El día que su propio partido lloraba la muerte de Nelson Mandela, el día que festejaban la Constitución como si no acabaran de aprobar una ley contra los derechos fundamentales, el ministro del Interior parece que se hartó de tanta hipocresía. Y dijo: ”Tú pon a miles de inmigrantes ilegales circulando por las calles y verás con quién está de acuerdo la mayoría de la sociedad (…) El debate sobre las concertinas lo tengo ganado”.

Esto me hizo recordar de inmediato la circular que el Ministerio de Exteriores alemán extendió a sus entidades en el extranjero tras la Noche de los Cristales Rotos —de la que el pasado noviembre se cumplían 75 años—: “El movimiento migratorio de tan solo unos 100.000 judíos ha despertado ya el interés de muchos países por el peligro judío (…) La afluencia de judíos a todas las partes del mundo provoca la oposición de la población nativa y constituye por ello la mejor propaganda de la política alemana respecto de los judíos. Cuanto más pobre sea el judío inmigrante, y por ello más incómodo para el país que le absorba, más fuerte será la reacción de ese país”.
Conviene no frivolizar ni realizar comparaciones exageradas con lo que significó un régimen totalitario como el de la Alemania nazi. Sin embargo, resulta inevitable comprobar que el sentido que hay detrás de las declaraciones de unos y otros resulta demasiado similar. Analicémoslo.
Los nazis del Ministerio de Exteriores, por desgracia, tuvieron razón. Las policías de países como Alemania, Bélgica y Francia, entre otras, colaboraron entre sí antes de la II Guerra Mundial para apresar y deportar a los nuevos indeseables de Europa. Los judíos no lograban más que el rechazo o la indiferencia de la mayoría de los ciudadanos europeos. Por vez primera las personas que huían de sus países por motivos políticos no encontraron un sitio que los acogiera. En Alemania, y en otros países como en Francia, proliferaron los campos de internamiento. La oposición de la población europea a los nuevos inmigrantes dio alas a los nazis, que abrieron también campos de concentración. Como es sabido el siguiente paso, ya secreto, serían los de exterminio.
Se había conseguido transformar la “cuestión judía” en un “problema” que requería soluciones. La legislación a partir de Nuremberg consagró ciudadanos de primera y de segunda, éstos ya sin derechos plenos. Se intentó primero detener en masivas redadas, para luego expulsar, a quienes carecían de los papeles que sus leyes de ciudadanía exigían, con especial atención a gitanos y judíos. Fueron las primeras “soluciones”. Pero cuando se encontraron con que cada vez menos países los admitían, no se supo qué hacer con tanto indeseable circulando por las calles. Entonces los dirigentes del III Reich idearon la solución final a su problema: el exterminio.
El ministro Fernández Díaz, como en general hacen las políticas migratorias europeas desde Schengen, se mueven en la misma lógica. Y es que ya sabemos que la victoria de los aliados no acabó de una vez para siempre con determinados modos de actuar, potencialmente peligrosos, que se habían instalado en Europa. Así, se suele decir que tenemos un “problema” con la afluencia de inmigrantes. Intentamos deportar a los que podemos —este mismo martes, sin ir más lejos, hemos tenido una deportación masiva en un polémico vuelo a Nigeria—, instalamos campos de internamiento —los tristemente famosos CIE—, y hacemos redadas en las ciudades para detener “inmigrantes ilegales”, aquellos que no desea la sociedad. Hay una diferencia, y es que nuestros indeseables vienen del exterior. Por eso intentamos que no vengan más. Militarizamos las fronteras y colocamos, entre otros artilugios, cuchillas en la valla de Melilla. Asunto “solucionado”, al menos por el momento.
Los nazis se escudaron en la complacencia o indiferencia de “la mayoría de la sociedad” europea de su tiempo para perpetrar sus crímenes. Pero hoy no estamos en 1938. Se supone que hemos leído, estudiado, visto películas y documentales, asistido a conferencias sobre todo lo que supuso el horror nazi. Cualquiera con dos dedos de frente sabe lo que supuso el Holocausto. Hemos de ser así capaces de reconocer cuando algunos de los elementos que cristalizaron en él reaparecen en nuestra política. Y hemos de tener la capacidad como sociedad de rechazarlo.
El ministro del Interior acaba de lanzar un formidable envite a la ciudadanía española. Los inmigrantes van a seguir hiriéndose, en ocasiones de muerte, al intentar saltar la valla de Melilla porque vosotros lo queréis así. Es por ello que también seguirán las redadas y los CIE donde, también esta semana, volvió a aparecer una persona ahorcada en su celda. Aramis Manukyan era armenio y padre de una niña de 7 años. Los internos del CIE de la Zona Franca de Barcelona aseguran haber estado escuchando sus gritos durante toda aquella noche tras habérselo llevado la policía de su celda. Como denuncian múltiples organizaciones no es un caso aislado, sino algo que cabe esperar en centros crueles y opacos de este tipo.
¿De verdad es esto lo que quiere “la mayoría de la sociedad” española?
Utilizando el caso de las cuchillas de Melilla, el ministro del Interior se ha atrevido a decir que este es el precio a pagar para no tener nuestras calles llenas de inmigrantes ilegales. Así, sin complejos. Solo le ha faltado verbalizar lo latente para decir “infestadas”. ¿Cómo responder? ¿Del mismo modo que gran parte de Europa y Alemania en los años treinta?
Pues no señor ministro. El Gobierno se merece que le demos una lección. No somos tan bárbaros como creen. No somos bestias. Somos seres humanos. Es por ello que muchos rechazamos que se persiga y expulse a las personas por su origen nacional, por su color de piel, por no tener un papel. Es por ello que no estamos de acuerdo con acuchillar a quienes, huyendo de sus países por motivos políticos o económicos, saltan una valla.
Es por ello que nos negamos a admitir el uso de campos de internamiento donde se priva de derechos fundamentales a los detenidos en las redadas, y donde la policía goza de manga ancha para mantener “el orden”.
Tampoco admitimos que se vete el acceso de los extranjeros a determinadas profesiones, incluso con este paro, porque sabemos muy bien quiénes son los responsables. Ni que se agudicen las desigualdades de todo tipo por origen nacional. Ni que no compartan aulas con nosotros en nuestras universidades.
Por eso apoyamos también que los inmigrantes se asocien, se reúnan, se manifiesten, voten y puedan ser elegidos, haciendo política para resistir. Porque, en estos días que ustedes sin ninguna vergüenza se atreven a llorar a Madiba, rechazamos cualquier tipo de Apartheid.
Y no solo eso. Nos negamos a una frontera militarizada. A que siga subiendo la cifra de los ahogados en el Mediterráneo. No consentimos que nuestro Estado, con el dinero de nuestros impuestos, con nuestra indiferencia o aquiescencia, apunte con sus armas a hombres, mujeres y niños desarmados que tan solo buscan una vida mejor. Como suele decirse en estos casos, no en nuestro nombre.
Somos realistas. Por eso sabemos que en este globo que gira sobre sí mismo lanzado a miles de kilómetros por hora vamos todos juntos. No es digno, pero tampoco es ya posible a día de hoy, construir el crecimiento a costa del resto. Estamos poniendo fecha de caducidad al planeta, o al menos a nuestra supervivencia en él, con las políticas económicas tan racionales y sensatas que seguimos. En realidad los idealistas peligrosos son quienes creen que se podrá revivir el sueño de la isla europea emplazada como fortaleza en un mar de miseria. En realidad lo más responsable a día de hoy es acoger a los perseguidos, construir de otra manera la economía común y saber que en ello nos va nuestro propio futuro y el de nuestros hijos. Este debe ser el reto que debemos lanzar a nivel europeo. Las migraciones, la libertad de movimiento, existen desde que el ser humano está sobre la Tierra. Sus “concertinas” no las van a parar. Momentos clave de la historia han presenciado grandes migraciones, y aquellos que han sabido dar la acogida como respuesta se han enriquecido y fortalecido con ello.
Demos una lección a Fernández Díaz. En nuestra cotidianidad, en las acciones políticas que emprendamos, en la presión social que generemos contra una deriva abiertamente criminal que, como hace 75 años, busca cómplices entre nosotros. Digamos tan alto y claro como podamos: no, señor ministro.
* Victor Alonso Rocafort es del Colectivo Novecento
* Crónica agradece al colectivo y al autor la publicación para nuestros lectores de este artículo publicado primero en eldiario.es
Publicado originalmente en inglés en Mapping Ignorance.
En este artículo se lleva a cabo un breve resumen de los recientes estudios que han analizado el incremento de la participación de las familias más ricas de diversos países en el ingreso disponible que se ha producido durante las últimas décadas, el cual explica el surgimiento del movimiento "el 1% contra el 99%". Además, se repasan las diferentes explicaciones dadas a ese incremento y se proponen explicaciones alternativas.
Los datos fiscales son una importante fuente de información para una amplia cantidad de series estadísticas, pero su uso ha quedado habitualmente restringido al análisis del impacto de las políticas fiscales en diferentes colectivos socio-económicos. Sin embargo, un reciente grupo de investigadores ha comenzado a usar los datos procedentes de los impuestos sobre la renta personal para construir series estadísticas de la participación de las familias e individuos más ricos en el ingreso disponible y analizar su evolución en el largo plazo en diferentes países.
El único precedente del uso de estos datos para calcular participaciones en el ingreso disponible es el trabajo de Simon Kuznets, quien en los años cincuenta elaboró series de la participación de los grupos de ingresos más altos en la renta y el ahorro de la economía de Estados Unidos (Kuznets, 1950). No obstante, desde el año 2001 han comenzado a publicarse nuevas series estadísticas de más de una veintena de países de todo el mundo, incluyendo economías desarrolladas y en desarrollo, en América del Norte (Estados Unidos y Canadá); América del Sur (Argentina); Asia (China, India, Indonesia, Japón y Singapur); Europa Central y Occidental (Alemania, Francia, Países Bajos y Suiza); Europa del Norte (Finlandia, Irlanda, Noruega, Suecia y Reino Unido); Europa del Sur (España, Italia y Portugal); y Oceanía (Australia y Nueva Zelanda).
Se puede encontrar una recopilación de estos estudios en Atkinson y Piketty (2007 y 2010). Además, las series se encuentran disponibles en la página web de la World Top Incomes Database (http://g-mond.parisschoolofeconomics.eu/topincomes/). En comparación con las anteriores bases de datos sobre distribución de la renta, basadas en encuestas de ingresos de los hogares llevadas a cabo durante las últimas tres o cuatro décadas, ésta otra cubre un periodo más largo de tiempo, que para algunos países supera los cien años. Tal disponibilidad de datos hace posible llevar a cabo análisis de largo plazo, los cuales son los únicos capaces de identificar cambios estructurales que se producen en los patrones de distribución de la renta. Más aún, los datos fiscales también permiten analizar por separado la evolución de las rentas del trabajo y del capital de cada uno de los individuos o familias.
Tal y como admiten los autores que han hecho una revisión de los principales descubrimientos logrados con los análisis de las series de los distintos países (Atkinson, Piketty y Saez, 2011), la recopilación de datos de los ingresos de los más ricos utilizando datos fiscales presenta algunos límites. Entre ellos, que se encuentra restringida a los ingresos de las familias más pudientes; que sólo consideran la magnitud de los ingresos brutos antes de aquéllos; y que, importante tenerlo en cuenta, la definición del ingreso y de los sujetos pasivos de los impuestos de los que provienen los datos no son los mismos en cada país y varían a lo largo del tiempo. Más aún, sólo la población que paga impuestos está incluida en las series de datos y la elusión y evasión de impuestos puede provocar una subestimación del montante de ingresos de las familias más ricas, así como su participación en la distribución del ingreso a escala nacional.
Todos estos factores hacen que las recopilaciones de datos fiscales no sean las más adecuadas para los análisis más habituales sobre la desigualdad que tratan la evolución del índice de Gini, el efecto de las políticas redistributivas estatales o llevan a cabo comparaciones entre países. No obstante, hay que tener en cuenta que otros autores han encontrado una relación significativa entre la participación de los ingresos de los más ricos y otras medidas de la desigualdad, como el mismo índice de Gini (Leigh, 2007). Además, también se pueden obtener datos después de impuestos y las series pueden ser corregidas y homogeneizadas. No sólo eso, sino que según Atkinson, Piketty y Saez (2011: 40), "la exención de impuestos sobre los ingresos del capital genera problemas mayores que la evasión y elusión fiscales per se". Finalmente, los datos procedentes de encuestas a los hogares, la fuente alternativa de datos de ingresos personales, presentan sus propias limitaciones como consecuencia, entre otros factores, de lo incompleto de las respuestas dadas a las encuestas y la sub-declaración de ingresos que en ellas se produce.
La principal conclusión de los estudios sobre ingresos de los más ricos es que la participación de las familias de rentas más altas sobre el ingreso disponible de los hogares habría seguido un patrón con forma de U. Esa participación descendió durante la primera mitad del siglo XX, especialmente alrededor de las dos Guerras Mundiales y la Gran Depresión, pero se ha incrementado desde la segunda mitad del pasado siglo, particularmente en las décadas recientes. Además, las ganancias globales se han concentrado en los percentiles más altos (el 5% y el 1% de los más ricos) de la mayoría de países que se han estudiado.
En los países occidentales de habla inglesa, en China y en India, el incremento de la participación de los más ricos ha sido sustancial. Según los datos de la World Top Incomes Database, en Estados Unidos el porcentaje del ingreso disponible acaparado por el decil (el 10%) de familias más ricas alcanzó casi el 50%, mientras que el del percentil (el 1%) más rico superó el 23% del ingreso disponible en 2007, llevándose dos tercios del incremento de la renta que se produjo desde el comienzo de siglo. La participación de los ingresos de los más ricos en Europa del Sur y los países nórdicos son menores, pero también relevantes. En España, la participación del 1% de hogares más ricos en el ingreso disponible se incrementó del 7,6% que alcanzaba en 1981 al 12,6% en 2006, año en el que las ganancias de patrimonio llevaron a suponer el 42,5% del ingreso de esos hogares, presumiblemente como resultado de la burbuja inmobiliaria. Únicamente en los países de la Europa Central y Japón los incrementos de la participación de los más acaudalados han sido modestos.
Atkinson, Piketty y Saez han encontrado cambios importantes en la composición de los ingresos según fuentes de renta. Las ganancias de patrimonio se encuentran excluidas del análisis en una mayoría de países (menos en algunos casos, como el ya citado de España), debido a la falta de datos existentes. Sin tomarlas en consideración, las participaciones de las rentas del capital en el ingreso de las familias o individuos más ricos muestran que dichas rentas fueron su principal fuente de ingresos durante la primera mitad del pasado siglo, especialmente para los cuantiles (deciles o percentiles) de ingresos más altos. Mientras tanto, según esos autores, el aumento participación de los más ricos en el ingreso familiar disponible durante la segunda mitad del siglo pasado y primeros años del actual se ha debido en buena medida al incremento de las rentas de los trabajadores con salarios más altos (los altos ejecutivos), que han pasado a suponer un porcentaje mayor de los ingresos de las familias más ricas, tal y como ha ocurrido, por ejemplo, en el caso de Canadá.
Los autores han revisado diversas posibles explicaciones del crecimiento de los ingresos de los más ricos, entre ellas, la explicación típica basada en la Curva de Kuznets, que toma como factor más relevante al cambio estructural de la economía; o la explicación basada en el efecto del cambio técnico favorable a los trabajos más cualificados sobre la dispersión salarial. No obstante, el poder explicativo de estos factores no es suficiente para dar cuenta del incremento de la participación de los ingresos de los más ricos. Por ello, los autores han tenido en cuenta también otros factores explicativos sugeridos por diferentes modelos teóricos, que van desde la "política" y la "economía política" a las "crisis financieras", las "fuerzas globales" o la "imposición progresiva". Sin embargo, sigue faltando una explicación sistemática de la evolución seguida por los ingresos de los más ricos.
Es cierto que ese tipo de explicación debería incluir múltiples factores. A pesar de ello, otros autores han encontrado una relación general entre las variables distributivas a escala macroeconómica e individual. Concretamente, según estos otros estudios, la participación de cualquier grupo de renta en el ingreso disponible se encuentra vinculada a la evolución de la participación de los factores productivos, capital y trabajo, en la renta nacional. En función de cuál sea la composición del ingreso de las familias según sus fuentes la variación de la participación de los salarios y los beneficios en la renta nacional hará aumentar o disminuir la participación de los diferentes grupos de familias en el ingreso disponible. En concreto, la evidencia empírica sugiere que cuando la participación de los beneficios en la renta nacional se incrementa, también lo hace la participación de los ingresos de los más ricos en la distribución personal o familiar, y viceversa (Daudey y García-Peñalosa, 2007; Adler y Schmid, 2012).
Atkinson, Piketty y Saez toman en consideración este factor cuando citan el estudio de Suecia, en el que se encontró una alta correlación entre la evolución de la participación del capital y la del percentil de familias de ingresos más altos (Roine y Waldenström, 2008). Dado que las participaciones de los ingresos de los más ricos son cálculos antes de impuestos, la evolución de la distribución funcional parece un factor explicativo más adecuado que la progresividad impositiva, uno de los factores explicativos centrales considerados en la mayoría de estudios. Sin embargo, Atkinson, Piketty y Saez no desarrollan el potencial explicativo de la distribución agregada de la renta entre salarios y beneficios para establecer una teoría general de la evolución de los ingresos de los más ricos.
En todo caso, el campo de investigación abierto por los autores que han recopilado los datos fiscales de los ingresos de los más ricos es muy importante y una mayor investigación será capaz de profundizar en las explicaciones dadas a su evolución. No sólo eso, sino que la publicación de los datos de ingresos de los más ricos ha sido un factor explicativo central en la erupción del movimiento social "el 1% contra el 99%", que denuncia el espectacular incremento de la participación de los ingresos de los más ricos que se ha producido en distintos países.
Referencias:
- Adler, M. and Schmid, K.D. (2012): "Factor Shares and Income Inequality. Empirical Evidence from Germany, 2002-2008", IAW Discussion Papers, 82.
- Atkinson, A. B. and Piketty, Thomas (eds.) (2007): Top Incomes over the Twentieth Century: A Contrast between Continental European and English‐Speaking Countries. Oxford University Press. Oxford.
- Atkinson, A.B. and Piketty, T. (eds.) (2010): Top Incomes: A Global Perspective. Oxford University Press. Oxford.
- Atkinson A.B.; Piketty T.; and Saez E. (2011): "Top Incomes in the Long Run of History", Journal of Economic Literature, 49. pp. 3-71.
- Daudey, E. and García-Peñalosa, C. (2007): "The Personal and the Factor Distributions of Incomes in a Cross-Section of Countries", Journal of Development Studies, 43 (5). pp. 812-829.
- Kuznets, Simon (1950): Shares of Upper Income Groups in Income and Savings. UMI.
- Leigh, A. (2007): "How Closely Do Top Income Shares Track Other Measures of Inequality?", The Economic Journal, 117. pp. 619-633.
- Roine, J. and Waldenström, D. (2008): "The Evolution of Top Incomes in an Egalitarian Society: Sweden, 1903–2004", Journal of Public Economics, 92 (1–2). pp. 366–87.
* Ricardo Molero Simarro del Colectivo Novecento
* Crónica agradece poder compartir el artículo con nuestros lectores
La actual crisis económica ha disparado
las cifras de desempleo en Europa, convirtiendo el paro en el principal
problema económico y social del momento: en España hemos pasado de 1,8 a
6,1 millones de desempleados entre 2007 y 2013, mientras que en la UE
se ha pasado de 16,8 a 26,7 millones durante estos años. La reducción
del desempleo debiera ser por tanto el referente que guíe el conjunto de
la política económica.
El gobierno español, al igual que las
instituciones de Bruselas, defienden su política de recortes del gasto
público y de reducción de los salarios como la condición necesaria para
que nuestras economías capten financiación externa, ganen competitividad
y se produzca con ello la recuperación del crecimiento económico. Se
fía la salida de la crisis por tanto al supuesto papel estabilizador que
el “saneamiento” del sector público tendrá sobre la inversión privada,
así como al motor de las exportaciones.
Sin embargo, comprobamos cómo esta
política resulta un autentico fracaso en términos de creación de empleo y
de recuperación económica. Los recortes del gasto público no están
propiciando una reducción paralela del déficit de las administraciones,
ni una recuperación de la inversión privada, en la medida en que los
gobiernos han ignorado el papel del multiplicador fiscal: la reducción
de las partidas del presupuesto impacta negativamente –y en mayor medida
de lo esperado– en la actividad económica, lo que se traduce no sólo en
un menor crecimiento económico sino también en una intensa caída de la
recaudación y en nuevos gastos (desempleo, ayudas sociales, etc.). En
este contexto, la inversión privada se reduce y, con ello, retroalimenta
la propia contracción de la demanda agregada.
Por otro lado, los recortes salariales en
las empresas no se han traducido en una mejora de las exportaciones
capaz de compensar el efecto recesivo que dichos recortes tienen sobre
el consumo privado. Es más, cuando estas políticas de “devaluación
interna” se aplican de forma simultánea por el conjunto de los socios de
la UE, como es el caso, los efectos depresivos se amplifican, en la
medida en que el crecimiento de las exportaciones se ve limitado por la
política de los vecinos.
Ante este fracaso resulta imprescindible
propiciar un giro radical en la política económica. No obstante, una
nueva política económica que tome la creación de empleo como referente
fundamental debe tener en cuenta que la crisis que vivimos es sistémica y
que, además de los aspectos económicos, otras dos cuestiones deben ser
consideradas: la dramática situación ecológica que atravesamos y la
crisis del actual modelo reproductivo. Necesitamos crear empleo
urgentemente y necesitamos hacerlo sin que ello entrañe un incremento de
las emisiones de gases de efecto invernadero –que amenazan con hacer
inviable la vida en el planeta como consecuencia del calentamiento
global–. Y, además, necesitamos también que –desde una perspectiva de
género– la nueva política de empleo camine en la dirección de propiciar
un reparto efectivo del trabajo familiar.
Señalamos tres posibles pilares en torno a
los que hacer pivotar esta nueva política económica: una nueva política
fiscal, una nueva política laboral y de rentas y, por último, una nueva
estrategia respecto al problema del sobreendeudamiento.
En primer lugar, y tal y como reza el
conocido proverbio, para salir del hoyo lo primero es dejar de cavar. Es
imprescindible poner fin a la estrategia de austeridad sine die
de Bruselas. Los recortes del gasto público deben dar paso a una
política de intensa expansión del presupuesto dedicado a servicios
públicos. No sólo para reconstruir un “escudo social” que blinde las
principales necesidades de la mayoría de la población frente a los
efectos de la crisis, sino también porque en un contexto de recesión de
balances como el actual, en el que buena parte de los actores privados
permanecen constreñidos por el peso de la deuda y por tanto sin
capacidad para invertir o consumir, el sector público es el único que
puede actuar como motor económico.
La expansión del gasto público debiera
centrarse en determinados ámbitos que faciliten la recuperación del
empleo y el crecimiento de la renta de los hogares, sin ocasionar con
ello un incremento de las emisiones de gases de efecto invernadero.
Resultarían así prioritarios los servicios de atención a la dependencia,
la sanidad, la educación o la rehabilitación inmobiliaria, todos ellos
intensivos en fuerza de trabajo y de limitado consumo energético. Es
más, el propio sector público debiera ser quien impulsase la transición
energética necesaria para avanzar hacia una economía sostenible,
asegurando tanto las inversiones necesarias para ello como la
correspondiente “transición justa” para los trabajadores de los sectores
más contaminantes. Además, la financiación de tales políticas debiera
producirse fundamentalmente con cargo a una intensa reforma fiscal –que
grave más a quien más tiene y que persiga el elevado fraude fiscal de
las rentas más elevadas– coordinada a nivel europeo.
El segundo pilar de una política
económica verdaderamente encaminada a crear empleo debiera pasar por una
reducción generalizada de la jornada laboral, para hacer frente al
desafío del desempleo sin comprometer con ello la sostenibilidad del
planeta. Así, el reparto del empleo ya no haría necesaria la consecución
de elevados ritmos de crecimiento y consumo material para ocupar a la
población desempleada. Valga como ejemplo, a pesar de todas las
limitaciones que el proyecto presentó, el caso francés: la reducción de
la jornada laboral a 35 horas legislada por el gobierno de Jospin supuso
la creación de más de un millón de empleos netos durante el bienio
2000-2001 en Francia.
Es más, una política de reparto del
empleo, al reducir la jornada laboral diaria, sería la base para el
avance en el reparto del trabajo doméstico. Un avance efectivo en la
igualdad de género exigiría no obstante inversiones públicas
adicionales, posibles en un contexto de nueva fiscalidad como el
señalado: permisos de paternidad y maternidad iguales e intransferibles,
así como la universalización de la educación infantil desde los cero
años.
En paralelo a la reducción de la jornada
laboral, una nueva política de rentas debiera impulsarse. Esta política
de rentas tiene que partir del hecho de que en las décadas anteriores
hemos asistido a un deterioro del peso de los salarios en el PIB que es
necesario contrarrestar, si no queremos que crecientes volúmenes de
liquidez alimenten continuamente burbujas inmobiliarias, bursátiles y
financieras. Para ello deberían articularse incrementos en los salarios
reales superiores al crecimiento de la productividad. Resulta por tanto
necesario derogar las últimas reformas laborales, que han quebrado la
capacidad de negociación sindical. De hecho, el crecimiento salarial
debe coordinarse a nivel europeo, facilitándose incrementos más intensos
en las economías del centro para contribuir así a limitar los
desequilibrios de balanza de pagos e impulsar la recuperación de la
periferia. Esta estrategia de “recuperación liderada por los salarios”
vendría a reforzar la política expansiva del gasto público anteriormente
mencionada.
Por último, el tercer pilar de la
política económica que aquí proponemos pasa por retirar la losa
económica que pesa en este momento sobre buena parte de los hogares,
acometiendo quitas de las deudas privadas mediante una reducción
significativa en el valor facial de las hipotecas. Políticas similares
se pusieron en marcha en EE.UU. durante la década de 1930, o en Islandia
en el contexto de la crisis actual, y en ambos casos las quitas
colaboraron a una recuperación progresiva de la renta disponible de los
hogares y, con ello, a la dinamización de la actividad económica.
El saneamiento de las entidades bancarias
que una medida de estas características podría conllevar debiera
hacerse con cargo a gerentes, accionistas y acreedores, y no con cargo
al erario como ha sucedido hasta la fecha en nuestra economía. En
cualquier caso, las ayudas públicas que pudiesen hacer falta tras este
saneamiento deberían acompañarse de la correspondiente toma de control
accionarial de las instituciones financieras por parte del Estado.
El cambio de orientación en la política
económica aquí defendido –necesario para que la salida de la crisis se
pueda producir en beneficio de la mayoría social– tiene una virtud de la
que carece la estrategia actual de Bruselas: mientras que esta última
presenta un carácter competitivo que devalúa su implementación, la que
nosotros proponemos es de naturaleza netamente cooperativa, de forma que
cuantos más países la implementen tanto mejor funcionará. Así, mientras
que las “devaluaciones internas” impulsadas por la Troika al aplicarse
simultáneamente en varios países refuerzan los efectos depresivos a
escala continental, una recuperación liderada por los salarios
resultaría tanto más beneficiosa para Europa cuantos más países la
llevasen a cabo.
A pesar de ello, hoy por hoy es
precisamente en el ámbito supranacional donde una estrategia alternativa
como la que aquí se propone encuentra su mayor dificultad: el marco
institucional del euro y el diseño de la Unión Económica y Monetaria
asfixian la posibilidad de implementar una política económica
alternativa. Por ello, para aplicar estas medidas es precisa una
refundación integral del proyecto europeo que democratice sus
instituciones, restituya la soberanía política y garantice la
solidaridad interterritorial. De lo contrario, aquellos gobiernos que,
en caso de producirse vuelcos electorales, quieran apostar por aplicar
reformas que garanticen verdaderamente el progreso social, el empleo y
la defensa de los derechos adquiridos, puede que se vean abocados –para
bien o para mal– a la ruptura con la UE y a la salida del euro.
Publicado en Espacio Público; que se aojoa en Publico.es
“Espacio Público” es un foro de
debate que nace con la intención de impulsar la acción y el pensamiento
crítico. Sigue el debate y el resto de intervenciones sobre este tema aquí
* Crónica agradece la decisión de Publico.es de permitir que estas publicación sea compartida con nuestros lectores
La originalidad de ATTAC estriba en haber presentido que frente a la ofensiva del neoliberalismo, esta nueva fase del capitalismo, los movimientos sociales y ciudadanos debían dotarse de una estrategia a escala mundial. Aún cuando se puede reconocer que el altermundismo ( se hablaba aún en la época de antiglobalización ) nació en los años 70-80, es decir con anterioridad a ATTAC, con la denuncia de la gestión de la deuda y del ajuste estructural en los países del Sur. Es así que en julio de 1989, la contra-cumbre de los 7 países más pobres del mundo y la manifestación y el concierto << Ya es suficiente >> reclamaban la anulación de la deuda del tercer mundo reunidos por primera vez con los sindicatos, los movimientos campesinos, sociales y ciudadanos y las organizaciones de solidaridad internacional.

1995 fue a continuación un año bisagra que vio emerger en Europa y en los Estados Unidos las luchas contra la precariedad y el replanteamiento de la protección social. En Francia, fue el gran movimiento social noviembre-diciembre con huelgas de una amplitud comparable a las de mayo del 68. Y cuando, a finales de 1998, ATTAC lanzó la idea de la creación de una tasa a las transacciones financieras para << desarmar a los mercados >>, se trataba de una respuesta global a la hegemonía neoliberal que encarnaban las grandes instituciones internacionales : OMC, FMI y Banco mundial. De donde las grandes movilizaciones de Seattle ( manifestación contra la OMC de diciembre de 1999 ), Niza ( contra-G20 de noviembre de 2000 ) y Génova (contra-G20( de julio de 2001 ).
De la antiglobalización al altermundismo
Pero con la difusión de la mundialización capitalista, vino a imponerse la necesidad de propuestas unificadas y globales : el eslogan << otro mundo es posible >>, por oposición al famoso TINA ( There is no alternative ), dio así la vuelta al mundo … y sería recuperado y desarrollado bajo múltiples formas.
ATTAC encarna pues la idea de que el derecho internacional no debe estar subordinado al derecho de los negocios, una subordinación de la que el Fórum económico mundial de Davos es la manifestación más evidente ( Davos o la colusión entre las clases política y financiera… ), y será uno de los fundadores del primer Fórum Social Mundial ( FSM ) que tuvo lugar, en enero de 2001, en Porto Alegre en Brasil.
15 años después, ¿ dónde estamos ? Hoy en día el neoliberalismo está en crisis. No es que la clase financiera haya perdido su hegemonía, pero es incapaz de aportar soluciones a la crisis actual, una crisis a la vez económica y social ( aumento de la pobreza, de las desigualdades ), democrática ( políticas de seguridad, corrupción de las élites ), geopolítica ( fin de la hegemonía de los Estados Unidos ) y ecológica ( un mundo en contradicción con el ecosistema planetario ). Por otro lado, parece que desde 2008 esta crisis de consecuencias sociales y económicas devastadoras se ha profundizado y que, desde 2011, la exasperación de los pueblos crece y se traduce en un nuevo ciclo de luchas y revoluciones. ATTAC está pues confrontado a los desafíos de un período lleno a la vez de grandes peligros y de grandes oportunidades.
Los peligros, los conocemos : las fuerzas neoliberales están en el poder y dispuestas a todo para conservarlo. Vamos, por consiguiente, a conocer ofensivas, tentativas de desestabilización, represiones y guerras que ya han comenzado. En cuanto a las oportunidades, se pusieron en evidencia en nuestros debates de la cumbre de Río+20, en junio de 2012. Anotamos entonces que tres proposiciones se ofrecían en adelante :
. La del propio neoliberalismo que consiste en empujar siempre más lejos la lógica del mercado mundial de los capitales y la financiarización de la naturaleza y lo viviente ;
. La del establishment (de un Joseph Stiglitz, Amartya Sin o Paul Krugman) del Green New Deal. Ciertos movimientos sociales no se oponen en nombre de los empleos y de las rentas que podrán ser generadas por esta << economía verde >> ;
. La de una transición social, ecológica, democrática y geopolítica, y una superación del capitalismo.
Es en esta última perspectiva que ATTAC inscribe a partir de ahora su acción y sus propuestas de los bienes comunes y de los cambios en las formas de propiedad, de regulación ciudadana, del "buen vivir" o de la prosperidad sin crecimiento, de la "democratización de la democracia", etc.. Proposiciones que llevan en germen la concretización de otro mundo por venir.
Gustave Massiah, economista, cofundador de ATTAC
Traducción Francisco Morote Costa
* Crónica agradece a ATTAC sus continuas aportaciones a nuestra área de opinión
Hace
pocos días, nos hemos desayunado con dos noticias que han provocado en
nuestra mentalidad de economistas un violento choque lógico, parecido al
de una tostada de ajo y una galleta de chocolate mojadas a un tiempo en
nuestro primer café del día.
Por un lado, El País afirmaba el 28 de octubre
pasado que desde la SAREB (el «banco malo») se está comenzando a instar
la demolición de viviendas que no se están vendiendo. Según «los
expertos consultados» por este medio, esto ayudaría a lograr que el
mercado se equilibrase «vía cantidades», lo cual es, según ellos,
preferible al ajuste «vía precios» (es decir, a una caída del precio de
la vivienda hasta que no queden casas sin vender).
Casi al mismo tiempo, el 21 de octubre, el Círculo de Empresarios cargaba las tintas contra los Presupuestos Generales del Estado de 2014,
los del recorte sobre recorte, por ser demasiado suaves en el uso de la
tijera en el sentido de ofrecer espacios de interés social a la lógica
de la rentabilidad (privatización de servicios públicos). Y aprovechaba
para reivindicar la bajada del Salario Mínimo Interprofesional, ya que,
según ellos, es la principal causa del desempleo juvenil. Puede tener
algún sentido hablar de privatizaciones en la valoración de unos
presupuestos, pero ¿de bajar el SMI? Se trata de una repetición de la
reivindicación ya formulada en septiembre por ellos mismos, y en mayo por el Banco de España.
Esta campaña contra el SMI se basa en que esta norma estaría
introduciendo «rigideces» en el mercado de trabajo, lo cual vendría a
provocar un indeseable ajuste «vía cantidades», en lugar del deseable
ajuste vía precios.
Pero
el ajuste vía precios, ¿no era indeseable? La respuesta que se
proporciona desde el arsenal teórico de la economía dominante, la
economía neoclásica, pasa por concebir el mercado de trabajo como un
mercado más, con sus curvas de oferta y demanda formando la clásica
forma de unas tijeras. El libre juego de las fuerzas del mercado debería
llevar al empleo y al salario a sus valores de equilibrio en el punto
de intersección de las dos cuchillas de las tijeras, es decir, de las
dos curvas (el punto de la bandera azul gráfico siguiente), donde no
habría desempleo, ya que todo el que quisiese trabajar por ese sueldo
estaría trabajando. Pero la existencia de un SMI (645,30 €) operaría
como una barrera (una «rigidez» en la terminología neoclásica), externa a
ese juego de oferta y demanda en este mercado, que impediría que el
salario se sitúe por debajo de ella. Así, a un salario tan elevado son
muchos los jóvenes que quieren trabajar, (bandera roja), pero muy pocos
los que quieren contratar —y contratan— los empresarios (bandera negra).
He aquí el «ajuste vía cantidades» que, según el modelo neoclásico,
estaría causando ese 56 % de desempleo juvenil actual.

La
economía neoclásica aspira a aplicar su esquema de las tijeras a todas
las situaciones económicamente relevantes. Así, para la explicación de
las «rigideces» y el «ajuste vía cantidades» en el mercado de la
vivienda, siguiendo la mejor tradición neoclásica, podemos reciclar el
análisis anterior, gráfico incluido, simplemente cambiando el nombre de
las cosas. En este caso, las «rigideces», esas circunstancias externas
que constriñen el libre juego de oferta y demanda, y que impiden la
bajada de precios, tendrían que ver, entre otros factores, con la
resistencia de las grandes entidades a sacar al mercado sus viviendas
vacías y la capacidad de presión (lobbying) que tienen para
impedir cambios legislativos que combatirían la relación de poder
asimétrico entre compradores y vendedores (cláusulas abusivas, como la no dación en pago, que vendrán a salvaguardar el valor de las viviendas objeto de compraventa), o la existencia de normas de tasación laxas autorizadas en su momento por el Banco de España.
En
este caso el ajuste vía cantidades (la bandera negra del gráfico) se
concreta en un precio elevado, que deja gente sin casas y casas sin
gente. Esta situación, que algunos analistas estiman preferible a un
precio menor con más viviendas en uso (bandera azul), y que pretenden
consagrar demoliendo bienes de primera necesidad («desplazamiento de la
oferta hacia la izquierda»), les parece la mejor opción actualmente, lo
cual contradice abiertamente su propio modelo.

¿Por
qué es frecuente encontrarnos con un gráfico como el primero, pero no
como el segundo? La respuesta tal vez pase por preguntarse a quién
benefician las conclusiones de uno y otro. Pero la pregunta tiene una
clara relevancia, en la medida en que el análisis neoclásico, que ha
encontrado su principal aplicación práctica en el estudio de mercados
concretos aislados, fracasa clamorosamente en su interpretación del
mercado laboral. Esto tiene que ver con el hecho de equiparar
mecánicamente la fuerza de trabajo con las demás mercancías, al no
querer analizar las condiciones de su reproducción ni los factores
institucionales, es decir, políticos, que son indisociables de la
relación salarial, al despacharlos como «rigideces» y limitarse a
demandar que se eliminen para que su modelo pueda fluir libremente.
En 1933, en plena Gran Depresión, Arthur Pigou, prominente figura del pensamiento económico neoclásico, publicaba su Theory of Unemployment. En
esta obra afirmaba que el sistema económico se orienta hacia la plena
ocupación, ya que los salarios tienden a relacionarse con el nivel de la
demanda de modo que todo el mundo encuentra finalmente empleo, y que
las fluctuaciones en el nivel de empleo solo pueden obedecer a
fluctuaciones de demanda en la medida en que los salarios no sean lo
suficientemente flexibles. De hecho, ya en 1927, en su libro Industrial fluctuations
afirmaba que una política de salarios plenamente flexible acabaría
definitivamente con las fluctuaciones en la ocupación. Mientras tanto,
en la vida real, los salarios caían mientras el desempleo aumentaba
dramáticamente y la producción se desplomaba, inutilizando la
interpretación neoclásica del mercado de trabajo como guía de política
económica en plena Gran Depresión.
Pero
además, la teoría neoclásica del mercado de trabajo encuentra una
fuerte contestación en múltiples desarrollos teóricos con un gran sabor a
actualidad, algunos de los cuales son insulso anteriores a dicha
escuela.
Así,
en Marx la fuerza de trabajo es mercancía peculiar, atravesada por las
relaciones de poder y por la necesidad de extraer plusvalor de ella
(explotación) para permitir la reproducción del capital. Así, la
determinación del salario y del nivel de ocupación dependían de
elementos que trascendían con mucho el ámbito de lo que los economistas
llaman “economía”, y no digamos ya de lo que la economía dominante ha
convenido en llamar “mercado de trabajo”. La determinación del salario
se sitúa en el centro de la lucha de clases, motivando la organización
de los trabajadores y de los empresarios hasta llegar a de manera
progresiva a los esquemas de negociación colectiva actuales (otra de las
«rigideces» a que aluden los neoclásicos). En Marx la cantidad de
desempleo (ejército industrial de reserva) presiona los salarios a la
baja, en una relación causal contraria e inversa a la esgrimida por la
teoría neoclásica, pero que es avalada por los hechos históricos.
Tres años después de la obra de Pigou, en 1936, Keynes publicó su Teoría general del empleo, el interés y el dinero,
en la que, entre otras cosas, impugnaba la visión neoclásica del
mercado de trabajo. Se establecía un vínculo entre la demanda efectiva y
la demanda de fuerza de trabajo, que es lo que determinará el nivel de
ocupación. El desempleo que sufrían las principales economías
capitalistas durante la Gran Depresión no se debía, pues, a normativas
en el mercado de trabajo, sino que era el síntoma del mal funcionamiento
de un sistema en su conjunto, en el que era crucial la relación entre
los tres elementos que entraña el título de su obra. Al concebir el la
cuestión laboral en términos de empleo, Keynes trascendió los límites
conceptuales de la abstracción neoclásica del “mercado de trabajo”, y
esgrimió ideas que sí fueron capaces de mitigar el problema del
desempleo en los años treinta.
Ya
después de la Segunda Guerra Mundial, desde las corrientes
poskeynesianas se abundó en esta concepción, al tiempo que se
introducían —o incorporaban— otras aportaciones, como el asumir que el
desequilibrio en los mercados es una norma más que una excepción.
Autores como Galbraith,
Davidson o Atesoglu abundaban en el estudio de los problemas de
insuficiencia de demanda hallando su raíz en la desigualdad en la
distribución de la renta y en las prácticas monopólicas en el mercado de
bienes. Llegaban a considerar que una disminución generalizada en los
salarios podría tener efectos negativos en la tasa de empleo, ya que el
efecto renta (que opera mediante la demanda agregada) podía predominar
sobre el efecto sustitución (dado que las posibilidades de sustituir
capital por trabajo en la producción son limitadas). En todo caso,
situaron en los componentes de la demanda agregada la determinación del
nivel de empleo, y no en el nivel de salarios.
Casi
simultáneamente, desde la economía política radical se hacían
aportaciones epistemológicas genuinas que ayudaban a mejorar la
comprensión del problema del desempleo, como la introducción de las
relaciones de poder (o del poder asimétrico) en el análisis
microeconómico. Al conjugar las perspectivas política y económica,
llegaban a conclusiones que enriquecían el conjunto de variables a tener
en cuenta en el «mercado de trabajo». Así, Stephen A. Marglin
teorizaba la relación entre los beneficios de una empresa y la
necesidad del ejercicio de poder del capital sobre el trabajo. Al mismo
tiempo, Samuel Bowles
establecía que las empresas, en la medida en que pueden elegir técnicas
que operen más o menos sobre la extracción de esfuerzo de la fuerza de
trabajo, no serán «precio-aceptantes» en materia de salarios.
En resumen, las teorías no neoclásicas
coinciden en afirmar que la mercancía fuerza de trabajo no es una
mercancía al uso, su precio no se negocia en un mercado al uso y su
producción —la producción de vidas— no obedece a criterios de
rentabilidad al uso.
Consideremos ahora algunas realidades observables en la situación actual del mercado de trabajo:
1.
En la actualidad se observa un desempleo muy elevado (especialmente el
juvenil), asociado a la caída de la producción provocada, en términos
keynesianos, por la insuficiente demanda.
2.
El elevado desempleo ha socavado el poder negociador de los
trabajadores y ha provocado notorias bajadas de los salarios, como
predeciría Marx. De hecho, en ningún segmento de la fuerza de trabajo
como el juvenil han bajado tanto los salarios: cada vez en más
situaciones se trabaja gratis —voluntariado— donde antes se cobraba por
ello.
3.
La caída en los salarios está deprimiendo la demanda interna, lo cual
mantiene a la economía en crisis, como predicen los poskeynesianos.
4.
Y las empresas están presionando a los trabajadores que conservan sus
empleos para extraerles mayor esfuerzo, como pronostica la economía
política radical.
Estos
hechos no tienen fácil cabida en el modelo neoclásico. Pero los
analistas neoclásicos no ven más que tijeras por todas partes. Salvo
donde a ellos les interesa no verlas, como en el mercado de la vivienda.
Entonces pareciera que pretenden aplastarlas con la piedra, o con la
bola de demoliciones, en el juego de prestar cobertura ideológica a las
decisiones políticas que responden a los intereses económicos de la
élite social.
Ciertamente,
si Pigou pasó a la historia del pensamiento económico no fue por los
libros que escribió en torno al mercado de trabajo. Pero ahora, think tanks
como el Círculo de Empresarios pretenden revivir sus ideas al respecto,
en el intento de buscar brotes verdes en un pensamiento ahogado por más
de 80 años de colisiones con la realidad. Usan la «tijera marshalliana»
para explicar el mercado de trabajo y usan la tijera para recortar
miles de páginas de teoría sobre el mercado laboral que impugnan sus
resultados. El resultado no es una mejor comprensión de esa realidad, y
con una tediosa frecuencia se resume en justificar unas políticas que la
única situación que mejoran es la de la clase dominante. Al igual que
en el caso de los recortes, los analistas económicos vinculados al poder
solo utilizan la tijera allí donde les interesa. Pero con ello no solo
se arriesgan al ridículo intelectual y a quedar en el basurero de la
historia del pensamiento económico; están prestando su aval a
situaciones y medidas concretas que se traducen en millones de vidas
truncadas. Esto podría llevarles a entrar en la Historia, pero por la
puerta contraria a la que ellos se imaginan.
* Miguel Montanyana es economista y miembro del colectivo de econonuestra.
* Crónica publica esteos artículos por la deferencia del grupo y usando su/nuestra licencia Creative Commons
Ayer los principales diarios nacionales
en papel, en lugar de mostrar esas fotos donde nos reconocemos las miles
de personas que hemos estado en las manifestaciones del 24 de octubre,
sacaron en sus portadas estudiantes, algunos con las caras tapadas, al
lado de contenedores utilizados como barricadas o dentro de una clase
interrumpida durante la jornada de huelga. Varios medios y periodistas
les tildaban de “violentos”.
 |
| Vista aerea manifestación en Madrid |
No solo fue una elección que desinforma,
sino que estos días he podido ver de cerca cómo se organiza el
movimiento estudiantil, en concreto en el campus de Somosaguas donde
trabajo, y no puedo utilizar un solo argumento para decir que son
violentos. Es más, puedo sostener que son de lo mejor que tenemos en la
Universidad. Explicar esto sé que es un riesgo, y que a varios lectores
les parecerá complicado de entender. Lo intentaré, pues me parece lo más
justo.
Los
estudiantes han estado muy solos en la organización de la huelga en
Somosaguas. De no ser por ellos, no se habría difundido suficiente y
quizá mucha gente no la habría secundado. Han escrito panfletos y
comunicados, se las han ingeniado para fotocopiarlos, se han abierto una
cuenta en Twitter, no han parado de hacer pancartas, han organizado
talleres de formación así como numerosos actos, han realizado pasaclases
hasta la extenuación, se han quedado a dormir durante tres noches en la
fría Facultad, con asambleas nocturnas, con comisiones de trabajo, con
algo de cocina. Después de dos intensas noches, en Somosaguas hubo cerca
de 400 estudiantes que se quedaron el último día. Más que nunca.
Definitivamente, algo habían hecho bien.
 |
| Manifestación en Valencia |
En una de las asambleas en las que
participé fui testigo de su manera de abordar un punto clave: ¿cómo nos
dirigimos un día de huelga a quien la revienta acudiendo a clase? Para
algunas de las personas allí reunidas había que dialogar e informar,
casi como un pasaclases más, pues siempre es posible que ese día
sea el momento en que alguien se replantee ciertas cosas que jamás ha
pensado. Había que tener en cuenta que muchos de quienes van a las aulas
lo hacen por miedo a perder asistencia, prácticas o incluso un examen.
Sin embargo, otros integrantes de la asamblea pensaban que durante los
días previos se habían hecho ya múltiples acciones de información. Si a
mí me van a expulsar de la Universidad por no poder pagarla, argumentaba
una chica, y un compañero va a clase el día que hacemos huelga, me
traiciona. Es un esquirol. Y hay que impedir que haga fracasar la
defensa de un derecho colectivo.
Recordé entonces Las uvas de la ira.
Llegaban a California migrantes que aceptaban sueldos más baratos que
los trabajadores locales. Les rompieron la huelga, y seguramente la
ignorancia, la falta de solidaridad o la pobreza estaban detrás de ello.
Pero los estudiantes y profesores que no hacen huelga no son pobres, o
si lo son no se enteran de nada de lo que está pasando. Tampoco, en
principio, son ignorantes; se supone que están en el ciclo educativo
superior. ¿Les falta entonces solidaridad? ¿Formación cívica? ¿O
simplemente piensan de otra manera y se debe respetar?
Se decidió acudir a las clases con
firmeza, pero abiertos al diálogo. Y por supuesto, sin ninguna
violencia. No hizo falta apenas explicitarlo. El mensaje final que
escuché era claro y unánime: si vemos que algún compañero/a se exalta,
se le frena al momento.
Poner una barricada será más o menos
acertado, pero por sí solo no es violencia. Es garantizar el derecho a
huelga de los estudiantes que van con miedo a una práctica, que tendrán
falta de asistencia o que sufren un examen. Es cierto que al mismo
tiempo se lesiona el derecho a no hacer huelga. Y que se impide el libre
paso. Es el dilema del esquirol visto desde el otro lado. Y no es fácil
de resolver.
Hay derechos que perjudican a otros, como
el derecho a enriquecerse a costa de los más necesitados. O el derecho a
permitir que te echen de la Universidad mientras a mí me lo paga mi
familia. Si no hay barricada y revientan la huelga, si siguen adelante
las reformas, más de uno será expulsado para siempre del sistema
educativo por falta de recursos. ¿Qué hacer en estos casos? ¿Quién
impone? ¿Qué es violencia?
No estuve en las barricadas, tampoco en
las discusiones que se tuvieron sobre el objetivo de su uso. Lo que me
parece reseñable es que nadie ha registrado ningún enfrentamiento físico
con otros estudiantes o trabajadores. Una profesora amiga me cuenta que
quienes las hacían estaban perfectamente organizados, con jefas y jefes
de sección; con una centralita en el Campus para organizarlo todo.
Arrastraron objetos para impedir la entrada a la Universidad. Era un día
de huelga en defensa de la educación pública. Se taparon las caras. En
todo momento fueron muy conscientes de que debían mantenerse pacíficos
frente a cualquier persona, también a la policía. Y así lo hicieron, de
manera exquisita. Hasta el Decano de Políticas acudió en su auxilio el
primer día, enfrentándose a los antidisturbios.
Hace unos meses la policía entró en la
Universidad, llamada por el Rector de la Complutense y con el
beneplácito del Decano antes citado. Detuvieron a varios chicos que
estaban en un encierro contra los recortes. Estos días he conocido
personalmente al menos a tres de ellos. Son, repito, de lo mejor que
tenemos en la Universidad. Razonables, educados, preocupados por la
educación pública, solidarios, trabajadores, amables. Vamos, muy buena
gente. Los detuvieron porque sí, me cuentan. Ahora se enfrentan a
juicio. Por supuesto, ellos no participan ya en ninguna acción. Los
abogados les han recomendado que en cualquier manifestación donde la
policía esté cerca, o si se les graba en vídeos, se tapen las caras. Es
un consejo que siguen ya todos. Pueden llegar grandes multas cuando
menos te lo esperas, si no algo peor. Y todo el mundo ya tiene bastante
con las tasas y la disminución de las becas. De ahí su alergia a salir
en cualquier fotografía.
Pues bien los medios de la derecha, que -digámoslo claro- ya alcanza también a El País,
han utilizado imágenes de estos estudiantes. Ha sido su elección de
portada en el día después de una huelga general educativa que ha sacado a
centenares de miles de docentes, padres y madres, jóvenes y niños, a
las calles. Con un entusiasmo, una energía y una indignación contagiosa.
Después de una huelga que ha paralizado la enseñanza de todo un país.
Que puede marcar un punto de inflexión en nuestro momento político.
Los violentos, dicen. Y yo, que les conozco, no puedo callarme.
Siempre me ha parecido esencial pensar
bien la acción política, con inteligencia y responsabilidad. Dotarla de
un contenido profundo, que la protagonice la palabra y que genere
ilusión. Así se sumará más gente, sí, pero además no perderás tus
razones o, más importante todavía, no te perderás a ti mismo.
Pensando así, habiendo criticado
frontalmente otras acciones, afirmo que no son violentos, tampoco unos
vándalos. Y me refiero a la gente organizada de la Asamblea, en la que
además confluyen varias asociaciones de izquierdas. Recordemos que es un
movimiento muy abierto, y por tanto muy vulnerable al boicot o a que
cualquier descontrolado eche por tierra un trabajo de semanas.
Por otra parte, en alguna clase al ir de
piquete se impuso la tendencia que resolvía el dilema del esquirol
cantando, o haciendo proclamas que yo no diría, o acusando a los
estudiantes que iban a clase de falta de solidaridad sin dar espacio al
diálogo. No presencié esto último, pero he visto ya algún vídeo que lo
muestra. Lo que nadie ha registrado es un solo enfrentamiento físico. En
otras aulas hubo intercambios donde unos informaban de los motivos de
la huelga, y donde quienes la impedían con su presencia podían
justificar sus razones de ir a clase. Un chico del piquete se me acercó
diciendo con tristeza: “un chaval de Aeronáuticos me ha dicho que se iba
porque le habíamos dado miedo al entrar tantos a la vez en clase; y
mira que me jode. No sé qué se creen que somos”.
Quizá lean solo la prensa de derechas. O
quizá el que cientos de personas entren en tu clase a interrumpirla un
día de huelga, intimida. Y habrá que pensar cómo hacerlo para que no sea
así; pero es mi opinión. Pues se debe reconocer que también auxilia a
los menos valientes, y es que muchos se libraron de un examen, o podían
volver a casa con la excusa perfecta, sin perder asistencia.
Para ir terminando, comentar que chicos y
chicas de mi Facultad que el primer día hablaban a plena voz ahora
estaban roncos, la mayoría con ojeras, medio dormidos. Llevan al menos
una semana sin parar, con tres noches durmiendo poco y mal. Pero todos
lucían una enorme sonrisa. Mucha gente se ha acercado a verlos trabajar;
no, mejor aún, a trabajar con ellos. Y lo han disfrutado. Han
estrechado lazos, dándose cuenta de que el juego de las facciones no te
separa nunca de alguien con quien compartes un encierro, mil asambleas,
varios documentos, un piquete o una barricada frente a los
antidisturbios armados de un gobierno que la primera mañana de huelga no
respetó la autonomía universitaria, consagrada constitucionalmente.
El Campus de Somosaguas se cerró. El día
24 de octubre estuvo vacío. Las imágenes hablan por sí solas. No hubo
heridos ni detenidos. Hasta el Rector, finalmente, impidió esta vez
volver a pasar a la policía. No había motivos. Y, por una vez, tenía
razón.
Varios estudiantes universitarios saben
hoy más que hace una semana de sus tasas y sus becas, de la situación
del profesorado y del resto de trabajadores, de los órganos de gobierno
de las universidades, de las opciones políticas sobre su financiación.
Lo han leído, escuchado y debatido. En mi campus todo ha sido gracias a
esos chicos y chicas con la cara tapada que llaman violentos. Por el
momento apenas han logrado más que la implicación intermitente de un
puñado de trabajadores en toda esta ingente y valiosa labor. Se podrán
equivocar, y seré el primero que lo indique cuando me lo parezca,
partiendo de que yo me equivoco también a menudo. Pero es necesario que
seamos cada vez más los que trabajemos a su lado.
En esta huelga no había motivos para
estas portadas. Además hablamos solo de un campus, minúsculo dentro de
lo que significa la comunidad educativa. En el resto del Estado se han
sacado adelante iniciativas plenas de imaginación, se han dado miles de
pequeñas historias de dignidad y resistencia conjunta frente a la LOMCE y
los recortes. Seguramente mejores, más inspiradoras. Ha salido a las
calles una enorme marea verde con centenares de miles de personas que
tenían una historia, una queja, una propuesta. Había grandes colectivos
con reivindicaciones bien precisas. Todo esto es lo que se merecía
portadas.
Profesor de Teoría Política en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del
Colectivo Novecento. a quien Crónica le agradece que comparta su opinión con nuestros lectores
Voy a ser muy incorrecta, voy a decir algo que es casi un tabú político, pero quiero defender el derecho al pesimismo. Confieso que estoy cansada de ese optimismo que la izquierda ha convertido en un eslogan, en parte de su patrimonio ideológico hasta llegar a ser, en algunas ocasiones, obligatorio. Ya sé que las arengas son necesarias para animar a la tropa ante el combate o el sacrificio, pero a mí no me gusta la tropa, sino la gente que se lo cuestiona todo. La culpa de mi pesimismo inveterado la tiene mi abuelo que siempre que escuchaba ese lema que la República transmitió al mundo en español, el “No pasarán”, decía por lo bajo: “pero pasaron”. Y vaya sí pasaron. Pasaron, se quedaron y siguen aquí. Así que yo soy de las que piensa que casi siempre pasan, por mucho que cantemos canciones de esperanza y tengamos de nuestro lado a la poesía.

Ahora estamos con el Sí se puede. ¿Se puede? No lo sé. Sí se puede fue el lema con el que Obama llegó al poder. Es un magnífico producto de marketing, tan tramposo como su campaña y como han resultado finalmente sus políticas. Un lema que se debió inventar un poderoso publicista y que podría traducirse como: Sí se puede elegir a un negro y eso es todo lo que vamos a daros. Así que yo no sé si se puede, pero si miro alrededor no soy muy optimista. Se pueden ganar algunas batallas, pero el cómputo general es más bien magro. Se pueden parar algunos desahucios, o quizá muchos, pero a veces me parece que eso es como un señuelo, un señuelo cruel y despiadado como son ellos, pero un señuelo. Tras un esfuerzo ímprobo de muchas personas desesperadas y de muchos activistas solidarios, se ha conseguido levantar la condena sobre algunas familias. Para cada una de las familias salvadas es mucho, es todo quizá. No quiero en absoluto minimizar la importancia de la movilización popular ni de los movimientos sociales y estoy convencida de que lo que sea que venga tendrá que salir de ahí, desde ahí. Creo que el 15M ha supuesto un cambio radical y profundo en la manera en la que la gente entiende ahora la política, lo que pasa, en definitiva. Creo también que la lucha en los movimientos sociales es nuestra escuela, que desarrolla la inteligencia colectiva, la autoestima particular y general y que proporciona un marco inteligible a una realidad “líquida”. . ¿Son importantes las batallas como la de Ofelia Nieto? Importantísimas, pero me temo que más para nosotros que para ellos.
El 15M ha desvelado la verdad, ha revelado que el emperador está desnudo, pero ahora hemos de tener cuidado con convertir batallas concretas en un fin en sí mismas (el peligro de cualquier activista) porque puede ocurrir que mientras estamos luchando desahucio por desahucio, nos lo roban todo, desde la sanidad a la educación, desde los montes a las playas, desde los derechos laborales a la cultura, desde los ahorros a los salarios, desde la libertad a la jubilación. Nos expropian la vida, se hacen con todo. La rapiña está desbocada y nosotros y nosotras, la gente corriente, no acabamos de dar el paso para saber convertir las pequeñas victorias en una riada imparable de voluntad popular.
Por eso no puedo más que dudar de que se pueda. ¿Por qué no salimos a la calle por millones? No lo sé. Quizá porque a pesar de los eslóganes la gente es pesimista, quizá porque la mayoría, de una manera u otra, aun sobrevivimos, porque el franquismo nos dejó sin cultura política, porque tenemos miedo a perder lo poco que tenemos; porque nos sentimos abandonados a nuestras propias fuerzas, porque estamos desconcertados y cansados, porque el griterío mediático es obsesivo y mentiroso, y aturde y confunde. Porque estamos alienados con el espectáculo político/mediático que hemos llegado a confundir con la política real: el teatro parlamentario, comparecencias trucadas, reglamento trucado, preguntas trucadas, políticas trucadas…; porque unos partidos que no representan a nadie son los dueños absolutos de nuestros destinos y nos sentimos impotentes, porque los programas políticos de la televisión son una actuación bien pagada, porque la información política jamás deja ver la realidad, porque la información económica está dictada por quienes dirigen la economía; porque confundimos el griterío de las redes sociales con el griterío en las calles. Estamos saturados y confundidos con todo lo que convierte en espectáculo, es decir en material para consumo rápido, la vida real de la gente, el dolor, la injusticia. La política es política de consumo, es espectáculo, no tiene nada que ver con la vida pero la seguimos por la televisión como si tuviera mucho que ver con nosotros.
Los únicos retazos de vida real que ocurren en la vida política son aquellos que, muy raramente, consiguen escapar al funcionamiento de, precisamente, lo que llamamos la vida política. En mi opinión, lo más verdad que ha ocurrido fue el “que se jodan” de Andrea Fabra. Esa es la única verdad que ha dicho el PP desde que gobierna. Eso es lo que piensan en realidad todos los que aplauden cada vez que Rajoy miente, los que aplauden cada vez que se aprueban medidas que expropian a la gente de sus vidas; ese es su verdadero y oculto programa de gobierno, esa es la base de sus políticas; sobran todas las palabras, los discursos, las mentiras. Verdad fue también la comparecencia de Ada Colau o la intervención de Inmaculada Michinina Costas ante el Pleno del Ayuntamiento de Cádiz pidiendo su “porquería de licencia” para poder comer. Pequeñas perlas de realidad que se colaron ante unos políticos con cara de aburrimiento y de desprecio, y que fueron rápidamente acalladas. Creo que aunque se puedan conseguir victorias parciales, aunque nos parezca que a veces podemos, lo cierto es que por ahora, los únicos que están pudiendo son ellos.
Así que reivindico mi derecho al pesimismo con pasión y libremente, aun sabiendo que en la izquierda el optimismo parece obligatorio. Yo sostengo que el pesimismo no tiene por qué ser paralizante, que es realista, inteligente y curioso. La persona pesimista no tiene por qué dejar de luchar, pero asume la realidad sin edulcorarla y trata de mirar un poco más allá; no ve esperanza donde no la hay. Si la esperanza no está aquí hay que construirla en otros lugares. El pesimista, la pesimista en mi caso, no quiere “comprar” la esperanza. El pesimismo es creativo y arriesgado, obliga a pensar en cosas radicalmente nuevas, tiene en cuenta los errores cometidos y no perdona ni un gramo de realidad. El pesimismo cabrea y duele, pero de ese cabreo a veces surgen las posibilidades inesperadas.
Es obligatorio centrarnos en construir una opción de izquierdas que no tema romper con la cultura política en la que nos movemos y que no es otra que conseguir que nada fundamental cambie; que no tema recuperar conceptos que se nos dijeron pasados de moda pero que hemos descubierto que están plenamente vigentes, que hable de capitalismo, de lucha de clases, de propiedad privada, de ricos y pobres, de igualdad; que no tema incluso plantear un cambio radical en la organización de nuestras vidas, que no tema hablar de consumir menos en lugar de hablar de alentar el consumo, que no tema hablar de trabajar menos para poder trabajar todos, de ganar menos quizá, pero de vivir mejor, de tener lo necesario pero tenerlo todos; que no tema presentar un programa radical y de ruptura no sólo respecto a la organización partidista o institucional, sino también respecto a la vida, a la manera de vivir que nos ha impuesto el capitalismo y que no nos lleva más que al desastre. Algo que todo el mundo entienda, y que ilusione y comprometa a la mayoría. Un programa que ofrezca un relato coherente de lo que ha pasado, de lo que va a pasar si seguimos así; algo, sobre todo que nos saque de la impotencia y que ofrezca propuestas para impulsar un cambio real, nada de cálculos/componendas partidistas miserables. Nada de pactos con lo establecido para repartirse un poco de poder, eso sólo lleva a perderlo; nada de parches, porque los parches no sirven en un sistema que hace aguas por todas partes y que amenaza con ahogar a la mayoría. Puede ser una opción electoral o puede ser un movimiento social masivo; algo que busque llamar a todos los votantes de izquierdas, a la verdadera mayoría social, porque, aunque no lo parezca, los votantes de izquierda somos mucho más parecidos entre nosotros de lo que nos obligan a ser los dirigentes y los aparatos de los partidos, esas máquinas/empresas pensadas sólo para ganar elecciones y reproducirse a sí mismas.
Pero miro a mi alrededor y no veo más que a mucha gente organizando “sus” plataformas y presentando “sus” manifiestos y debatiendo desde sus propias alternativas y sus propios discursos, muy parecidos a otros discursos, a otras alternativas. Todo el mundo apela a una unidad que de manera indefectible pretende organizar en torno suyo. No sé cuántas veces en los últimos meses he firmado el mismo manifiesto, con ligeras variaciones y bajo distintas siglas o distintos nombres. No sé a cuánta gente he leído diciendo desde sus propias tribunas más o menos lo mismo que dicen desde la tribuna de al lado sin ser capaces de hacer una única tribuna o, más difícil aun, renunciando a la propia. Poner granos de arena es importante no para parar la inundación, sino para reconocernos, para alimentarnos, formarnos, visibilizarnos, para nacer o crecer como activistas. Pero los granos de arena no construirán una muralla suficientemente rápido para parar la inundación; para eso, y para reconducir el agua por otro cauce, hay que poner ladrillos.
Yo no comulgo con el optimismo obligatorio y soy tan pesimista como negro es el presente. No sé si vamos a poder, pero aun así, tengo muy en cuenta que el futuro está por escribir y que somos muchos/as los que queremos escribirlo.
* Beatriz Gimeno nos envia y publica este artículo como perteneciente a Econonuestra.
* Crónica agradece a la autora que siempre comparta sus artículos con nuestros lectores.
El 15 de abril de 1912, la mañana después del hundimiento del Titanic, el Baltimore Evening Sun publicó un reportaje en portada que titulaba “A salvo todos los pasajeros del Titanic”. La realidad fue que murieron en el naufragio más de 1.500 personas.
A la hora de cubrir tragedias, la prensa ha cometido numerosos errores de este tipo a lo largo de la historia. Y los seguirá cometiendo. En ocasiones, el medio reconoce el error. En otras, no; y pasan a convertirse en informaciones falsas. Algunas, intencionadamente.
La tragedia del accidente de tren en Santiago de Compostela del pasado 24 de julio ha dejado en evidencia una cobertura de los hechos cuanto menos cuestionable, por parte de algunos medios. Analizamos el caso más llamativo, el del periódico ABC.
La construcción del relato del “maquinista culpable”
El código deontológico de la Federación de Asociaciones de Periodistas Españoles (FAPE) incluye en su punto 5 lo siguiente:
“El periodista debe asumir el principio de que toda persona es inocente mientras no se demuestre lo contrario y evitar al máximo las posibles consecuencias dañosas derivadas del cumplimiento de sus deberes informativos. Tales criterios son especialmente exigibles cuando la información verse sobre temas sometidos al conocimiento de los Tribunales de Justicia”.
Si bien es cierto que el respeto a la presunción de inocencia es un problema muy habitual de los medios de comunicación, en el caso que nos ocupa, el incumplimiento de este mandato ha sido especialmente grosero.
Múltiples medios, intentando preservar impoluta la imagen de la Alta Velocidad Española (AVE) como joya de la Corona de la depauperada Marca España, vieron la posibilidad de volcar toda la responsabilidad sobre el maquinista. Es importante señalar que esto se produce en un momento en el que un consorcio de 11 empresas, entre las que se encuentran ADIF y RENFE, opta a un contrato de 12.000 millones de euros en Brasil para la construcción de una línea de Alta Velocidad entre Rio de Janeiro y Sao Paulo. La concesión del contrato se falla el 19 de septiembre.
El fallo humano del maquinista, que circulaba a 190 kilómetros por hora cuando la velocidad de paso por A Grandeira era de 80, es posible. E, incluso, pudiera ser que sí, que fuera el único responsable de la tragedia, al margen del resto de posibles fallos y problemas. Pero lo cierto es que no está probado, que el maquinista no ha declarado ante el juez, que las cajas negras todavía no han mostrado su contenido a los investigadores, que los peritos e ingenieros no han dado un informe sobre las verdaderas causas del accidente.
Nada de esto ha importado en los últimos días para que ciertos medios hayan condenado al maquinista frente a la opinión pública, no sólo con datos verificados, sino incluso con manipulaciones, falsedades y, lo que es más grave, mentiras.
ABC y la foto de Facebook
El diario ABC publicó una noticia el día siguiente del accidente con una foto de la cuenta de Facebook del maquinista, en la que se veía el velocímetro de un tren que circulaba a 200 kilómetros por hora. Fue, sin duda, el punto clave en el que el relato del “maquinista culpable” alcanzó su cúspide.
El rotativo hacía así noticia de un hecho de dudoso carácter informativo, con la intención de hacer responsable al maquinista del accidente. Un tren circulando a 200 km/h es algo muy normal. A los maquinistas de alta velocidad se les paga por conducir a esas velocidades. De hecho, en el tramo previo al accidente, según marca la hoja de ruta, el tren debe circular a 220 km/h. Por eso se llama “Alta Velocidad”. El diario ignoró además un comentario de la misma foto el maquinista que señalaba que no podía ir a más velocidad porque si no le multaban.
* Todas las imágenes pueden amplairse pulsando sobre ellas.
Falseo de un entrecomillado
Lo más grave de esta noticia fue la manipulación del entrecomillado en el titular:
“Qué gozada hacer saltar el radar a la Guardia Civil. Menuda multa para RENFE”.
En realidad, el maquinista había escrito en una conversación en su cuenta de Facebook lo siguiente:
Un entrecomillado debe recoger literalmente lo dicho por el maquinista y no se puede hacer ninguna modificación que cambie el significado y la intención del declarante. El hecho de cambiar el tiempo verbal del condicional al presente es sintomático de la intencionalidad que se buscaba en el titular. Convertir algo que jamás se produjo en un hecho. Insinuar la culpabilidad del maquinista por un hecho pasado independiente y sin relación con la tragedia.
El periodista David Randall, en su manual sobre periodismo El periodista Universal, dice al respecto de las citas entrecomilladas:
“Dos pequeñas marcas en los extremos opuestos de una serie de palabras indican que lo que hay entre ellas es una reproducción literal de lo que se dijo. No una versión editada, una exposición pasada a limpio o resumida. Tampoco lo que alguien quiso decir, o habría dicho si hubiera sido suficientemente culto como para emplear frases gramaticales correctas. Se trata de una reproducción exacta, palabra por palabra y sílaba por sílaba, de lo dicho”.
El Manual de estilo de El País recoge:
“Las comillas deben emplearse sólo para encerrar frases reproducidas textualmente”.
El de La Voz de Galicia:
“En los textos se usarán comillas para indicar que lo que comprenden es una cita textual”.
En el caso de ABC, no se puede concluir que se tratase de un error. La periodista que redactó la noticia defendió su trabajo: “No hay nada manipulado. Está el literal de la captura de una red pública”. Algo que a la luz de los hechos es claramente falso.
Muchos otros medios recogieron la dudosa noticia de la foto del Facebook del maquinista, pero no falsearon sus declaraciones.
Además, ABC no sólo recogió la cita falseada de Facebook. Horas después, la portada de la edición en papel del mismo periódico -a pesar de haberlo podido corregir- incluyó el mismo titular entrecomillado falso haciendo al maquinista culpable de la tragedia.
La detención ordenada por el juez
Otro de los casos de errores manifiestos en la información sobre el maquinista del Alvia accidentado se dio en el momento de su detención.
A las 21:52 horas del 25 de julio, ABC titulaba en su página web: “El juez ordena la detención del maquinista del convoy siniestrado en Galicia”. El texto incidía en la orden que el juez instructor había dado para que se detuviese al maquinista. El texto estaba publicado casi una hora después de que el Tribunal Superior de Justicia de Galicia (TSTG) hubiese mandado un comunicado que posteriormente fue publicado en la web del Poder Judicial, en el que negaba taxativamente que el juez hubiese ordenado detención alguna.
Extraña mucho que ABC no tuviese el comunicado del TSJG que negaba la detención del maquinista por parte del juez. El hecho es que, después, el titular y el cuerpo de la noticia fueron modificados, incluyendo, entonces sí, que la detención fue realizada por la Policía, no por el juez.
Pudiera parecer un error menor, si no tenemos en cuenta que el cuerpo de policía forma parte del Ministerio del Interior y el juez instructor no, circunstancia de unas connotaciones políticas nada desdeñables.
Las causas de un accidente de este tipo son vitales para la construcción del relato y la historia que ayude al lector a comprender un hecho de este tipo, tanto las inmediatas y particulares, como las generales. El problema es que conocer las causas de un evento de este calado suele llevar mucho tiempo, un tiempo que los medios de comunicación no respetan. En su manual de periodismo, David Randall incide en que no hay que tener prisas en asignar culpas.
Lamentablemente, ABC tiene experiencia en la asignación de culpas prematuras. El 28 de noviembre de 2009, en su portada de la edición de papel, llevaba la foto de Diego P.V. acompañado del siguiente texto: “La mirada del asesino de una niña de tres años. Tenerife llora la muerte de Aitana, que no superó las quemaduras y los golpes propinados por el novio de su madre”.
Diego fue puesto en libertad a los pocos días y la autopsia reveló que su muerte se debió a una caída accidental desde un columpio. El diario ABC destrozó la vida de un joven por no respetar la presunción de inocencia. Algunos creyeron que aquella portada cambiaría el modo en que algunos medios y periodistas realizan su trabajo. El tiempo ha demostrado que la ignominia es perenne.
* Antonio Maestre escribe en Lamarea.com, Crónica selecciona este artículo y lo publica por medio de su/nuestra licencia Creative Commons.