El escritor Mario Vargas Llosa tiene como una de sus prioridades la meditación sobre la libertad. No creo que carezca de sentido que su última novela, Cinco esquinas (Alfaguara, 2016), aborde esta reflexión desde una perspectiva sexualizada. La historia empieza con la sorpresa erótica de dos amigas que descubren su deseo en una noche cómplice. Compartiendo cama sin malas intenciones, Marisa le pone de pronto la mano en el muslo a Chabela y Chabela le coloca esa mano en la entrepierna. Después llegan con mutua felicidad los besos, los cuellos, los giros del cuerpo, los pechos, los vientres y el trajinar de los sexos en los dedos y en las bocas. Una buena noche desde luego.
El sexo es libertad y afirmación de vida. Volvemos a entender uno de los ejes fundamentales de esta novela cuando Luciano cuenta que su abuelo, un señorón muy blanco y muy latifundista, se casó con una china chola. Marisa ofrece las razones de este acto de libertad: "La explicación es el amor… Cuál va a ser, pues. El señorón se enamoró de la chinita y sanseacabó. ¿No dicen que las orientales son unas fieras en la cama?".
El proceso de sexualización de la libertad se completa cuando el debate sobre la prensa es fijado por el argumento en las publicaciones del corazón. Las revistas que cuentan historias de amor y cenas en ciudades de ensueño se convierten en un peligro cuando, en vez de dedicarse a los sonrientes enlaces y las exclusivas bien pagadas, se atreven a derivar hacia los territorios del chismorreo duro, los adulterios, las orgías y el chantaje. ¿Dónde están los límites de la libertad de expresión?
Un escritor tiene el derecho y la obligación ética de responder a su conciencia. También tiene la responsabilidad de argumentar con solvencia intelectual sus ideas. No es extraño que Vargas Llosa sea un pensador reaccionario. Ha habido grandes escritores y filósofos reaccionarios. Lo que extraña es la falta de rigor con la que plantea en los últimos años sus meditaciones sobre la libertad. Lo de la prensa rosa es un ejemplo más.
Cuando el llamado periodismo serio pasa por unos momentos de crisis profunda, cuando las grandes cabeceras del mundo están en manos de los bancos y los fondos de inversión, cuando el poder del dinero está liquidando la veracidad de las informaciones, la dignidad del oficio y el periodismo independiente, plantear la cuestión desde el punto de vista de la prensa del chismorreo es una estrategia con muy poca consistencia. A no ser, claro, que se quiera utilizar la sexualidad como una metáfora del neoliberalismo económico. Es la sexualización de la libertad.
Pero entonces conviene tener en cuenta algunas cosas. La cama es un lugar compartido y el deseo libre sólo es legítimo si se respeta la libertad del otro. Frente a la hipocresía social, la novela de Vargas Llosa va desvelando que todos somos seres sexuales y tenemos nuestros secretos. Los maridos de Marisa y Chabela acaban entrando en el juego. No aceptarlo es una mentira. ¿Pero dónde están los límites del cuerpo? Desde luego no en ninguna consigna de carácter represivo, pero sí en los valores éticos que son necesarios para fundar una cama alegre. El derecho a la violación o al abuso de menores, el gusto sin límites por la explotación de los débiles o la mercantilización de los cuerpos suponen una forma muy peligrosa y mezquina de entender la libertad.
La libertad del neoliberalismo salvaje, ya que estamos en terrenos sexualizados, tiene mucho de violación. Justifica el deseo sin límites del más fuerte, otorga el poder al individualismo más egoísta y se olvida de que la libertad democrática no sólo surgió como respeto a las energías personales, sino también como deseo de regular marcos justos de convivencia. Para que Marisa y Chabela pasen una buena noche hace falta que las dos quieran disfrutar de su abrazo. El abuso de una de ellas no puede ser entendido como libertad. La fidelidad, el engaño de pareja, los cuernos, las separaciones, dependen desde luego de cada voluntad, son un asunto propio. Pero las violaciones son una cuestión de convivencia y exigen una regulación pública.
La inteligencia de Vargas Llosa se resiente en su deriva neoliberal. En su libro La civilización del espectáculo (2012) hizo un análisis interesante de la lógica cultural que provoca una confusión absoluta entre valor y precio. Sus efectos en la literatura, el arte, la comunicación, la prensa rosa o la prensa seria, las costumbres y la política son muy negativas. El problema llega cuando Vargas Llosa se enfrenta a una realidad contradictoria para él: el causante es el mercado o la libertad entendida desde un absolutismo mercantilista. Llegados a este punto intenta desviar la culpa hacia la desaparición de las élites y la labor de los críticos. Pero lo hace con poco rigor. No creo que se refiera a las élites económicas, porque esas están cada vez más consolidadas y más cerca de él. Las otras élites, las culturales, además de suponer un concepto problemático, han sido sustituidas por las grandes audiencias de la telebasura a causa de las estrategias del mercado. Así que su argumentación es un túnel sin salida.
La sexualización del concepto de libertad que propone Vargas Llosa en Cinco esquinas es poco consistente. Más que del escritor que fue, progresista o conservador, es propia del personaje que se ha rodeado de la gente de Hola y de los grandes figurones del neoliberalismo para celebrar su 80 cumpleaños. Una tristeza.
Necesitamos un domingo de resurrección no para que los muertos regresen al mundo de los vivos, sino para que los vivos no den por muerto su mundo. Es lo razonable.
La primavera empieza a apoderarse del jardín. El sol se apoyasobre los muros y abre poco a poco las flores. Se agradece un día así para terminar las vacaciones de Semana Santa. Parece que la luz se cuela por las cerraduras del porvenir y por las grietas del pensamiento para legitimar un nuevo y confiado sentido de la existencia. La piel pide una tregua de esperanza. Que así sea.
Mi manera de ser me ha excluido de las devociones de la Semana Santa. Sé que hay gente que tiene fe en Cristo, en la utilidad de su sacrificio y en su resurrección. Aunque el amor de Cristo me parece mucho más respetable que el oro del César y de los obispos, nunca he dudado de que la muerte es una canallada insalvable y de que no hay muerto que resucite.
Ni siquiera comparto la devoción por la Semana Santa de muchos amigos descreídos. Que si es un acontecimiento popular, que si es una emoción cultural en Andalucía, que si no hace falta creer, que si hay una cara oculta de sensualidad nocturna… Lo siento, también en esto soy de la Sevilla de Antonio Machado y Luis Cernuda. No me gustan los crucificados, la exaltación del dolor, y puestos a pensar en Cristo me identifico más con el ser humano que anduvo sobre el mar y expulsó a los mercaderes del Templo que con el agonizante del madero.
Pero hoy debo admitir que la luz de primavera en el jardín me sugiere que necesito un domingo de resurrección. ¿Es posible la esperanza para los que no tienen fe? ¿Es posible, por lo menos, vivir como si se tuviera esperanza? Vivir, como escribió el poetaÁngel González, sin esperanza, pero con convencimiento. Pensando en él me atrevo a preparar mi equipaje para salir del jardín, o del paréntesis de la Semana Santa, y volver a la realidad. Soy una parte más de la naturaleza que intuye el mes de abril. Rezo mi Credo:
1. Creo que en España se puede configurar un gobierno de izquierdas.
2. Creo que Europa puede cambiar de rumbo y convertirse en una comunidad democrática convencida de que la igualdad y los amparos públicos son la mejor garantía de la convivencia pacífica.
3. Creo en una política internacional no marcada por los fabricantes de armas y dispuesta a generar situaciones de justicia social en el mundo.
4. Creo en el respeto a los derechos dumanos.
Llegados a este punto, me veo obligado a aceptar ante el espejo que mi Credo tiene mucho más que ver con la Razón que con la Fe. La razón indica que si queremos dignificar la vida laboral y salvar la Sanidad y la Educación públicas es necesario cortar la dinámica de degradaciones impulsadas por la derecha. Lo verdaderamente irracional es llamarle recuperación económica a un proceso basado en la desigualdad, la miseria y los trabajos humillantes. Lo irracional, en España y en Europa, es que las élites económicas piensen que pueden aumentar de forma desmedida sus beneficios sin que el malestar de la gente provoque movimientos totalitarios y graves fracturas de convivencia. Lo irracional es pensar que el imperialismo occidental puede jugar con bombas, pobrezas y dictadores sin generar sentimientos de venganza y fundamentalismos religiosos. ¿Por qué no recuperan un poco su razón los poderosos?
En mi Credo razonable el poder debe estar en manos de los políticos, así que empiezo por desear una política con la razón y los sentimientos de fraternidad recuperados. ¿Es posible un gobierno que sea partidario de leyes laborales más justas? Me respondo que sí. ¿Es posible un gobierno que no se someta a los que quieren convertir la Sanidad y la Educación en un negocio, tratando a los seres humanos como mercancías? Me respondo que sí. Junto a Portugal y Grecia, es posible remar en este sentido desde el Sur de Europa. Los cuerpos no resucitan una vez muertos. Los valores y la dignidad humana sí han resucitado en muchas ocasiones. ¿Pueden los socialdemócratas llegar a convencerse de que incluso las élites más inteligentes necesitan ahora que se atrevan a recuperar sus orígenes?
España y Europa dan mucho miedo. Después de la Segunda Guerra Mundial, el poder de la Unión Soviética hizo temer a los Estados Unidos y a las democracias burguesas una extensión del comunismo por el viejo continente. Además de las tramas de espionaje y de la carrera armamentística propias de la Guerra Fría, se pensó en la necesidad de un bienestar social que equilibrase la libertad económica con los amparos públicos y una distribución económica más justa. Se empezó por tomarse en serio los salarios, porque no hay factor más justo de distribución económica que un salario decente.
El fantasma del comunismo ya no da miedo, la Unión Soviética no existe. Pero vivimos un mundo que aterra, una Europa y una España que aterran. ¿De verdad queremos esta dinámica de degradación ética, laboral y económica para nuestros hijos y nuestras nietas, o para nuestros nietos y nuestras hijas? Aunque la Conferencia Episcopal sea insensible a la igualdad, García Lorca afirmó que Cristo puede dar agua todavía. Aunque sepamos que los grandes medios de comunicación y los partidos políticos están muy presionados por las élites económicas, muchas personas necesitamos pensar que la política puede dar agua todavía. El deseo, el acto de intentarlo es ahora más significativo y más luminoso que las dificultades posteriores.
Necesitamos un domingo de resurrección no para que los muertos regresen al mundo de los vivos, sino para que los vivos no den por muerto su mundo. Es lo razonable.
* Crónica agradece al autor su generosa decisión de compartir sus artículos de opinión con nuestros lectores.
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Las urnas se inventaron para desdramatizar los conflictos y dramatizar la representación. Los únicos peligros verdadero de las urnas están en la violencia y las amenazas bélicas. ¿Por qué no hablar? Los españoles podemos sentirnos orgullosos de haber acabado democráticamente con la violencia de ETA y de vivir hoy una historia muy alejada del peligro de las guerras civiles. ¿Por qué no hablar?
Los valores de la razón, por justos y abstractos que sean, necesitan un tejido sentimental para existir. Yo escribo libertad, igualdad, fraternidad, justicia social, derechos humanos… y asumo un convencimiento abstracto que necesita poner los pies en la tierra, es decir, en la memoria, o en la memoria convertida en una tierra.
Afirmo con decisión que no soy nacionalista, pero cuando me miro al espejo, cuando reconozco que hay canciones y recuerdos que me emocionan, que me acercan a mí mismo, debo admitir que soy un republicano español, y un heredero de los luchadores clandestinos contra el franquismo, un rojo español. Para qué me voy a engañar: las hermosas ideas de libertad, igualdad, fraternidad, justicia social y derechos humanos se me quedan en el vacío, dejan de ser sentimientos íntimos, si las separo de la historia de España.
Hasta los escritores menos nacionalistas tienen momentos de sinceridad y orgullo en la identidad nacional. Max Aub fue un narrador judío de origen alemán nacido en Francia, educado en España y condenado por la guerra civil a un largo exilio en México. Eligió una identidad, la de republicano español, y juntó los valores abstractos republicanos a la historia concreta de un país. En mis clases de la literatura del siglo XX, suelo leer unos párrafos de su novela Campo de los almendros (1968). Un padre habla con su hijo, acaban de perder una guerra, están en un campo de concentración en el que se acumulan hombres sucios, hambrientos, derrotados, miserables. Pero el niño debe mirarlos bien porque son los seres más dignos de la historia de Europa, los que han encontrado fuerzas en su soledad para luchar durante tres años contra el fascismo, defendiendo la libertad de su país. Yo, que no soy nada nacionalista, siento cómo se me hace un nudo en la gargantacada vez que leo esta página de Max Aub.
Francisco Ayala, contrario al sentimiento nacionalista desde que sufrió en Alemania las manipulaciones intelectuales del nazismo, no pudo reprimir un sentimiento de orgullo humano (y español) al ver a los viejos soldados de su República participando en la liberación de París. Escribió un artículo titulado Los guerrilleros (1944). Los españoles habían sufrido el abandono de las democracias europeas en manos del fascismo, habían sido amontonados en campos de concentración en el sur de Francia al perder su tierra, pero protagonizaban el hecho heroico de liberar a sus propios verdugos.
Vuelvo a estos recuerdos literarios porque me extraña la simpleza y facilidad con la que se separan los derechos abstractos y los sentimientos nacionales en los debates políticos que hoy nos afectan. Va a ser muy difícil construir una Europa justa, sin que las fronteras se llenen de alambradas y los negocios de nuevos colonialismos camuflados, si no construimos una identidad sentimental o nacional europea. Y va a ser imposible buscar soluciones racionales para la democracia española si no aceptamos la legitimidad de los sentimientos nacionalistas.
La caída del deseo independentista en el País Vasco es una de las pocas noticias alegres que he leído en la última semana. Hablo por mí, feliz para mí, desde luego. El diálogo democrático es un ámbito que permite el entendimiento y suaviza los conflictos. En un ensayo reciente, La desfachatez intelectual (2016), Ignacio Sánchez-Cuenca ha estudiado la sinrazón de algunos escritores que se pusieron al servicio del Partido Popular y de UPyD en la manipulación política del terrorismo de ETA. Porque una cosa es rechazar de forma tajante la violencia y otra muy distinta negarle la legitimidad política e intelectual al nacionalismo o al independentismo.
La política manipuladora del Partido Popular llegó a acusar a los socialistas Jesús Egiguren y José Luis Rodríguez Zapatero de hacerse cómplices de los terroristas de ETA. Todavía hoy asistimos a la manipulación zafia del dolor provocado por el terrorismo. Y, sin embargo, estoy convencido de que el diálogo abierto para poner fin a ETA y la experiencia democrática posterior no sólo han permitido la desaparición de la violencia, sino también esta caída notable de los sentimientos independentistas en el País Vasco. Egiguren y Zapatero lograron mucho más que las proclamas patrióticas y la suspensión autoritaria de los derechos democráticos.
Deberían tenerlo en cuenta todos los que se niegan a hablar con los nacionalistas catalanes, todos los que convierten el sentimiento independentista en un crimen. El derecho a decidir es el modo democrático de articular valores abstractos y sentimientos nacionales o personales. Estoy convencido de que sólo el respeto democrático puede crear un nuevo horizonte en la inercia sentimental que empuja a Cataluña hacia la independencia. Hablar para entenderse, para gobernar, para conocer al otro, para rozarse, para solidarizarse, para sentimentalizarse, para que los llamados derechos históricos no se confundan con los privilegios económicos… Es mi idea, claro, la idea de un rojo español que no quiere la independencia ni la desigualdad, pero que defiende y respeta la voluntad de las urnas.
Las urnas se inventaron para desdramatizar los conflictos y dramatizar la representación. Los únicos peligros verdadero de las urnas están en la violencia y las amenazas bélicas. ¿Por qué no hablar? Los españoles podemos sentirnos orgullosos de haber acabado democráticamente con la violencia de ETA y de vivir hoy una historia muy alejada del peligro de las guerras civiles. ¿Por qué no hablar?
Pero la espuma lo atrapa todo, incluso la política alternativa y las rebeldías que surgieron de la espuma. Da rabia asistir a la soberbia posesiva de las élites, pero provoca verdadera tristeza ver cómo también tiembla en la marea del populismo y las audiencias la gente que debería defender con firmeza unos valores sociales.
Leo en este periódico que el cómico Dani Rovira se arrepiente de haber presentado la gala de los Goya. Me llama la atención que en esta sociedad alguien se arrepienta de algo. Parece que la lógica de la espuma permite cambiar de lugar y de opinión de un día para otro sin que nadie se arrepienta de nada. El liquidador de un partido aparece como el salvador de un partido, quien pone líneas rojas exige negociar sin líneas rojas, parece normal traicionar a la propia organización, se ponen y se quitan demandas, pero nadie se arrepiente de nada.
Después de reconocerle a Dani Rovira sus confesiones públicas, confieso yo la inquietud que me produce lo que está pasando. Las redes sociales son un territorio de linchamiento. Las calumnias, los insultos y los datos falsos se mueven hoy con mucha más facilidad. Las nuevas posibilidades de comunicación se han llenado de basura. Los totalitarismos se esforzaron en el siglo XX por reescribir el pasado, algo que hoy sólo se molestan en hacer los nacionalistas en ejercicio. Ahora se trata de reescribir la actualidad gracias a la tecnología, de sustituir los hechos por la inmediatez de un relato virtual. De ahí que sea tan fácil el linchamiento como forma de expresión y la histeria como ámbito de vida. Todo el mundo parece atrapado en la espuma sucia del griterío.
El vértigo de la indignación, que en un principio se creyó patrimonio de las víctimas de la crisis, se ha convertido en unmodo eficaz de reacción en manos de sus causantes. Las campañas mediáticas contra el Ayuntamiento de Madrid son el mejor ejemplo. Con verdadera histeria se acusa a alcaldesa y a los concejales de ser cómplices de ETA, de ofender a las víctimas de terrorismo, de insultar a Dalí o a Mihura, de corromper con títeres la inocencia infantil, de faltarle el respeto a la religión… ¡Ay!
Es la respuesta indignada de una gente que se ha creído dueña natural de España. Y eso no es sólo una propiedad espiritual, sino una predisposición mercantil para especular con las ciudades, privatizar bienes públicos y tejer negocios oscuros con la administración. Como estos españoles de pro, sin más patria que su dinero, suelen invertir en medios de comunicación, la algarabía está servida en forma de linchamiento contra toda actitud que suponga un obstáculo para sus corrupciones o sus avariciosos privilegios legalizados.
Pero la espuma lo atrapa todo, incluso la política alternativa y las rebeldías que surgieron de la espuma. Da rabia asistir a la soberbia posesiva de las élites, pero provoca verdadera tristeza ver cómo también tiembla en la marea del populismo y las audiencias la gente que debería defender con firmeza unos valores sociales.
El linchamiento mediático ha lanzado estos días sus mentiras contra dos titiriteros y una cátedra de memoria histórica. En un momento en el que los juzgados están llenos de sindicalistas acusados por la policía con pruebas falsas, los titiriteros ofrecieron un guiñol para representar la detención de una bruja después de un montaje policial. El pretendido mal gusto y la violencia de la obra no es más que la tradición literaria de un género que han practicado delante de niños algunos de nuestros mejores dramaturgos.
Por otra parte, la profesora Mirta Núñez lleva años desempeñando en la universidad un trabajo riguroso de conocimiento de nuestra historia, tan falsificada y llena de olvidos. A través de una lista mentirosa de calles, la histeria derechista ha ridiculizado su trabajo y ha empañado el deseo noble de borrar del callejero madrileño el nombre de unos cuantos militares golpistas y asesinos. Porque eso fue Franco y eso fueron muchos de los antepasados ideológicos del Partido Popular, gente golpista y cruel, incapaz de aceptar que España no es su coto privado de caza.
Da rabia que dos titiriteros hayan sido juzgados por exaltación del terrorismo. Da rabia que el PP siga manipulando la sagrada experiencia del dolor y convierta a las víctimas de ETA en monedas falsas de un mercadeo electoral. Da rabia que una historiadora rigurosa y necesaria se convierta en el objetivo de la indignación neofranquista. Pero, sobre todo, sobre todo, sobre todo, da tristeza ver cómo la alcaldesa, la concejala de cultura del Ayuntamiento de Madrid y los portavoces de otros partidos políticos entran en la marea del populismo, en las tácticas de las audiencias, y desamparan a la historiadora y a los titiriteros, dejando que el miedo desemboque en disculpas raras, pasos dudosos y demandas.
Una cosa debería estar clara. Si los titiriteros son perseguidos por la histeria mediática, si la historiadora es atacada con desmesura por los gacetilleros de la indignación elitista, es porque colaboran con un ayuntamiento gobernado por Ahora Madrid. Por eso es triste que los responsables del ayuntamiento se despreocupen de ellos y reaccionen pensando en no perder audiencia, flotar en la marea y salvarse del linchamiento.
También fue triste el silencio que se produjo en la gala de los premios Goya cuando Juan Diego Botto llamó titiriteros a los actores. El malestar cortó el ambiente con el frío de los que quieren quitarse un problema de encima. Pero la libertad de expresión y de ficción es un fundamento indispensable para nuestros oficios. ¿Qué está pasando? Pues que hay una censura mediática y mercantil que sentencia hoy al linchamiento social con más eficacia que la vieja censura del franquismo.
Creo en los acuerdos políticos. Nunca me han gustado las mareas, ni las unidades populares, ni las corrientes populistas, porque están controladas siempre por quienes son propietarios de los púlpitos y de los medios de comunicación. No me gusta tampoco el ahora estoy aquí y mañana estaré allí, porque eso no es evolución ideológica sino sometimiento de la política a las leyes del consumo inmediato. Como mi enemigo a la hora de escribir y de pensar el mundo es la cultura neoliberal, sigo creyendo en la necesidad de las organizaciones colectivas y en la defensa firme de unos valores que no se deben poner en juego como si fuesen mercancías. Creo en la libertad de expresión. Creo en la verdad, la justicia y la reparación como caminos justos para entender la historia.
Una última aclaración: no creo que nadie deba dimitir a causa de las crisis recientes del ayuntamiento. El verdadero problema sigue estando en la histeria derechista provocada por el miedo a quedarse sin negocio. Pero sí creo que la izquierda debe empezar a tomarse muy en serio los peligros de las mareas. Es mejor que el futuro nos encuentre organizados.
* Crónica agradece al autor su generosa decisión de compartir sus artículos de opinión con nuestros lectores.
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Recibo un wasap con unas reflexiones de Antonio Machado. Se trata del mensaje de una buena amiga, conoce mi admiración por el poeta y por sus meditaciones sobre la ética, la estética, las razones y los disparates de España. Aquí armaron y arman mucho ruido los disparates razonados. Por eso la soledad ética y el pudor estético son a veces una forma de resistencia. Nada hay más machadiano. Escribió don Antonio: “Si cada español hablase de lo que entiende, y de nada más, habría un gran silencio que podríamos aprovechar para el estudio”.
Como ha sido muy fatigoso el teatro de la política palaciega de la última semana, tanto ir y venir con la boca llena y el corazón vacío, caigo por un momento en la fascinación del silencio. Luego comprendo que debemos poner las cosas en su sitio para que ellas no nos dejen fuera de lugar. Coloco al silencio donde le corresponde. El consejo de Machado está bien, muy bien, siempre que no sirva para cancelar los debates en la plaza pública o en la política. Debemos esforzarnos en saber lo que decimos, lo cual no debe confundirse con renunciar a la palabra. Fue el propio Machado quien se puso a la defensiva ante los que le aconsejaban no meterse en política. Eso es que querían hacer la política sin la gente.
Pero no hay que echar en saco roto el amor por el silencio. Si caemos en el ruido de las mentiras y los desmentidos, de los dimes y diretes, de los fogonazos y las sobreactuaciones, corremos el peligro de acabar en la corriente del sumidero y olvidar lo que importa. A veces se habla por hablar sin saber sobre lo que se discute. Otras veces se siente uno ridículo llevándole la contraria al tumulto de los acontecimientos. ¿Para qué insistir? Conviene entonces cambiar de tono o de conversación.
En homenaje a Machado, salgo a caminar. Doblo la esquina de mi calle y me encuentro con una oficina del INEM. La gente que entra y sale guarda un silencio humillado. Más allá del ruido, vive un país en el que las condiciones de trabajo han caído por los suelos más sucios y las pensiones de los jubilados tiemblan a la espera de la voz que decida rebajarlas. La cotización se despeña castigada por los salarios bajos y por la caída de la población activa. Palabras como salario y cotización no son bellas, pero son verdad, y la poesía puede prescindir de la belleza, nunca de la verdad.
Antes de llegar al campo, vislumbro un monasterio. Las gotas de sangre jacobina me hacen recordar algunas noticias últimas sobre el maltrato que llegan a sufrir en España las monjas de clausura. Tres religiosas han vivido en régimen de secuestro y amenaza en un convento de Santiago de Compostela. Son una metáfora del uso que el poder hace de la moral religiosa para justificar la desigualdad y la falta de libertad en las costumbres. Miro hacia las escuelas, las consultas ginecológicas, la hacienda pública, los juzgados, y no entiendo los privilegios que retiene la Conferencia Episcopal en este cabizbajo siglo XXI.
De regreso a casa cruzo por delante de las carteleras. Los cines, los teatros y las salas de conciertos guardan muchas cosas que ver y oír más allá del ruido. Tampoco entiendo cómo un país soporta que se ataque su identidad cultural de una forma tan suicida y se suba del golpe el IVA del 8% al 21%. El sueño pedagógico de formar la razón y la imaginación moral de los ciudadanos está de más para los que prefieren justificar a gritos los disparates.
Llegado a mi butaca, abro un libro de Ángel Viñas, La otra cara del Caudillo (Crítica, 2015). El franquismo no sólo fue cruel desatando una guerra e imponiendo una dictadura. Fue cruel en la paz, manteniendo durante 40 años un régimen orgulloso de sus asesinatos y de su belicismo perpetuo.Duele que todavía caiga el olvido sobre sus víctimas y se levante el escándalo cuando un ayuntamiento decide quitar de sus calles el nombre de los asesinos. En este caso, gritan los que consideran que el país es su propiedad particular por encima de cualquier decencia, ya sea en el pasado o en el futuro.
Para acabar enciendo la radio y vuelvo a las afirmaciones y los desmentidos del teatro palaciego. Vuelvo al ruido. Hay actores que me gustan poco, es verdad. Pero yo sé bien por qué no me callo, don Antonio. Sé bien por qué no me basta que haya un gobierno estable, cualquier tipo de gobierno. Sé bien por qué quiero un gobierno a la izquierda. El verso brota de manantial sereno.
Las mentiras no son trágicas mientras resulta posible volver a la verdad. Aunque los panoramas no contagien alegría y las curvas de la carretera pisen la desolación de los vertederos, quedan huecos para la esperanza. Siempre se puede llegar a un lugar de aire limpio. Quedan las segundas, las terceras y las cuartas posibilidades.
El estado de la política oficial española está mal, pero la razón encuentra motivos para no desistir. La dinámica del Partido Popular ha impuesto sobre la nación una condena de mentiras. Se trata para sus dirigentes de que la ciudadanía conviva con el engaño. Ejemplifico el vericueto falso de su estrategia en tres asuntos de actualidad:
1.- Afirman que baja el paro, cuando lo que en realidad sucede es que está bajando la población activa. Es decir, menos gente se apunta a las listas del desempleo, pero la razón está en que muchos parados se van de España y otros desisten de buscar un destino laboral. El paro, además, disminuye porque cada vez hay menos puestos de trabajo. Con esta paradoja en la mano, el día en el que se muera de hambre el último español, Mariano Rajoy podrá afirmar que ha terminado con el problema del desempleo. No habrá desde luego nadie en paro.
2.- Sacan pecho para sostener que las reformas educativas del Partido Popular han conseguido bajar los índices de fracaso escolar. Cada vez hay menos alumnado que abandone sus estudios. La verdad es que muchos jóvenes, en una sociedad de cultura consumista y fluidez económica, dejaron el instituto para ponerse a trabajar y conseguir el dinero inmediato que necesitaban. Querían comprarse una moto, reventar las noches y cumplir con una idea del paraíso identificada con los centros comerciales o con la moral de la compra y venta. Al sufrir la crisis económica y la destrucción de empleo, la juventud encuentra ahora pocos motivos para dejar de estudiar. Es la triste realidad. Sólo se estudia cuando no hay más remedio, lo cual no es raro en un mundo de espectáculos televisivos que demuestran a diario una evidencia: el éxito en el amor y en la fama es casi incompatible con la capacidad intelectual y con la vergüenza.
3.- Afirman que en el Partido Popular no hay imputados. Lo que ocurre es que el Gobierno del Partido Popular se precipitó a cambiar el vocabulario con un eufemismo reparador. Ahora se llaman investigados a los que antes se llamaban imputados. Que el mismísimo presidente de Gobierno utilice esta triquiñuela define con claridad la situación de un país que convive con la mentira.
Pero no son mentiras trágicas, porque no liquidan la luz de una esperanza. De pronto tres magistradas deciden no asumir la mentira propuesta desde el Estado y sientan en el banquillo a la hermana de un rey. Se solucionó la mentira, y no sólo por la dignidad y la independencia de las magistradas, sino por la energía de una opinión pública que está dispuesta a darles su apoyo social contra tanto bufón de palacio. En la sociedad española persisten los esfuerzos de la mentira, pero la impunidad como sentimiento social se ha acabado. Artur Mas no preside la Generalitat. La infanta se sienta en el banquillo. Pujol y su familia se han quedado sin la coartada de su bandera. Por eso Rajoy, el amigo de Bárcenas, el líder de la tramas de corrupción del PP, no puede ser presidente de Gobierno. Si el Partido Popular quiere sobrevivir, deberá hacer con don Mariano lo que ya ha hecho con su ruidosa escudería valenciana. Ya no se salva ni Rita. La formación de un Gobierno compuesto por PSOE, Podemos e IU es en este momento una prioridad de consolidación democrática.
Hay otras mentiras que sí son trágicas. La más importante se llama Europa. Y no sólo es humanamente trágica por la situación de los refugiados. Es trágica también por la condición misma de Europa que está evidenciando la crisis. Cuando se impide en el interior de la Unión el libre movimiento de las personas, cuando se despoja a los refugiados de sus bienes como los nazis despojaban a los judíos en los campos de concentración, cuando deja de ser una urgencia política el respeto a la vida humana y el socorro a los desamparados, uno tiene la sensación de que, más allá de la dureza sus políticos, Europa entera está evidenciando la realidad de su condición.
Al calor de la Segunda Guerra Mundial, María Zambrano escribió un ensayo memorable, La agonía de Europa (1945), para hablar del eclipse de la piedad. Si toda crisis es un ejercicio de revelación, el conflicto europeo no apuntaba a una simple coyuntura, sino a una realidad constituida desde su raíz por las violencias nacionales. Este nuevo eclipse de la piedad tampoco supone por desgracia una coyuntura. Es la revelación de la Europa que hemos construido al servicio de una economía especulativa sin escrúpulos. Su raíz está en las oficinas de los bancos y los fondos de inversión. La dinámica y las fronteras europeas no responden al ser democrático. Si la soberanía cívica es una mentira, la responsabilidad humana no tiene siquiera posibilidad de formularse. En esta inercia sólo se pueden recuperar partes de soberanía a costa de los derechos humanos. Libertad para ser injusto, no para hacer justicia.
Y aquí las mentiras sí son trágicas, porque no hay razón que permita la esperanza. Basta con mirar hacia el paradójico destino de Angela Merkel. Como Alemania es la mayor beneficiada por la quimera de esta Europa, intentó mantenerla en un primer momento invitándonos al reparto solidario y al respeto de las libertades fronterizas acordadas en el tratado de Schengen. Pero la propia Merkel ha debido recular y muchos países han preferido romper la quimera y lanzarse al espectáculo de la insolidaridad radical. Es la llamada de sus raíces.
Nuestras injusticias contra los que llegan de fuera evidencian la mentira que somos. La imposibilidad europea tiene mucho de la fatalidad que caracteriza a la conciencia trágica. Es más que una coyuntura. Creo que la alternativa está en asumir nuestra propia paradoja: deben recuperarse las soberanías nacionales necesarias para constituir otro origen de Europa. Otra Europa
El estado de la política oficial española está mal, pero la razón encuentra motivos para no desistir. La dinámica del Partido Popular ha impuesto sobre la nación una condena de mentiras. Se trata para sus dirigentes de que la ciudadanía conviva con el engaño. Ejemplifico el vericueto falso de su estrategia en tres asuntos de actualidad:
1.- Afirman que baja el paro, cuando lo que en realidad sucede es que está bajando la población activa. Es decir, menos gente se apunta a las listas del desempleo, pero la razón está en que muchos parados se van de España y otros desisten de buscar un destino laboral. El paro, además, disminuye porque cada vez hay menos puestos de trabajo. Con esta paradoja en la mano, el día en el que se muera de hambre el último español, Mariano Rajoy podrá afirmar que ha terminado con el problema del desempleo. No habrá desde luego nadie en paro.
2.- Sacan pecho para sostener que las reformas educativas del Partido Popular han conseguido bajar los índices de fracaso escolar. Cada vez hay menos alumnado que abandone sus estudios. La verdad es que muchos jóvenes, en una sociedad de cultura consumista y fluidez económica, dejaron el instituto para ponerse a trabajar y conseguir el dinero inmediato que necesitaban. Querían comprarse una moto, reventar las noches y cumplir con una idea del paraíso identificada con los centros comerciales o con la moral de la compra y venta. Al sufrir la crisis económica y la destrucción de empleo, la juventud encuentra ahora pocos motivos para dejar de estudiar. Es la triste realidad. Sólo se estudia cuando no hay más remedio, lo cual no es raro en un mundo de espectáculos televisivos que demuestran a diario una evidencia: el éxito en el amor y en la fama es casi incompatible con la capacidad intelectual y con la vergüenza.
3.- Afirman que en el Partido Popular no hay imputados. Lo que ocurre es que el Gobierno del Partido Popular se precipitó a cambiar el vocabulario con un eufemismo reparador. Ahora se llaman investigados a los que antes se llamaban imputados. Que el mismísimo presidente de Gobierno utilice esta triquiñuela define con claridad la situación de un país que convive con la mentira.
Pero no son mentiras trágicas, porque no liquidan la luz de una esperanza. De pronto tres magistradas deciden no asumir la mentira propuesta desde el Estado y sientan en el banquillo a la hermana de un rey. Se solucionó la mentira, y no sólo por la dignidad y la independencia de las magistradas, sino por la energía de una opinión pública que está dispuesta a darles su apoyo social contra tanto bufón de palacio. En la sociedad española persisten los esfuerzos de la mentira, pero la impunidad como sentimiento social se ha acabado. Artur Mas no preside la Generalitat. La infanta se sienta en el banquillo. Pujol y su familia se han quedado sin la coartada de su bandera. Por eso Rajoy, el amigo de Bárcenas, el líder de la tramas de corrupción del PP, no puede ser presidente de Gobierno. Si el Partido Popular quiere sobrevivir, deberá hacer con don Mariano lo que ya ha hecho con su ruidosa escudería valenciana. Ya no se salva ni Rita. La formación de un Gobierno compuesto por PSOE, Podemos e IU es en este momento una prioridad de consolidación democrática.
Hay otras mentiras que sí son trágicas. La más importante se llama Europa. Y no sólo es humanamente trágica por la situación de los refugiados. Es trágica también por la condición misma de Europa que está evidenciando la crisis. Cuando se impide en el interior de la Unión el libre movimiento de las personas, cuando se despoja a los refugiados de sus bienes como los nazis despojaban a los judíos en los campos de concentración, cuando deja de ser una urgencia política el respeto a la vida humana y el socorro a los desamparados, uno tiene la sensación de que, más allá de la dureza sus políticos, Europa entera está evidenciando la realidad de su condición.
Al calor de la Segunda Guerra Mundial, María Zambrano escribió un ensayo memorable, La agonía de Europa (1945), para hablar del eclipse de la piedad. Si toda crisis es un ejercicio de revelación, el conflicto europeo no apuntaba a una simple coyuntura, sino a una realidad constituida desde su raíz por las violencias nacionales. Este nuevo eclipse de la piedad tampoco supone por desgracia una coyuntura. Es la revelación de la Europa que hemos construido al servicio de una economía especulativa sin escrúpulos. Su raíz está en las oficinas de los bancos y los fondos de inversión. La dinámica y las fronteras europeas no responden al ser democrático. Si la soberanía cívica es una mentira, la responsabilidad humana no tiene siquiera posibilidad de formularse. En esta inercia sólo se pueden recuperar partes de soberanía a costa de los derechos humanos. Libertad para ser injusto, no para hacer justicia.
Y aquí las mentiras sí son trágicas, porque no hay razón que permita la esperanza. Basta con mirar hacia el paradójico destino de Angela Merkel. Como Alemania es la mayor beneficiada por la quimera de esta Europa, intentó mantenerla en un primer momento invitándonos al reparto solidario y al respeto de las libertades fronterizas acordadas en el tratado de Schengen. Pero la propia Merkel ha debido recular y muchos países han preferido romper la quimera y lanzarse al espectáculo de la insolidaridad radical. Es la llamada de sus raíces.
Nuestras injusticias contra los que llegan de fuera evidencian la mentira que somos. La imposibilidad europea tiene mucho de la fatalidad que caracteriza a la conciencia trágica. Es más que una coyuntura. Creo que la alternativa está en asumir nuestra propia paradoja: deben recuperarse las soberanías nacionales necesarias para constituir otro origen de Europa. Otra Europa
Hace falta en España un Gobierno de progreso que acabe con las políticas clasistas del neoliberalismo radical, y para eso es necesario ahora que gobierne el PSOE, pero que no gobierne solo. Podemos debe entrar en el gobierno
La propuesta de Pablo Iglesias de pactar con el PSOE y participar como vicepresidente en un gobierno de progreso me parece buena, me parece feliz, me parece oportuna, me parece necesaria. Utilizo la retórica de la anáfora para darme ánimos, porque me apena que lo normal se haya convertido en algo tan justificadamente sospechoso. Y quiero convencerme de que más allá de las estrategias y las interpretaciones, lo bueno es bueno, lo feliz es feliz, lo oportuno es oportuno, y lo necesario es necesario.
Suscribo las palabras de Pablo Iglesias. Hace falta en España un Gobierno de progreso que acabe con las políticas clasistas del neoliberalismo radical, y para eso es necesario ahora que gobierne el PSOE, pero que no gobierne solo. Podemos debe entrar en el gobierno. Los resultados electorales ofrecen una ocasión que no se puede perder. Si quiere consolidar una verdadera utilidad política, el verbo Poder deberá meditar tanto en lo que se puede ganar como en lo que no se puede perder.
¿Queda en peligro el futuro del PSOE por aceptar el reto y negociar con Podemos? Reacciones de indignación como la de Pérez Rubalcaba me invitan a participar en la nutrida serie de cábalas sobre las actuales necesidades del PSOE. ¿Qué es peligroso para el PSOE en la España de 2016? Mi respuesta: figuras como la de Felipe González y Pérez Rubalcaba, aliadas de forma escandalosa con el mundo del dinero, la banca y los medios de comunicación que obedecen las órdenes del IBEX-35.
Dentro de unos días van a ser juzgados 8 sindicalistas de Airbus por ejercer el derecho legítimo de huelga en la jornada del 29 de septiembre de 2010. El fiscal pide 8 años y 3 meses de cárcel para cada uno. Cuando Rodríguez Zapatero decidió obedecer las órdenes del capitalismo neoliberal más duro en su segunda legislatura, se encontró con la oposición de los sindicatos. Su ministro de interior, Pérez Rubalcaba, planeó una estrategia de desmantelamiento de los sindicatos. El día de la huelga general contra la reforma laboral mandó dos dotaciones de policía a las puertas de Airbus, la empresa simbólica del sindicalismo español desde la que Ignacio Fernández Toxo y Cándido Méndez habían convocado la protesta. Los policías presionaron a los trabajadores, llegando a utilizar sus pistolas para provocar un altercado grave. La madurez y experiencia de los enlaces sindicales evitaron una tragedia. La policía ni siquiera pudo hacer detenciones.
Pero a la mañana siguiente, en la rueda de prensa de los sindicatos para valorar la huelga, se colocaron sobre la mesa los 7 casquillos de las balas disparadas por la policía. Al ministro Rubalcaba se le subió la soberbia autoritaria a la cabeza y se inventó una trama de castigo para acusar de agresiones a sus propias víctimas. Dejó una alfombra de lujo para las leyes represoras del PP. Son figuras como Rubalcaba las que han dejado sin crédito al PSOE. Y la misión prioritaria de Pedro Sánchez es la difícil tarea de intentar recuperarlo, negándose a firmar ese acuerdo con el PP del que parecen tan partidarios los felipistas. Más que con Rajoy, el PSOE debe entenderse con la UGT.
Para cambiar la política europea es conveniente que haya gobiernos progresistas en el Sur. Y para eso es importante que los partidos socialistas rompan con el neoliberalismo salvaje y dejen de confundir la estabilidad con la desigualdad. Hace falta también que la izquierda reconozca una evidencia: debido a la configuración social europea, es imposible un cambio de política si no se cuenta con la militancia y los votantes de los partidos socialdemócratas.
Como lector de Walter Benjamin, entiendo la historia como una forma del pasado incompleto. Creo que el ayer está inacabado, y que tomar decisiones sobre el presente significa no sólo un acto de compasión con las antiguas víctimas, sino un desacato contra los viejos gobernantes. Me ha renovado estas ideas la lectura de Esperanza sin optimismo (Taurus, 2016), un libro del crítico literario Terry Eagleton. Confieso que la alegría ante la propuesta de un gobierno del PSOE, PODEMOS e IU tiene que ver con mi opinión sobre los dos políticos que en los últimos años más se han opuesto a esta posibilidad: Felipe González, una persona muy lista, pero muy deshonesta, y Julio Anguita, una persona muy honesta, pero falta de luces y de solvencia intelectual. En España hay gente que tiende a confundir la solemnidad del púlpito con la inteligencia. Y esto es un error grave, como denunció Antonio Machado al descubrir que debajo de los birretes y los profetas hay mucha cabeza hueca.
Emily Dickinson afirmó en un verso que había muerto dos veces antes de morir. Julio Anguita se ha cargado dos veces a Izquierda Unida antes de la muerte final de IU. Y las dos veces ha sido por culpa de su obsesión contra el PSOE. Primero se inventó lo del sorpasso y la pinza con la derecha para acabar con los socialistas. Los devotos monaguillos de Anguita dicen que todo fue un invento del grupo Prisa y de Felipe González. Bueno, Prisa y González aprovecharon la ocasión desde luego. Pero en la faena de González, Anguita se prestó a actuar como vaquilla. Se reunió con Aznar, se reunió con Pedro J. Ramírez, pactó la estrategia, fracasó y hundió a Izquierda Unida en una España que mantenía como prioridad su experimentado miedo a la derecha.
El segundo capítulo se puso en marcha con la dichosa idea de “Unidad Popular”. En Europa campaba el neoliberalismo. En España, ese mismo neoliberalismo convertía la idea de “organización colectiva” en su máximo enemigo, ya fuese en su aspecto sindical o político, con la ayuda inestimable de los populismos televisivos. El pacto de IU y el PSOE daba frutos en Andalucía. Las encuestas profetizaban que IU podía contar con el 20 % de los votos… Y entonces llegó Julio Anguita y puso en marcha la idea de Unidad Popular para un movimiento de masas que alcanzase el gobierno sin pactar con nadie y menos aún con el enemigo socialista. ¡Qué gran idea para destruir una organización!
Aunque hayamos soportado muchas idas y vueltas, celebro la propuesta de Pablo Iglesias. Me da igual que pueda ser una estrategia, me da igual que antes dijera una cosa y ahora otra, me da igual que Alberto Garzón haya practicado sin escrúpulos el anguitismo para acabar gobernando junto a Pedro Sánchez…, yo sigo celebrando lo que creo correcto: organización y acuerdos de gobierno contra el neoliberalismo. No se trata de buscar cargos. Es que resulta imprescindible desalojar al PP de las instituciones, resulta imprescindible una mayoría de gobierno progresista, resulta imprescindible un PSOE que no se someta al neoliberalismo y resulta imprescindible una izquierda real y sin califas. Porque en su búsqueda fundamentalista del paraíso suelen acabar dinamitando su propio cuerpo y su propia organización.
La Conferencia Episcopal huele a sotana acre, a soberbia avinagrada, a semen rancio y seco. Si Dios existe, y eso es una cuestión particular de cada uno, hablaría muy mal de él que se sentara junto a los obispos, en olor de ambición, medievalismo y poder, en vez de acompañar a los cristianos que viven por amor la actualidad furiosa de la pobreza.
Rita Maestre, concejal y portavoz del Ayuntamiento de Madrid, será sentada en el banquillo de los acusados el próximo 18 de febrero. Se la juzga por haber participado en una protesta estudiantil en marzo de 2011. Un grupo de alumnas se quedaron desnudas de cintura para arriba como protesta por las vinculaciones de la Universidad Complutense con la Iglesia Católica. ¿Qué sentido tiene que se mantenga una capilla en una universidad pública? ¿No es esta capilla la verdadera agresión a un Estado aconfesional?
Las iglesias y las capillas han maltratado a lo largo de los siglos a muchas personas partidarias de la libertad de conciencia. Pero se han ensañado especialmente con las mujeres. La artista sueca Milo Moire se desnudó hace pocos días ante la catedral de Colonia para protestar por las agresiones masivas que las mujeres de la ciudad sufrieron en Nochevieja. Su cartel decía: "Respetadnos, no somos animales de caza aunque estemos desnudas".
Cuando se pretende humillar, negar, invisibilizar a alguien, el orgullo del propio cuerpo es una respuesta de afirmación. Frente a los paradigmas clasistas de cualquier tipo, aceptar la verdad del propio cuerpo es el origen de la libertad. La historia negra se ha escrito para aniquilar y penalizar la dignidad del cuerpo.Heredamos una historia de cuerpos quemados, abiertos a latigazos, torturados, mercantilizados, despreciados por sus diferencias, condenados a la vergüenza por no adecuarse a los mandatos de turno. Malditos paradigmas. Cuando una sociedad cruel está por medio, la belleza nunca es la verdad si no es capaz de convertirse en protesta y en desnudo.
Las agresiones a las mujeres en Alemania o en España no pueden explicarse como consecuencias en abstracto de una Religión, una Cultura o una Raza. Son efectos de una ideología machista que penetra de forma agresiva en las religiones, las culturas y las razas. La Conferencia Episcopal, por ejemplo, está impregnada de un radicalismo machista peligroso. Tiene tan interiorizada su prepotencia que considera natural exigir privilegios e intervenir de forma agresiva en la vida pública. Todos los que consideramos que el laicismo es una de las raíces fundamentales de la democracia hemos vivido en España condenados a la indignación. Aquí resulta difícil no sentirse anticlerical y hay que hacer un ejercicio constante de prudencia para no blasfemar. Yo procuro acordarme de los cristianos decentes a los que he visto convertir su fe en un compromiso de solidaridad y amor.
Nací bajo el Concordato de 1953. El Vaticano prestó apoyo internacional a Franco, un dictador muy cruel condecorado por el Papa con la Orden de Cristo. Llegué a la mayoría de edad y a la democracia para asistir a una Constitución con trampa católica. Se aceptaba el carácter aconfesional, pero se asumía la necesidad de "cooperación" con la Iglesia Católica y las demás confesiones. La alusión concreta a la Iglesia justificó después que se mantuvieran los acuerdos con la Santa Sede de 1976. La Conferencia Episcopal ha lastrado las directrices de la educación primaria y secundaria con sus insaciables exigencias. La Conferencia Episcopal saquea el bolsillo de los contribuyentes con mil formas de financiación. No paga IRPF, no paga IVA, no paga la contribución urbana, ni los impuestos de sucesión, ni los de donación. Y, por supuesto, considera muy normal que haya una capilla católica en la Universidad Complutense y que se pueda coartar la libertad de expresión con la amenaza de un "delito contra los sentimientos religiosos". ¿Y los sentimientos de los que no somos católicos?
Cuando leo declaraciones del obispo de Córdoba afirmando que la Unesco tiene un plan para que se haga homosexual la mitad de la población mundial, ¿quién me defiende a mí? Cuando el mismo obispo dice que la fecundación in vitro es un aquelarre químico, cosa del demonio, y que los varones deben ser muy varones para representar la autoridad, ¿quién me defiende a mí? Cuando oigo al obispo de Alcalá de Henares comparar la interrupción voluntaria del embarazo con los trenes de Auschwitz, ¿quién me defiende a mí? Cuando veo que el arzobispado de Granada encubre a sacerdotes que abusan de menores y publica un libro titulado Cásate y sé sumisa,¿quién me defiende a mí?
Lleguemos a un acuerdo. Que nadie me defienda, yo sé defenderme y desnudarme solo. Pero que el Estado no subvencione con mi dinero a una agresiva Conferencia Episcopal que huele a sotana acre, a soberbia avinagrada y a semen rancio y seco.
Normalmente se escriben artículos para pedir la dimisión de los políticos. Yo escribo esta columna para exigirle a Rita Maestre que no dimita. Y lo exijo en nombre de todos los que a lo largo de la Historia han soportado hogueras, látigos y cárceles en nombre de la libertad de conciencia. Y lo pido en nombre de los que nacimos bajo una dictadura justificada desde Roma por la gracia de Dios. Y lo pido en nombre de Voltaire, y de Rosalía de Castro, y de Pérez Galdós, y de María Zambrano, y de Luis Cernuda. Y lo pido en nombre de toda la ciudadanía que se indigna cada vez que un obispo se siente con derecho a condenar al infierno lo mejor de nuestra filosofía, nuestra política y nuestra ciencia. ¡Con el trabajo que cuesta avanzar, no se puede dimitir del progreso ético!
* Crónica agradece al autor su generosa decisión de compartir sus artículos de opinión con nuestros lectores.
Publicado primero en Infolibre
Después del resultado de las elecciones del 20 de diciembre, con la quiebra de mayorías y el voto repartido, se invoca una vez más el espíritu de la Transición para favorecer el diálogo y los acuerdos. Y una vez más se juega con el ejemplo español, elcamino conciliador para conseguir la democracia, sin precisar bien qué ocurrió en aquellos años de difíciles tensiones, conquistas y derrotas.
Más que una mirada objetiva a la historia de la Transición, en España se han forzado por lo general dos interpretaciones sesgadas. La versión oficial sacralizó un tiempo perfecto, monárquico, protagonizado por verdaderos padres de la patria. Después llegó una lectura contraria, demasiado simple desde el punto de vista histórico e intelectual, en la que todos los responsables del cambio fueron unos traidores. Los partidarios del orden establecido tuvieron mucho interés en defender la primera opción, apostando por el contrasentido de una Transición perpetua. Los cansados del bipartidismo y de la corrupción institucional se sintieron atraídos en los últimos años por el camino del descrédito absoluto.
En muy pocas ocasiones se atendió con objetividad a un tiempo en el que las élites económicas del franquismo tuvieron la necesidad de cambiar para perpetuarse después de la muerte del dictador y para entrar de lleno en los negocios del capitalismo europeo. No hubo batalla real entre la dictadura y la democracia. Hubo tensiones entre dos ideas de democracia: una que se ponía al servicio de las élites económicas de siempre y otra que buscaba la transformación social y la igualdad.
Más que una traición, ocurrió que las élites económicasvencieron a los movimientos sociales que a lo largo de muchos años de clandestinidad habían luchado por una democracia social. Eran más más fuertes. Y contaron con la ayuda indispensable del miedo a un golpe de Estado. Pero no es bueno olvidar que para perpetuarse, las familias del dinero franquista necesitaron renunciar a bastantes privilegios. No fue poco lo que conquistó la sociedad española progresista.
Con la llegada de la crisis y el debilitamiento de las organizaciones sociales, las élites económicas vieron la oportunidad de recuperar los privilegios perdidos. Los agitadores de izquierdas no son los que han roto con la Transición. Son las élites económicas del neoliberalismo las que recuperaron su prepotencia franquista al verse con las manos libres para desmantelar los derechos laborales y sociales.
Los lectores de este periódico hemos leído la noticia de que el Fondo de Población de la ONU confirma que han vuelto a España los índices de desigualdad de los años 80. De eso estamos hablando. Los lectores de este periódico también nos hemos acostumbrado a leer noticias sobre la impunidad real de las grandes familias, empresas y multinacionales que manipulan precios, falsifican la competencia, estafan, trafican con obras de arte y evitan pagar impuestos de forma legal o con cuentas secretas en paraísos fiscales.
Conviene recordar estas cosas en la situación política actual que vive España. Más que entender el acuerdo con espíritu de ingenua bondad navideña, necesitamos preguntarnos en qué Transición estamos. ¿Acuerdos o desacuerdos para que las élites económicas mantengan sus privilegios? ¿Acuerdos para recuperar los derechos laborales y sociales perdidos y empezar así una nueva democracia?
La situación es paradójica. Parece que la realidad política aboca al desacuerdo y a nuevas elecciones, mientras la realidad social permite aprovechar la ocasión para democratizar por fin la economía española. La avaricia del gran capitalismo ha sido tanta y la corrupción de algunos políticos tan grave que el malestar social ha quebrado el paisaje parlamentario que permitía su prepotencia. El mundo del dinero está asustado, el invento de Ciudadanos no ha salido tan bien como esperaban. Están en la obligación a hacer de nuevo concesiones.
La izquierda podría conseguir que estas concesiones fuesen ahora más profundas y para siempre. ¿Pero lo permite la realidad política? Nada más saberse los resultados, Pablo Iglesias propuso líneas rojas para llegar a acuerdos con el PSOE. El referéndum sobre la autodeterminación de Cataluña levantó un verdadero griterío en la cúpula socialista. Es una línea roja que le viene bien a las dos formaciones. El PSOE oculta así el verdadero problema de una parte decisiva de la cúpula: modificar su relación con las élites económicas que gobiernan en España y en Europa. Podemos, consciente de que ahora recoge el nuevo voto social, el mismo que Felipe González arrastró en el 82, parece interesado en forzar unas nuevas elecciones y suplantar al PSOE en la política nacional.
Son posturas a corto plazo, coyunturales, que pueden volverse en contra de sus protagonistas. El PSOE tal vez demuestre su definitiva inutilidad a la hora de responder a los problemas españoles (incluida la organización territorial). Podemos corre elpeligro de sustituir al PSOE en todo…, hasta en su felipismo. No es que todo el mundo vea en eso un peligro. Pero yo sí.
Un acuerdo es difícil, está lleno de problemas, nos aboca a la incertidumbre. Pero me parece la única posibilidad de que las élites económicas no vuelvan a salirse con la suya.
El cambio climático tiene desorientadas a la fauna y a la flora. Ser flor o ser pájaro resulta una tarea complicada cuando en el invierno se dan temperaturas primaverales. Las cigüeñas no saben si cumplir los ciclos migratorios y las enredaderas dudan entre secarse o dar nuevos capullos. Sólo hay algo más desorientado que la vida natural: la política española.
Las organizaciones que trabajan en favor del dinero, pese al apoyo mediático que reciben, están pagando una factura de despecho popular por culpa de la corrupción. Además de sistematizar la desigualdad, han querido programar de forma descarada la rapiña individual. Los ciudadanos del bienestar suelen cerrar los ojos en épocas de negocios felices, pero se indignan cuando la necesidad aprieta.
Las organizaciones que quieren trabajar en favor de las personas viven una encrucijada interna. A mí me preocupa –por identificación personal– el destino de Izquierda Unida y de Podemos, dos organizaciones que, no me cabe duda, han querido y quieren dignificar la realidad difícil de la gente. Se habla de votos perdidos, de frente común, y se levantan quejas para afirmar que la falta de un pacto limita los resultados. Esto es así, pero no conviene olvidar que la decencia interna es imprescindible también para ofrecer soluciones en la plaza pública. La deshonestidad no sólo tiene que ver con el dinero que se roba. Puede afectar, sin rapiña alguna, al funcionamiento interno de las organizaciones, a su decencia política.
Po ejemplo: me parece deshonesto seguir hablando de pactos o de unidad en nombre de Izquierda Unida. Es más honrado hablar del Partido Comunista, porque Izquierda Unida desde su fundación no ha sido otra cosa que una máscara electoral. Desde un punto de vista histórico, esto no representaba un problema para las personas situadas a la izquierda del PSOE. El comunismo, en España, no ha generado nunca un aparato oficial de dictaduras estalinistas o populistas, sino campos de luchas muy dignas contra el fascismo y ámbitos heroicos de resistencia clandestina en la conquista de la democracia. Así que estar junto al Partido Comunista no fue un problema ideológico para los militantes de Izquierda Unida que quisieron oponerse a las políticas neoliberales de Felipe González o de José María Aznar, de José Luis Rodríguez Zapatero o de Mariano Rajoy.
Pero enseguida hubo graves problemas en la organización interna. Al no refundarse el PCE en Izquierda Unida, al no diluirse en la nueva organización, se produjo una dinámica en la que un aparato sectario asumió como tarea principal el control de su máscara electoral, sacrificando cualquier posible propuesta de modernización y la configuración de la nueva mayoría de izquierdas exigida por los cambios sociales en España. Esto hizo saltar por los aires la fraternidad, un valor imprescindible en el pensamiento alternativo y en la dignificación de la política. El enemigo estaba en casa, todo se analizaba en clave de conspiración, traición o control interno. Si no quedaba bajo el mandato del PCE, cualquier aportación de militantes de IU se consideraba hostil.
Las cosas se pusieron muy difíciles cuando la Izquierda Unida de Gaspar Llamazares trabajó para conseguir, durante la primera legislatura de Zapatero, avances sociales muy claros en las leyes de dependencia, interrupción del embarazo, memoria histórica y matrimonio de personas del mismo sexo. Algún mandarín del PCE, más famoso por su rencor y sus calumnias que por su trabajo al servicio de IU, no paró de denigrar al coordinador y de exigir el fortalecimiento del Partido. Quienes conocen la vida interna de IU no pueden dejar de sonreír al ver con qué facilidad se han prestado a liquidar Izquierda Unida esos dedos admonitorios que antes denunciaban en cualquier discusión una conjura secreta para pasarse al PSOE.
Pero la falta de fraternidad llegó a su punto extremo cuando las elecciones europeas dieron un resultado llamativo a Podemos. Muchos jóvenes comunistas, sin más puesto de trabajo que la política, se pusieron nerviosos al pensar en el futuro. Lo primero que pactaron fue cargarse al cabeza de lista de IU en las elecciones europeas, nombrado poco antes con su apoyo, en oposición a quienes habían defendido primarias y una verdadera renovación electoral de la organización. Willy Meyer es un comunista de la vieja guardia, un camarada que muy posiblemente no debería haber sido cabeza de lista en 2014. Pero es una persona honrada. Echarlo del Parlamento europeo bajo sospecha de corrupción, a causa de las ambiciones de algunos jóvenes, fue una canallada. Hubiera sido más decente no aprobar en la asamblea de IU su candidatura en nombre de los intereses del PCE.
La falta de fraternidad alcanzó a partir de ahí grados inenarrables. El sector del PCE partidario de Alberto Garzón perdió la asamblea de Madrid. Más que por un esfuerzo conjunto de necesaria renovación interna, este sector apostó por liquidar la organización y pasarse a Podemos. De manera inmediata se trabajó contra los otros afiliados del PCE y contra los militantes independientes. Estoy hablando de 5.000 militantes expulsados. Para justificar semejante decisión no se dudó en hundir electoralmente a IU en las elecciones municipales y autonómicas de 2015, y en crear la fábula de que la Federación de Madrid era la culpable de todas las corrupciones de Bankia. Un par de corruptos mancharon a toda una organización con ayuda de los labios de la mentira. Después, machacado desde Madrid el prestigio nacional de IU, se quiso modelar una máscara nueva: Unidad Popular.
La farsa llegó a extremos intolerables en Andalucía. Se robaron urnas y se falsificaron las primarias de Sevilla para evitar que el candidato elegido no estuviese bajo las órdenes directas del PCE, sector Antonio Maíllo, es decir, sector Alberto Garzón.
Vamos a ser honestos: no se puede acusar a Podemos de no haber querido pactar con la nueva máscara del PCE. El núcleo dirigente de Podemos viene de Izquierda Unida. Pensó en fundar un nuevo partido cuando comprobó que el PCE no estaba dispuesto a dejar que nada viviese fuera del control de su dirección. Un acuerdo hubiese supuesto dejarse devorar y convertir a Podemos en una nueva farsa electoral. Los malos resultados de IU son culpa de su inmovilidad, primero, y luego de unas maniobras estúpidas que han acabado con su propia razón de ser. No sé qué es más grave, si la ambición necia de unos o la parálisis suicida de los otros.
Repito: seamos honestos. Quien considere que Podemos es una solución política para la transformación social de España no debe pretender convertirlo en una máscara de otra organización acostumbrada a la conjura interna. Y quien considere que Podemos se va a parecer en el futuro más al PSOE de Felipe González que a una fuerza transformadora, deberá pensar en una organización nueva en la que resistir, pero ya sin el tutelaje de un Partido Comunista que hoy sólo tiene rencores que ofrecer.
En la última Presidencia Federal, Enrique Santiago, ínclito candidato de Unidad Popular, se permitió una broma zafia sobre la dicción del Secretario General del PCE, José Luis Centella, afectado de un problema de frenillo. Muchos de los que respetamos la historia del PCE agradeceríamos que sus responsables humanizaran y abreviasen la agonía. No tiene sentido mantener una organización en la que los jóvenes han heredado todos los defectos de sus mayores y ninguna de sus virtudes.
* Crónica agradece al autor su generosa decisión de compartir sus artículos de opinión con nuestros lectores.
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