionalista según el cual todo el que no piensa que la única aspiración política relevante es la independencia tiene como prioridad en la vida la sagrada unidad de España cueste lo que cueste.
Y lo curioso es que esos defensores de la unidad son los garantes del imparable crecimiento del independentismo. Probablemente los mejores actos de precampaña independentista han sido el anuncio de la reforma del Tribunal Constitucional, la insinuación del ministro de Defensa de llevar los tanques a la Diagonal y cada portada de La Razón.
¿Se imaginan que hace cinco años se hubiera pactado un referéndum al estilo escocés? ¿O que en su momento España hubiera aceptado el Estatuto Catalán aprobado por su parlamento y su pueblo en referéndum -y empujado por CDC y ERC, que tendrían pocas razones para hoy declararlo insuficiente-? Recordemos que entonces lo dramático era que apareciera la palabra "nación". En ninguno de esos dos casos hoy estaría cuestionada la unidad de España y sin embargo eso no sucedió por la cerrazón de los supuestos defensores de la unidad de España.
Las alternativas de Junts pel sí y del difuso Junts pel no encabezado por Ciudadanos ofrecen más un callejón sin salida que un desenlace al conflicto catalán. Es difícil pensar que quienes no dejaron de acatar la legalidad del 78 para convocar un referéndum desde las instituciones catalanas ahora sí la vayan a desobedecer para algo mucho más grave, más discutible y para lo que tendrán menos respaldo, la declaración de independencia. Tampoco la alianza de nacionalismos españoles ofrece más que alimento para el independentismo. Su receta inmovilista y numantina es la que ha llevado a España más cerca de la ruptura territorial. No es más útil a la independencia de Cataluña Junts pel sí que la tríada del no.
No hay más receta para desatascar el colapso institucional (no sólo catalán, aunque singularmente también) que la construcción de un proceso democrático y constituyente en Cataluña. Y tal sólo será creíblemente viable en un proceso democrático y constituyente en el conjunto de España. Si fuera independentista catalán, no se me ocurriría otra forma realista de alcanzar la independencia (es difícil, pero a diferencia de otros itinerarios es creíble). Si fuera unionista español no se me ocurriría otra forma realista de que se redujera la cantidad de catalanes que no aguanta más en esta España. Como defiendo más la soberanía popular (las soberanías populares) que la unidad nacional, no se me ocurre otra forma de alcanzar la democracia.
(*) Hugo Martínez Abarca. Miembro de Convocatoria por Madrid y diputado autonómico de Podemos. Es autor del blog Quien mucho abarca.
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Àgora CT. Associació Cultural sense ànim de lucre per a promoure idees progressistes

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