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Hay muchas cosas por hacer artículo de Luis Garcia Montero

Como las encuestas y las discusiones están muy cocinadas, nadie sabe qué va a pasar en las próximas elecciones. Mucha gente no sabe ni siquiera lo que va a votar. Tengo la sensación de que la izquierda española ha perdido una gran oportunidad y de que existe el riesgo de que todo el teatro de cambios y transformaciones sólo sirva para que las élites económicas permanezcan asentadas en su avaricia y su impunidad. Cambiarlo todo, para que todo siga igual.

Desde que Lampedusa publicó su novela El gatopardo sobre la aristocracia siciliana, se ha utilizado el concepto de gatopardismo para aludir a las transformaciones llamativas y superficiales que sólo sirven para que permanezcan los sistemas establecidos sin demasiadas alteraciones profundas. Desde el punto de vista de la economía española, es muy posible que el resultado electoral suponga un ejemplo claro de gatopardismo. Como le dijo Tancredi al tío Fabrizio, "si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie".
Uno tiene la sensación de que los debates, maniobras, escisiones y movimientos espectaculares de la escena pública y los despachos privados sólo han servido para que el Ibex 35 se inventara a Ciudadanos, un partido que asegura a dos bandas la permanencia de su control en la política española.
Si se tiene en cuenta la situación europea, es fácil comprender que no hay alteración posible sin un cambio de rumbo en los partidos socialdemócratas para romper el predominio neoliberal en los ámbitos de decisión. Ciudadanos, entre otras cosas, asegura hoy que si el PSOE llegase a gobernar en España, cosa muy difícil, lo haría bajo la disciplina de los bancos, renunciando una vez más a su socialismo y a los deseos de parte de su militancia. La evolución de Pedro Sánchez y sus fichajes estrella así lo demuestran. Y es una lástima, porque hace poco más de un año el PSOE estaba obligado a gobernar en la izquierda.
Desde mi punto de vista personal, desde mi vida, el gatopardismo no lo ha dejado todo igual. Sin exigirle cuentas a nadie, me siento con derecho a una rabia nostálgica, porque he visto cómo la izquierda en la que yo he habitado desde los años 70 provocaba sin necesidad su propia destrucción. Sé que los argumentos personales no son objetivos y por eso hago lo posible para que la nostalgia no se convierta en mezquindad. Deseo la mejor de las suertes a todas las opciones que puedan suponer una quiebra del bipartidismo imperante. Lo deseo de corazón.
Pero sé también que uno no puede renunciar a su propia historia y a sus "argumentos personales" sin convertirse en un saltimbanqui más de la política espectáculo. Por eso, y más allá de resultados electorales, triunfos y fracasos, me hace bien recordar que la orfandad política no será completa mientras existan las calles, la plaza pública, los periódicos y la posibilidad de opinar y de luchar por lo que considero justo. Es posible que para subir en votos los partidos tengan que centrarse, pero sea cual sea el resultado electoral, la pequeña historia de mi vida permite encontrar huecos de alegría en mi apoyo a cualquier movimiento cívico, sindical o político que defienda:
1.- Una legislación laboral que asegure el trabajo decente y el salario digno. Las exigencias del alto empresariado español y de los bancos me parecen inhumanas.
2.- La educación pública como factor indispensable en una sociedad democrática. No soy partidario de que el Estado subvencione colegios privados y tampoco creo en la enseñanza concertada.
3.- La sanidad pública como metáfora de todas las reivindicaciones que aspiran a la igualdad en la vida cotidiana.
4.- Una política, sin recortes, que aspire a conseguir la igualdad de género y el respeto a la singularidad sexual.
5.- Un Estado laico, separado del imperio insaciable de la Iglesia Católica y dispuesto a respetar por igual todas las creencias religiosas privadas siempre que no atenten contra los derechos humanos.
7.- La República como forma de Estado.
8.- El derecho de todas las víctimas de la violencia a la verdad, la justicia y la reparación.
9.- Una legislación ecológica que salve al planeta de la avaricia de los especuladores.
10.- Una información pública veraz e independiente de las élites económicas o de los gobiernos de turno.
11.- Unas relaciones internacionales democráticas, sin protagonismo de plataformas militares como la OTAN y con Estados que respeten el derecho de asilo y el libre movimiento de las personas.
12. La conciencia de que la pobreza no es sólo un problema de carácter individual, sino el resultado de una sociedad injusta.
Cosas así de simples y soberbias. Gane quien gane las elecciones, desaparezca lo que desaparezca, se imponga lo que se imponga, me quedan muchas causas con las que comprometerme.




* Crónica agradece al autor su generosa decisión de compartir sus artículos de opinión con nuestros lectores.
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Àgora CT. Associació Cultural sense ànim de lucre per a promoure idees progressistes

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