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Para que el Estado pueda ingresar primero debe gastar artículo de Eduardo Garzón

Todo el mundo suele tener en la cabeza lo siguiente: para que el Estado pueda realizar cualquier gasto (pago de sueldos a empleados públicos, pago de pensiones, construcción de carreteras, etc) necesita primero extraer el dinero de algún sitio. El sitio es el bolsillo de las familias y de las empresas y la forma de extraer el dinero es mediante los impuestos que esos agentes económicos pagan al Estado. Sin embargo, en este proceso que parece tan intuitivo desgraciadamente nunca nos hacemos una pregunta crucial: ¿de dónde proviene ese dinero que está en los bolsillos de las familias y de las empresas? O por decirlo de otra forma: ¿quién creó ese dinero y cómo lo hizo?

Todo el dinero que hoy día existe, ya sea en forma de billetes, monedas o anotaciones electrónicas en cuentas bancarias, ha sido creado por el banco central, única institución que tiene el poder y privilegio de crear el dinero oficial[1]. Los bancos centrales son instituciones públicas que están estrechamente conectados a los Estados de los países y por lo tanto la dinámica de aquéllos depende de la dinámica de éstos. Es decir, los bancos centrales son una parte importante y especial de los Estados. No ocurre exactamente lo mismo en zonas monetarias que albergan más de un país, como la Eurozona, donde sólo hay un banco central para muchos países. No obstante, para facilitar el análisis hablaremos de un banco central que sí coincide con un solo Estado, como ocurre por ejemplo en Estados Unidos, Reino Unido, Japón, o Australia.
 
Si todo el dinero que tienen las familias y empresas proviene originalmente del banco central, será necesario que éste haya creado el dinero antes de que aquéllas puedan pagar impuestos. Es decir, para que el sector privado pueda tener dinero es imprescindible que el banco central haya primero creado el dinero y luego inyectado en la economía. Y el banco central inyecta dinero en la economía cuando el Estado gasta más de lo que ingresa (es decir, cuando hay déficit público). Piénsese con detenimiento: cuando un Estado registra déficit público significa que está poniendo más dinero en circulación a través del gasto del que retira mediante impuestos. Y ese dinero no proviene de la persona que ha prestado dinero al Estado, porque ésta sigue teniendo un activo financiero por el mismo valor (en vez de tener euros contantes y sonantes, tiene un bono público por el mismo valor). Al mismo tiempo que el acreedor no ve variar el volumen de su ahorro, el Estado inyecta en la economía más dinero del que retira. En consecuencia, hay creación neta de activos financieros y por lo tanto nuevo dinero en la economía.
 
En consecuencia, la única forma de que las familias y empresas puedan pagar impuestos es logrando que el binomio Estado-banco central haya creado el dinero e inyectado en la economía a través del gasto público. En otras palabras, el dinero que el Estado recauda por impuestos es un dinero que en su día creó el propio Estado a través del banco central.
 
Puede confundir el hecho de que pensemos en un Estado actuando por un lado y en su banco central actuando por otro. Pero esta confusión desaparece si uno imagina el banco central como lo que es: una parte del Estado. Antiguamente no había distinción entre un banco central y el Estado. Por ejemplo, el imperio romano creaba su moneda y la ponía en circulación a través del gasto (gasto militar, gasto en construcciones, pago a senadores, etc). Luego recaudaba esa moneda a través de los tributos. Pero la única forma de que la gente pudiese pagar los tributos con moneda romana era que primero fuese creada y gastada por el imperio. ¡No había otra posibilidad! El imperio primero debía gastar el dinero, y luego recaudarlo.
 
Por lo tanto, el orden secuencial del proceso no es como el que la mayoría piensa. Es falso que el Estado necesite recaudar dinero para poder gastar. ¡Es exactamente al revés! Para que el Estado pueda ingresar dinero necesita haberlo creado antes. ¡Si no es imposible que pueda ingresar una moneda que él mismo crea!
De todas las conclusiones que se extraen una vez se comprende este fenómeno destaca una: el Estado no necesita recaudar dinero para poder gastar. El Estado, utilizando su capacidad para crear dinero, puede comprar todo lo que esté a la venta en la moneda que él crea. Puede comprar la fuerza laboral de la gente pagando un salario en su moneda, puede comprar todos los medicamentos que estén a la venta en su moneda, puede comprar todos los servicios de empresas que estén a la venta en su moneda, etc. En definitiva, el Estado no tiene ninguna limitación financiera a la hora de gastar; técnicamente puede gastar todo lo que quiera y comprar todo lo que esté a la venta en su moneda. Aunque otro asunto muy diferente es si eso es siempre adecuado o no.

[1] Los bancos privados también tienen el poder de crear algo de dinero a través de la concesión de créditos (cuando dan un préstamo a alguien, lo único que hacen es teclear la cantidad correspondiente en la cuenta bancaria del receptor del préstamo). No obstante, cuando esa persona utiliza el dinero del préstamo para alguna compra en la que no interviene el banco prestamista, necesariamente éste debe cubrir esa operación con dinero creado y respaldado por el banco central. En consecuencia, todo el dinero que existe en circulación proviene o depende de los bancos centrales.
Artículo publicado originalmente en LaMarea
Eduardo Garzón es economista
* Crónica agradece al autor poder compartir sus opiniones y esta entrevista con nuestros lectores Creative Commons
 
 
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Àgora CT. Associació Cultural sense ànim de lucre per a promoure idees progressistes

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