' La trama es antagónica a la patria. Nuestra patria no es una “comunidad imaginada”, no es nacionalismo, es res-pública: un futuro a construir colectivamente; una sociedad de hombres y mujeres libres e iguales que luchan por la emancipación social basada en el autogobierno de la ciudadanía, es decir, en la soberanía popular y en la independencia nacional'.
La clave siempre de un discurso político es la definición clara y precisa del enemigo. No hay política sin enemigo. Desde un punto de vista emancipatorio y de clase, el enemigo son los que explotan, las clases dominantes y aquellos que, de una u otra forma, colaboran activamente para mantener y perpetuar dicho dominio. Otra cosa bien diferente es cómo se construya discursivamente a los dominadores y cómo hacerlo llegar a las clases subalternas para que sean identificables. El enemigo es la oligarquía, es decir, el mecanismo que unifica, centraliza y organiza a los tres grandes poderes en torno al Estado: económico, político y mediático. La sociedad, las encuestas así lo dicen, es consciente de que los que mandan son los banqueros, los grandes empresarios, las transnacionales y los poderes mediáticos. Toda crisis económica capitalista implica, de una manera u otra, concentrar y centralizar el capital y esto está ocurriendo de una forma acelerada en todos los dominios de la vida social. La tendencia de fondo es hacia la oligarquización de la economía, de la sociedad y de la política.
Podemos ha popularizado el término casta. Es parte de la verdad, pero no es toda la verdad. Tiene tres problemas graves esa formulación. El primero, que oculta el enorme poder que tienen hoy los grupos económicos dominantes; los políticos son casta en la medida en que cada vez son más subalternos a los poderes del capital. El segundo, la corrupción es el sistema: los que no se presentan a las elecciones mandan por y a través de la corrupción; el problema está en los corruptores y no solo en los corruptos. Tercero, el poner solo la atención en los “políticos” sitúa los problemas en los procedimientos y no en los contenidos de la democracia, lo que puede favorecer y favorece una visión transformista “a lo Renzi”.
Sería bueno, no será fácil, popularizar el término trama, la trama. Con esto (en Bolivia se habló antes de 1952 de la rosca) se quiere señalar que existe un mecanismo único que organiza una matriz de poder (para hablar con rigor) entre el capitalismo monopolista-financiero, los poderes mediáticos y una clase bipartidista corrupta y dependiente del capital. Insistimos, este bloque de poder acepta el modelo de acumulación capitalista que han diseñado los poderes económicos europeos y garantiza el Estado alemán. Ellos aceptan ser una burguesía subalterna, parasitaria, rentista, en definitiva, capataces de un capitalismo al servicio de los países ricos del núcleo.
Dicho de otro modo, cuando hablamos de enemigo, ¿cuál es el verdadero problema de España? Esta es la pregunta clave. El problema de España son sus clases dominantes y, específicamente, la derecha política y económica. El Estado español ha sido forjado por una oligarquía política, económica y social especialmente cerrada, marginando a la inmensa mayoría de la población y aplastando invariablemente cualquier expresión política orientada a la consecución de los derechos democráticos y nacionales. La postergación de la mayoría social sólo se pudo quebrar en períodos de profunda crisis económica y social, sin posibilidad de estabilizar las conquistas democráticas y de incidir duraderamente en la configuración de las instituciones del Estado. Todavía hoy, la hegemonía de la oligarquía dominante, reforzada y posibilitada por la represión franquista, explica las notorias insuficiencias de un Estado que se autoproclama “social y democrático”, pero que arrastra la impronta oligárquica de un proceso histórico en el que las fuerzas democráticas resultaron invariablemente derrotadas.
En este sentido, no es exagerado afirmar que la definición aristotélica de oligarquía describe perfectamente nuestra actual forma política: una minoría corrupta que gobierna exclusivamente en interés propio, despreciando el bien común y el interés general de los ciudadanos. Una minoría que aglutina en estrecha alianza el poder político, económico y mediático y que asume su incapacidad de afrontar un camino independiente para España, incorporándose a la Unión Europea en una posición subordinada y sin cuestionar sus presupuestos de base. La característica específica de esta oligarquía es que nunca ha tenido un proyecto de país, siempre ha actuado en provecho propio y está al servicio de las potencias extranjeras, sin dudar en ningún momento en usar la fuerza militar de dichas potencias extranjeras contra los hombres y mujeres que viven en España. Antes eran ejércitos, ahora las divisiones de carros de combate son el capital financiero.
Entonces, ¿por qué centrar el debate en el término trama? Primero, como hemos dicho, porque define los poderes reales: económicos, políticos y mediáticos. En segundo lugar, porque enlaza con una subjetividad organizada; la trama se organiza, conspira, se articula y controla el poder del Estado, haciendo de la corrupción un componente estructural del sistema político. Aunque a alguno se le erice el pelo, la actual forma del Estado no es la de un régimen democrático salpicado por casos de corrupción, sino la de un régimen oligárquico atravesado por la corrupción y apenas disimulado por instituciones aparentemente democráticas. Más de cien años después, y con una larga dictadura de por medio, la descripción que Joaquín Costa efectuó de la Restauración canovista conserva una vigencia asombrosa: “no es el régimen parlamentario la regla, y excepción de ella los vicios y las corruptelas denunciadas en la prensa y en el Parlamento; al revés, eso que llamamos desviaciones y corruptelas constituyen el régimen, son la misma regla”.
Y lo tercero, la trama define un ellos y un nosotros; una minoría, cada vez más reducida, controla el poder e impone un modelo social contrario a las mayorías. La trama vende al país, nos subordina a una Europa alemana y nos alinea con el imperialismo norteamericano. ¿Es casualidad que el último acto importante de Zapatero fuera la ampliación de la base de Rota? ¿No pactaron PP y PSOE la reforma del artículo 135 de la Constitución Española, incorporando a su clausulado la prioridad absoluta en el pago de la deuda pública? En cierto sentido, la trama no forma parte de la comunidad política: se comporta como un parásito, como si un cuerpo extraño se hubiera apoderado por la fuerza de la cosa pública y conspirase permanentemente para explotar y dominar a la colectividad. Las palabras de Costa resuenan todavía como un eco que atraviesa el tiempo: “las supuestas clases directoras y gobernantes son oligarquía pura, facción forastera, que ha hecho de España campo de batalla y de explotación, atenta no más que a su provecho y a su vanagloria”.
La trama es antagónica a la patria. Nuestra patria no es una “comunidad imaginada”, no es nacionalismo, es res-pública: un futuro a construir colectivamente; una sociedad de hombres y mujeres libres e iguales que luchan por la emancipación social basada en el autogobierno de la ciudadanía, es decir, en la soberanía popular y en la independencia nacional.
Podemos ha popularizado el término casta. Es parte de la verdad, pero no es toda la verdad. Tiene tres problemas graves esa formulación. El primero, que oculta el enorme poder que tienen hoy los grupos económicos dominantes; los políticos son casta en la medida en que cada vez son más subalternos a los poderes del capital. El segundo, la corrupción es el sistema: los que no se presentan a las elecciones mandan por y a través de la corrupción; el problema está en los corruptores y no solo en los corruptos. Tercero, el poner solo la atención en los “políticos” sitúa los problemas en los procedimientos y no en los contenidos de la democracia, lo que puede favorecer y favorece una visión transformista “a lo Renzi”.
Sería bueno, no será fácil, popularizar el término trama, la trama. Con esto (en Bolivia se habló antes de 1952 de la rosca) se quiere señalar que existe un mecanismo único que organiza una matriz de poder (para hablar con rigor) entre el capitalismo monopolista-financiero, los poderes mediáticos y una clase bipartidista corrupta y dependiente del capital. Insistimos, este bloque de poder acepta el modelo de acumulación capitalista que han diseñado los poderes económicos europeos y garantiza el Estado alemán. Ellos aceptan ser una burguesía subalterna, parasitaria, rentista, en definitiva, capataces de un capitalismo al servicio de los países ricos del núcleo.
Dicho de otro modo, cuando hablamos de enemigo, ¿cuál es el verdadero problema de España? Esta es la pregunta clave. El problema de España son sus clases dominantes y, específicamente, la derecha política y económica. El Estado español ha sido forjado por una oligarquía política, económica y social especialmente cerrada, marginando a la inmensa mayoría de la población y aplastando invariablemente cualquier expresión política orientada a la consecución de los derechos democráticos y nacionales. La postergación de la mayoría social sólo se pudo quebrar en períodos de profunda crisis económica y social, sin posibilidad de estabilizar las conquistas democráticas y de incidir duraderamente en la configuración de las instituciones del Estado. Todavía hoy, la hegemonía de la oligarquía dominante, reforzada y posibilitada por la represión franquista, explica las notorias insuficiencias de un Estado que se autoproclama “social y democrático”, pero que arrastra la impronta oligárquica de un proceso histórico en el que las fuerzas democráticas resultaron invariablemente derrotadas.
En este sentido, no es exagerado afirmar que la definición aristotélica de oligarquía describe perfectamente nuestra actual forma política: una minoría corrupta que gobierna exclusivamente en interés propio, despreciando el bien común y el interés general de los ciudadanos. Una minoría que aglutina en estrecha alianza el poder político, económico y mediático y que asume su incapacidad de afrontar un camino independiente para España, incorporándose a la Unión Europea en una posición subordinada y sin cuestionar sus presupuestos de base. La característica específica de esta oligarquía es que nunca ha tenido un proyecto de país, siempre ha actuado en provecho propio y está al servicio de las potencias extranjeras, sin dudar en ningún momento en usar la fuerza militar de dichas potencias extranjeras contra los hombres y mujeres que viven en España. Antes eran ejércitos, ahora las divisiones de carros de combate son el capital financiero.
Entonces, ¿por qué centrar el debate en el término trama? Primero, como hemos dicho, porque define los poderes reales: económicos, políticos y mediáticos. En segundo lugar, porque enlaza con una subjetividad organizada; la trama se organiza, conspira, se articula y controla el poder del Estado, haciendo de la corrupción un componente estructural del sistema político. Aunque a alguno se le erice el pelo, la actual forma del Estado no es la de un régimen democrático salpicado por casos de corrupción, sino la de un régimen oligárquico atravesado por la corrupción y apenas disimulado por instituciones aparentemente democráticas. Más de cien años después, y con una larga dictadura de por medio, la descripción que Joaquín Costa efectuó de la Restauración canovista conserva una vigencia asombrosa: “no es el régimen parlamentario la regla, y excepción de ella los vicios y las corruptelas denunciadas en la prensa y en el Parlamento; al revés, eso que llamamos desviaciones y corruptelas constituyen el régimen, son la misma regla”.
Y lo tercero, la trama define un ellos y un nosotros; una minoría, cada vez más reducida, controla el poder e impone un modelo social contrario a las mayorías. La trama vende al país, nos subordina a una Europa alemana y nos alinea con el imperialismo norteamericano. ¿Es casualidad que el último acto importante de Zapatero fuera la ampliación de la base de Rota? ¿No pactaron PP y PSOE la reforma del artículo 135 de la Constitución Española, incorporando a su clausulado la prioridad absoluta en el pago de la deuda pública? En cierto sentido, la trama no forma parte de la comunidad política: se comporta como un parásito, como si un cuerpo extraño se hubiera apoderado por la fuerza de la cosa pública y conspirase permanentemente para explotar y dominar a la colectividad. Las palabras de Costa resuenan todavía como un eco que atraviesa el tiempo: “las supuestas clases directoras y gobernantes son oligarquía pura, facción forastera, que ha hecho de España campo de batalla y de explotación, atenta no más que a su provecho y a su vanagloria”.
La trama es antagónica a la patria. Nuestra patria no es una “comunidad imaginada”, no es nacionalismo, es res-pública: un futuro a construir colectivamente; una sociedad de hombres y mujeres libres e iguales que luchan por la emancipación social basada en el autogobierno de la ciudadanía, es decir, en la soberanía popular y en la independencia nacional.
![]() |
| Monereo - Illueca |
(*) Manolo Monereo es escritor y analista político. Héctor Illueca es doctor en Derecho e Inspector de Trabajo y Seguridad Social. Ambos son autores de Por un nuevo proyecto de país (El Viejo Topo, 2015), de donde han extraído este texto.
El objetivo táctico es derrotar al Partido Popular; el estratégico es derrotar al bipartidismo como forma precisa y concreta de organizar el poder político para que los que mandan de verdad y no se presentan a las elecciones sigan imponiendo sus intereses y decisiones. Así de claro, así de preciso. Todo lo demás debería ser secundario. Podemos tiene la fuerza y la responsabilidad histórica de organizar la alternativa a la enésima restauración borbónica y oligárquica en marcha. Este debería ser el punto de partida.
Ahora se lleva mucho decirle a Podemos lo que debe hacer y hasta cómo hacerlo. Tiene su lógica: se reconoce que la partida política en juego se gana o se pierde según lo que haga o no haga el partido de Pablo Iglesias. El asunto no es nada fácil. De un lado, se deben gobernar unos resultados electorales que dan un enorme poder institucional a Podemos, pero que van a reforzar también a su principal competidor electoral, el PSOE; de otro, el bloque alternativo se ha hecho más heterogéneo, más plural, con nuevas formas de liderazgos que transcienden el marco local y hasta regional. Hay, por así decirlo, un doble componente, forma-partido, forma-movimiento, que se han reforzado y se han retroalimentado no siempre armoniosamente.
No tiene demasiado interés —creo— hablar de futuros escenarios partiendo de estas singulares elecciones. Estas eran, con mucho, las más difíciles para Podemos. Inventarse organizaciones, resistirse al pesado juego de las encuestas y sustraerse a las tentaciones de unos poderes institucionales que parecían al alcance de los votos fueron siempre tareas muy complicadas para partidos hechos y más o menos derechos; para Podemos eran desafíos radicales. Ahora las cosas son diferentes, diría que sustancialmente diferentes: tres actores representando tres espacios político-electorales se van a enfrentar y tendrán cara y ojos singulares. La presencia de Ciudadanos va a depender más del PP y —atención— del PSOE que de ellos mismos. Los poderes deben, en este momento, sopesar diversas alternativas y escenarios posibles. Lo dicho, tres espacios a desarrollar, fortalecer y ampliar. Este es el centro de la partida.
La reciente propuesta de Alberto Garzón va en la buena dirección, pero me temo que llega tarde y que tiene problemas no pequeños de credibilidad y de implementación. La posición de la que parte el candidato de IU es acertada; los problemas de la coalición dirigida por Cayo Lara son centralmente políticos, de carencias de dirección y de incapacidad radical para situarse en el territorio adecuado. El asunto es en muchos sentidos dramático: una buena organización, solidamente implantada y con referentes locales significativos, puede volverse políticamente prescindible porque no ha tenido una estrategia adecuada.
¿Resulta creíble que aquellos que se han opuesto a la unidad popular dirijan o tutelen el proceso de convergencia? ¿Tiene sentido que aquellos que no asumen responsabilidades políticas vayan dando lecciones de unidad y de pluralidad? Se trata de esto: IU ha sufrido una derrota política y no organizativa; para salir de ella se requieren otros fundamentos, otras prácticas y otros liderazgos, es decir, hace falta un revulsivo nítido, una señal clara de que se ha rectificado, de que se va en serio y hasta el final. Estamos hablando de meses, de pocos meses; no hay tiempo para tacticismos.
La clave, a mi juicio, es organizar en torno a Podemos, desde la autonomía de cada fuerza u organización, un bloque, un espacio político electoral que permita construir una forma-movimiento capaz de convertirse en alternativa al bipartidismo dominante; hacer una propuesta que tenga como lema, referente e imaginario, el Sí se puede que hemos ido proclamando desde el 15M, grito de los de abajo, que expresa un desafío, una esperanza que debe convertirse en propuesta política y en fórmula electoral. Partimos de la idea de que se trata de una ocasión única y que su éxito o fracaso puede marcar el destino de nuestros país durante muchos años
En mi opinión, para lograr esto haría falta, en primer lugar, un discurso político claro que sintetice en propuestas concretas las demandas, las aspiraciones de las mayorías sociales; en segundo lugar, construir una alternativa electoral que tenga como base las nacionalidades y comunidades autónomas; en tercer lugar —no será fácil— desarrollar fórmulas de democracia participativa que impliquen a las gentes más allá de la militancia partidaria como ha ocurrido en diferentes lugares en éstas últimas elecciones; en cuarto lugar, buscar alianzas programáticas con los movimientos sociales; y en quinto lugar, un candidato o candidata que sea capaz de expresar estos anhelos y esperanzas. Yo tengo mi propuesta.
Alberto Garzón, el pasado viernes, en la sede IU, poco antes del comienzo de la Presidencia Federal que aprobó su estrategia de “unidad popular”. / Javier Lizón (Efe)
A Julio Anguita le han construido una imagen de doctrinario y de pésimo táctico. No es verdad. El antiguo coordinador de IU tenía principios sólidos que nunca aplicó dogmáticamente, pero, sobre todo, tenía y tiene un gran olfato político para ver lo nuevo que emerge y traducirlo en votos. No fue casual que los jóvenes del 15M lo admitieran como interlocutor, y lo hizo a su manera, es decir, sin halagar y entrando en un diálogo franco y leal. Tampoco fue casual el surgimiento del Frente Cívico. Izquierda Unida, siempre temerosa, dejó pasar la iniciativa sin sacar las consecuencias políticas debidas. Pablo Iglesias lo entendió a la primera y lo convirtió en el núcleo del discurso político de Podemos.
Un mes, más o menos, antes de las elecciones, Anguita escribió un artículo valiente y extremadamente audaz con el título de “El nudo gordiano”. Lo que venía a decir es claro: expresar la enorme preocupación ante una izquierda que no está a la altura de las dramáticas circunstancias de nuestro país y proponer la creación de una nueva formación política más allá de IU y del PCE. Me temo que este artículo será tratado como los anteriores, es decir, dejarlo pasar y que el tiempo lo haga olvidar. Un error más de los pusilánimes de turno, porque, se esté de acuerdo o no con él —yo lo estoy— el debate merece la pena y puede clarificar mucho los dilemas estratégicos de las fuerzas que, en uno u otro sentido, impulsan lo que hemos llamado la unidad popular.
Todo esto —parece evidente— tiene que ver con el análisis y la valoración de las elecciones municipales y autonómicas celebradas hace unos días, en el marco de un ciclo que terminará en noviembre de este año. Nos referimos a unas elecciones singulares que encuentran a las llamadas fuerzas emergentes en condiciones especialmente complicadas. Inventarse organizaciones, desarrollarse territorialmente y generar centenares de candidaturas en poco más de un año no es nada fácil. Esto obliga a entender estas elecciones como la continuación de un ciclo iniciado en las europeas y que terminarán con las generales. Al fondo, el 15M.
Los resultados entraban —podríamos decirlo así— en el marco de lo previsible. En primer lugar, derrota política del Partido Popular. La derecha pierde votos, pero sobre todo, va a perder poder, mucho poder. Es cierto que el PP sigue siendo la primera fuerza política del país y debe suscitar reflexión preguntarse cómo y por qué se sigue votando a una formación política ligada estructuralmente con la corrupción. En segundo lugar, el bipartidismo retrocede pero se resiste en clave PSOE. La estrategia de Pedro Sánchez se ha mostrado acertada, polarizarse claramente con la derecha y frenar por la izquierda a Podemos. Frente a los que opinaban que era el momento de “la gran coalición” y que había que moderar la confrontación, el secretario general del PSOE entendió que esto era suicida y que dejaba a Podemos un amplísimo espacio electoral.
Conviene aquí no confundirse demasiado. Polarizarse con el PP es buscar el eje derecha- izquierda como referencia, sabiendo que, al final, se pedirá, como siempre, el voto útil y la necesidad de sumar todos los apoyos a la “izquierda” capaz de impedir el triunfo de la derecha. El “relato” es claro: o se vota al PSOE o gana la derecha. Este ha sido el chantaje discursivo durante más 30 años que Izquierda Unida no pudo, casi nunca, superar.
Todos sabíamos que la táctica del voto útil escondía una trampa que era relativamente fácil de desvelar: si a la izquierda del PSOE crecían fuerzas con proyectos alternativos, estos, los socialistas, tendrían que decidir si estaban por seguir pactando con los poderes económicos o —era la clave— girar a la izquierda y propiciar políticas en favor de las mayoría sociales y, específicamente, de los trabajadores y trabajadoras. Lo fundamental —todos lo sabemos— era un sistema electoral que forzaba al voto útil y dejaba a las fuerzas realmente de izquierdas fuera de las opciones con posibilidades reales.
Aquí se ve, una vez más, que el verdadero partido del régimen es el PSOE, ya que asegura como nadie que los que mandan y no se presentan a las elecciones puedan obtener un consenso lo suficientemente amplio para que en ningún momento se cuestione el modelo económico y de poder vigente. El partido de Pedro Sánchez, aún perdiendo más de 600.000 votos, sale fortalecido de estas elecciones, lo que le va a servir de plataforma para encarar razonablemente las generales. Los que mandan habrán tomado ya nota.
Podemos se consolida territorialmente y se desarrolla orgánicamente. De nuevo, el juego entre expectativas y realidad acaba pasando factura. Estas eran las elecciones más difíciles para el partido de Pablo Iglesias y las ha pasado con una nota alta. Hay que analizar caso por caso y no confundir las elecciones autonómicas con las municipales, aunque ambas han estado íntimamente relacionadas. En algunos lugares las municipales han tirado de las autonómicas y, en otros casos, las han frenado o incluso las han hecho retroceder. A la inversa también ha ocurrido.
Podemos, en las comunidades autónomas y en decenas de ciudades, va a acumular poder institucional y mucha influencia política; ahora bien, los dilemas a los que se enfrenta no serán pequeños. En diversos lugares tiene escaños suficientes para, junto con el PSOE, echar a la derecha y propiciar una nueva situación política. El otro lado de la contradicción es también evidente: se pacta con el principal competidor electoral y parte decisiva del bipartidismo —más o menos imperfecto— dominante. “Cerco mutuo y guerra de posiciones”, este es el escenario de una batalla política y estratégica donde se juega, ni más ni menos, la enésima restauración borbónica o el cambio real, es decir, la ruptura democrática. También hay que tomar muy en cuenta —no es poca cosa— que el campo de las fuerzas de la transformación real se ha hecho más plural, más heterogéneo, y que forjar la alternativa, no la simple alternancia de los partidos del turno dinástico, será una tarea compleja y llena de dificultades.
Los resultados de Izquierda Unida han sido aún peores de los que auguraban las encuestas. Resultaron patéticos, en la noche electoral, los esfuerzos del coordinador por maquillar los pésimos resultados de las autonómicas oponiéndoles los buenos de las elecciones municipales, sin darse cuenta de que, con ello, se ponía de manifiesto el verdadero problema: IU tiene una excelente organización y carece de (dirección) política. Para decirlo más claramente, cuando se trata de organizar, de montar centenares de listas y presentar candidaturas, los hombres y mujeres de IU se sobran y se bastan, incluyendo las decenas de candidaturas de unidad popular; se podría decir, sin exagerar demasiado, que no necesitan de la dirección; lo saben hacer y punto.
El problema reside en que cuando pasamos a las elecciones autonómicas, la política, la buena política, la dirección adecuada y la táctica justa, cuentan y mucho. Las carencias de la dirección federal —su no política unas veces o sus políticas equivocadas otras— perjudicaron el discurso de las autonomías y sus opciones electorales. Cuando se ha tenido política, esta no ha sido otra cosa que racionalización del repliegue identitario, muchas veces trufado de un discurso anacrónico, que por serlo, siempre apareció postizo y sin alma.
Seguramente, el dato más relevante es el avance de la unidad popular, reflejada ejemplarmente en Madrid y en Barcelona, destacadas expresiones de centenares de candidaturas construidas paciente y tenazmente en todo el país, en condiciones —justo es subrayarlo— duras, a veces, extremadamente duras. Donde estas se han organizado democráticamente, respetando la pluralidad y superando las prepotencias y sectarismos, han funcionado y se convierten en el dato más relevante de nuestra realidad política vista desde abajo y desde la alternativa democrática.
No conviene olvidarlo en esta hora: centenares de militantes y activistas de IU han estado por delante y por detrás de estas candidaturas de unidad popular, la mayoría de las veces contra el criterio de sus direcciones y teniendo que soportar todo tipo de coacciones, amenazas y, al final, expulsiones; sí, hay centenares de afiliados excluidos de la organización en todo el país por defender lo aprobado en la X Asamblea de IU. Ahora, después de las elecciones, Cayo Lara les dice que lo que ha ganado es la convergencia y la unidad popular, es decir, aquello por lo que muchos han sido marginados o excluidos por las distintas direcciones. Una vieja historia; se deja pasar la pelota y no al jugador.
Es hora de volver a Julio Anguita. El fondo del asunto es simple y coherente con su modo de ver la política de este país desde su reflexiva soledad cordobesa: hay que construir la alternativa, para ello hace falta organizar un proyecto autónomo con voluntad de poder; el tiempo apremia y la unidad no tiene espera. Nos lo jugamos todo en poco tiempo y todos debemos hacer los deberes que nos tocan. A Podemos le toca la responsabilidad de estructurar el bloque nacional-popular sabiendo que solo no podrá. A IU le toca “refundarse”, es decir, fundarse de nuevo. No es tan difícil de entender: el proyecto histórico de Izquierda Unida no cabe ya en esta forma-partido que ha devenido en las siglas IU. Llorar lo justo y abrirse a lo nuevo que surge en nuestra sociedad y que ha venido para quedarse.
(*)
Manolo Monereo. Politólogo y miembro del Consejo Político Federal de
IU. Su último libro publicado, junto con Enric Llopis, es Por Europa y
contra el sistema euro (El Viejo Topo, 2014).
* Crónica agradece al autor pode compartir su opinión
* primero en CuartoPoder *Creative Commons
El Debate Prohibido. Moneda, Europa y pobreza era el título de un libro publicado en 1995 por Jean-Paul Fitoussi, donde –era uno de los pocos– alertaba de los peligros de la Unión Europea para los derechos sociales, para nuestras libertades concretas y, específicamente, para nuestras ya maltrechas democracias. Sigue siendo un debate prohibido. No hay nada más que ver la campaña electoral para entender que nadie quiere entrar en el fondo de una UE que se ha convertido en una poderosísima máquina de expropiación de patrimonios, derechos y libertades de los pueblos europeos y, específicamente, de los pueblos del Sur.
Asombra la soledad de Grecia y que no haya solidaridades efectivas de unas fuerzas progresistas que con la boca llena hablan de que no hay salidas nacionales a la crisis, que son necesarias más convergencias europeas y que necesitamos más Europa; eso sí, a renglón seguido, se dice que tiene que ser diferente a esta. Mientras, repetimos, Grecia está sola frente a todos los demás gobiernos de la eurozona. ¿Dónde quedó el internacionalismo de la llamada izquierda europea?
La paradoja más sobresaliente es que más de siete años de crisis y el tipo de integración resultante justifica, hasta la exageración, las razones por las que algunos nos opusimos a la Unión Europea en general y al euro en particular. No fuimos muchos, es verdad, pero lo que sorprende hoy es que no critiquemos a fondo esta específica construcción europea y no hagamos de esto un elemento central de la crítica al capitalismo neoliberal; ambas cosas, integración europea y neoliberalismo, son parte de un mismo proceso que solamente cabe calificar de regresión e involución civilizatoria.
Hay tres cuestiones que están íntimamente unidas y de cuya solución va a depender el futuro de nuestro país y, especialmente, de las generaciones jóvenes que buscan un mañana de dignidad, justicia y libertad. Estas tres cuestiones configuran un nudo que es necesario cortar, romper en mil pedazos: a) España, periferia del Sur de la UE; b) el modelo productivo configurado por las políticas de austeridad y c) la crisis del régimen del 78. Como se ha dicho, es una sola cosa con tres nódulos que se entrecruzan y se relacionan entre sí.
¿Qué significa ser parte de la periferia de la UE? DecíaEduardo Galeano que la división del trabajo es un mecanismo en el que unos se especializan en ganar y otros se especializan en perder. En la UE, en la zona euro, se ha ido organizando una división del trabajo en torno a un centro, cada vez más fuerte y poderoso, y una periferia cada vez más subalterna y dependiente cuyos modelos productivos se han ido estructurando según las necesidades, objetivos y estrategias de los países centrales.
Los años de crisis no han hecho otra cosa que profundizar este esquema de poder y España, como los demás países del Sur, se está especializando en perder. Resulta patético que se pueda hablar hoy de impulsar de nuevo derechos sociales, laborales y sindicales, es decir, de realizar políticas económicas sociales y democráticas como si la UE no existiera. Algunos hemos insistido hasta la saciedad en esta paradoja: las fuerzas nacional-populares tenemos hoy una gran posibilidad de construir un bloque político y social muy amplio en defensa de los derechos humanos fundamentales y de las libertades básicas, es decir, un programa antineoliberal de reconstrucción nacional, económica y social. La otra cara, la que está sufriendo la Grecia de Syriza, es que los límites para reformas, aunque sean muy moderadas, son enormes. Para decirlo de otra forma, la UE es una estructura de poder funcional a la globalización neoliberal dominante y no admite políticas alternativas aunque estas sean mínimas.
Las personas serias lo sabían y así lo dijeron. La introducción del euro sin una política económica común, una hacienda común y una legislación laboral y social común, es decir, una moneda sin un Estado detrás y con economías extremadamente heterogéneas tendría como consecuencia la profundización de lo que ya antes existía y que hoy es gravísimo: un centro cada vez más fuerte y poderoso y una periferia, los países del Sur, cada vez más dependiente económicamente, más subalterna políticamente y en regresión social y laboral.
El cuento que se nos narra es algo peor que una mentira. Se trata pura y llanamente de bloquear el futuro de nuestro país y conducirnos al subdesarrollo económico, social y político. Si no hay políticas realmente redistributivas en la UE y, específicamente, en la zona euro, estamos condenados a una "devaluación interna" permanente y a ir liquidando lo poco que queda ya de un Estado social que fue siempre débil. Haremos, como siempre, del ajuste salarial la variable clave y ganaremos competitividad rebajando derechos sociales, derechos laborales y precarizando sistemáticamente la fuerza de trabajo.
¿Alguien se imagina al Estado alemán dedicando el 8 o el 10 por ciento de su PIB para ayudar a los países del Sur? ¿Alguien se imagina al resto de los países ricos haciendo algo parecido? ¿De qué federalismo hablamos si no hay redistribución territorial, social y económica de renta y riqueza en nuestra cada vez más desigual e injusta Unión Europea? ¿Qué solidaridad? ¿Qué modelo social? El federalismo es la cobertura que legitima no solo las políticas neoliberales sino que, paradoja de las paradojas, impide la Europa política.Friedrich Hayek siempre defendió esto y no otra cosa.
El modelo productivo que emerge tras las políticas de crisis es cada vez más claro: una industria débil, dependiente y poco integrada en la economía productiva nacional; un sector servicios hipertrofiado, basado en un turismo de masas de bajo coste y, de nuevo –el entusiasmo es irresistible– el ladrillo como mecanismo de futuro, a lo que se añade una agricultura sin impulso y, en muchos sentidos, bloqueada. El asunto es simple, un modelo productivo así configurado no genera pleno empleo con derechos, hace de la precariedad la forma predominante de gestión de la mano de obra y consolida un modelo de relaciones laborales que significa para la mayoría de la población una nueva forma de servidumbre.
Nuestro sistema productivo es, sobre todo, un sistema de poder; ambas cosas están íntimamente relacionadas. No es casual que la crisis económica esté significando una enorme erosión del régimen del 78. Los poderes económicos, una alianza entre la oligarquía española y los poderes europeos, decidieron que los derechos y libertades consagrados en la Constitución de 1978 ya no servían para el capitalismo salvaje y depredador que estaba emergiendo de y desde la crisis. La "Constitución material" fue cambiando a golpe de directivas europeas y Zapatero terminó por convertirla en Constitución formal modificando el artículo 135.
El proceso constituyente, mejor dicho, destituyente, comenzó hace tiempo con una pequeña y singular variante: al margen y contra el pueblo soberano. Ser periferia de una Europa alemana significa más desigualdad, pérdidas concretas de libertades y de poderes reales, en definitiva, una ciudadanía condenada a la inseguridad económica, a la vulnerabilidad social, simples mercancías en un mundo cruel, despiadado y sin alma. No hay que darle demasiadas vueltas. A un modelo económico así configurado le corresponde una democracia cada vez más limitada y oligárquica y una clase política que convierte la corrupción en el modo normal de gestionar la cosa pública.
Al final el nudo se fortalece y se consolida cada vez más. El tipo de Unión Europea que el Estado alemán garantiza, representa una alianza duradera entre élites económicas y políticas, entre oligarquías en guerra de clases contra sus poblaciones. Las élites económico-financieras que hoy mandan en nuestro país, incluidas la burguesía vasca y catalana, están de acuerdo en este modelo de sociedad, con este sistema productivo y con esta estructura de poder resultante. Ellos son los enemigos de España y solo enfrentándose a ellos sistemáticamente estaremos en condiciones de vencer. O ellos o nosotros.
¿Cuándo entenderemos que nuestros pueblos tienen un enemigo común y que solo unidos podemos vencerle?
MANOLO MONEREO | Para Suso Díaz, ejemplo, maestro, CCOO.
(*) Manolo Monereo es politólogo y miembro del Consejo Político Federal de IU.
Hay que insistir una y otra vez en que la clave siempre está, y en estos momentos históricos mucho más, en saber cómo mandan los que no se presentan a las elecciones. La cuestión básica, a mi juicio, es saber "leer e interpretar la fase": lucha denodada, sistemática y sin cuartel entre pasado y futuro, continuidad y cambio, restauración dinástica-oligárquica o ruptura democrático-plebeya. Todo lo demás, creo, debe leerse en el marco de este conflicto de clase y, sobre todo, de poder, incluidas las elecciones andaluzas.
La política es un arte y la estrategia, su instrumento principal. Susana Díaz, la Presidenta de la Junta de Andalucía, cuando convocó anticipadamente las elecciones andaluzas sabía lo que hacía: situar "a contrapié" a Podemos, destrozar al PP y quitarse de en medio a una díscola IUCA dirigida por Antonio Maíllo, alguien que no era de los suyos. Todo el mundo estaba de acuerdo en esto y las elecciones le han dado la razón. Hasta aquí, todo normal, todo previsible. Hay que ir más allá.
¿Qué es lo específico y qué es lo general de las elecciones andaluzas? Deberíamos centrarnos en esto. La jefa de Andalucía es "orgánica del poder", es decir, tiene conciencia de Estado: hay que defender al régimen y oponerse con todas las fuerzas a la ruptura democrática. El instrumento debe ser el PSOE y ella, la dirigente, la que decide. Es su misión histórica, defender a la clase política, al bipartidismo y, sobre todo y más, a los grupos del poder, a los que mandan y no se presentan a las elecciones. Ella lo sabe bien, mejor que nadie; es aparato, 'purito' aparato. El rey es la clave porque asegura la estabilidad del poder y que todo siga como debe ser, igual, es decir, que los Botín sigan mandando.
El verdadero partido del régimen es el PSOE. Felipe González se lo enseñó. El PP es demasiado derecha, demasiado comprometida con las clases parasitarias y clasistas. El PSOE es 'moderno' y abierto al mundo. Ellos saben hacerlo, es decir, encontrar el "centro de gravedad" donde se hace posible que las clases subalternas (los asalariados y asalariadas; los trabajadores y trabajadoras) acepten que los que mandan deben seguir mandando. No es fácil, pero ellos saben el secreto. Si les dejan, si confían en ellos, si los apoyan y los financian abundantemente, demostrarán que son capaces de defenderlos mejor que nadie, mejor que el PP de Rajoy. Esta es la batalla que Susana Díaz ha ganado en Andalucía. La duda es si Pedro Sánchez será capaz; pero si no lo es, ella siempre estará ahí asegurando la línea de defensa última y la gobernabilidad del sistema.
En Andalucía ellos son un régimen, es decir, la cristalización de una estructura de poder, un formidable dispositivo político organizado, estructurado y legitimado por más de treinta años de ejercicio sistemático de dominio sobre la cosa pública. En unos años hemos visto cómo el PSOE pasa de ser un partido andaluz, el principal si se quiere, al Partido de Andalucía. La clave es una inmensa capacidad para neutralizar el conflicto social. Los ERE son eso, medios, instrumentos para desactivar la relación entre lucha social y política, conflicto y poder en Andalucía. La sociedad civil ha sido reorganizada desde las instituciones e integrada. Se practica un juego donde la discriminación y cooptación de las diversas y singulares oposiciones (sociales, culturales, políticas) son sabiamente dosificadas.
La urdimbre del poder creado durante tantos años articula instituciones de la Junta, diputaciones, ayuntamientos y toda una variedad de organismos que penetran, organizan sujetos y desactivan conflictos. No es que se opongan sin más a la sociedad civil, el asunto es otro: impedir la autonomía de los movimientos, desorganizar cualquier oposición que pueda poner en peligro a los que mandan y conquistar el "sentido común" de las gentes. La represión pura y dura siempre dejan que la haga Madrid.
Que el PSOE es en Andalucía un partido-régimen se pone de manifiesto en la persona de la presidenta. Desde que fue ungida a la máxima magistratura de la Comunidad se ha comportado como si fuese una recién llegada, sin pasado, hasta el punto que muchas veces ha aparecido como si fuese la "oposición" del gobierno andaluz, es decir, de sí misma. Ser a la vez "posición" y "oposición" son elementos característicos de los regímenes que despreciativamente se suelen llamar "populistas". Este aspecto no es menor. La neutralización del conflicto en lo interno es inteligentemente sustituido por la construcción de un conflicto externo: la derecha de Madrid, Rajoy, que discrimina, castiga, insulta y ofende a Andalucía, en la persona de su presidenta.
El discurso populista de Susana Díaz ha dado un salto de calidad en estas elecciones, hasta llegar a un ejercicio nada disimulado de caudillismo. El populismo construido es una variedad de "nacionalismo sin nación" pero que actúa con las mismas claves: definición del enemigo (la derecha de Madrid); identificación de la presidenta con el pueblo andaluz discriminado y ofendido; y culpabilizar como "malos andaluces" y, por lo tanto, aliados de la derecha, a los que se oponen a la Junta y a su presidenta. El eje derecha-izquierda está así subordinado a otro eje que es el de enemigo (Madrid y Rajoy)-amigo (Andalucía y Susana Díaz). Esto explica bien dos cosas de la campaña que son la no presencia de Pedro Sánchez y la presencia constante de Rajoy como interlocutor-adversario de la candidata-presidenta.
Es esta forma partido-régimen la que explica con claridad los dramas pasados y presentes de Izquierda Unida en Andalucía. La novedad y la radicalidad de la propuesta que hizo Julio Anguita tenían que ver con su planteamiento de construir una alternativa con voluntad de mayoría y de gobierno a la forma partido-régimen que se construyó en Andalucía en torno al PSOE. No se trataba ya de convertirse en "la izquierda", o en complemento, o en el "ala radical" del partido de Rodríguez de la Borbolla y de Felipe González, sino la alternativa a sus políticas y a sus modos de organizarlas. El concepto básico era construir la alternativa.
Desmontar este dispositivo de poder requería una fuerza política nueva, plural, unida programáticamente y organizada como una forma-movimiento. La estrategia era la de "guerra de posiciones": construir desde abajo (contra-)poder combinando lucha social y electoral, trabajo en las instituciones y en los movimientos, forjando alianzas y programas comunes. Esto, hay que subrayarlo hoy, generó unidad y esperanza, recuperación de la militancia y una significativa politización de nuevas generaciones.
En la etapa de Luis Carlos Rejón se llegó al punto más alto social y electoral, 20 diputados. No es este el momento para valorar ese periodo, los posibles errores cometidos y su tipología. Baste decir que no se fue capaz, fuera y dentro de Andalucía, de organizar el debate sobre una cuestión estratégica que afectaba, y sigue afectando, a los fundamentos mismos del proyecto. Esta cuestión pronto se saldó, a mi juicio, al modo politicista: sin debate y sin autocritica, y lo que es peor, se giró sin decirlo, en los hechos, a posiciones que nos situaban en la fase previa a "Convocatoria por Andalucía". Reaparecieron los viejos fantasmas y los viejos clichés heredados de la Transición, había que hacer política y ser realistas, saliendo de los sueños utópicos de Anguita y echando a un lado cualquier referencia en serio a la cuestión de la alternativa.
Lo fundamental, se repetía una y otra vez, era "tocar poder", es decir, gobernar y hacerlo desde lo que somos; si tenemos un 12% de votos esa será nuestra influencia real y punto. Para ello era necesario aliarse con el PSOE, poner el acento en programas susceptibles de ser aprobados por nuestro socio preferente y, decisivo, reconstruir una organización que sirviera para estos fines y no otros. Estas cuestiones, pero no solo ellas, tienen que ver con los resultados obtenidos por IU de Andalucía. La campaña ha sido buena, y muy inteligente la recuperación de Anguita y su discurso en el tramo final de la misma.
Desde este punto de vista, los resultados de Podemos son buenos. Hay siempre un peligroso juego que mezcla expectativas, resultados y movilización electoral. Se ha dicho antes y lo decimos ahora: era el momento peor y en el lugar peor para el partido de Pablo Iglesias; Susana Díaz lo sabía y las encuestas, de una u otra forma, lo decían. La aritmética es simple: en votos y, en escaños, la suma de Podemos e IU son los mismos que en la época de Rejón. Ese es el techo a superar y no se conseguirá solo con (es la gran enseñanza que deja IUCA) el trabajo institucional y saliendo en los medios de comunicación. Se trata de conquistar posiciones, de trenzar alianzas y construir un proyecto autónomo con voluntad de mayoría y de gobierno; para ello hace falta organización, militancia, activismo para promover formas plurales de articulación social y disputarle "sentido común" a los poderes dominantes. Y, sobre todo, unidad: IU y Podemos son insuficientes para construir una verdadera alternativa a la estructura de poder dominante hoy en Andalucía.
La novedad ha sido Ciudadanos. Por fin (no ha sido fácil) han conseguido crear una fuerza del cambio desde la derecha. El objetivo era claro: taponar a Podemos por el centro y buscar un comodín, un partido bisagra capaz de aliarse a derecha y a izquierda. Pronto sabremos la procedencia de sus votos y la consistencia y dirección de sus políticas.
Ciudadanos va a poner de manifiesto debilidades del discurso de Podemos como, por ejemplo, poner el acento en los procedimientos democráticos y no en los contenidos de las políticas. Existe el peligro de que una fuerza liberal como Ciudadanos pueda, sin grandes dificultades, hacer un discurso de regeneración democrática y a la vez defender que para luchar contra la corrupción es necesario menos Estado, más organismos independientes para regular el mercado e impuestos más bajos para los ricos. Esto lo hace Renzi en Italia sin demasiadas dificultades.
Si la "casta" solo son los políticos, se deja a un lado lo fundamental, a los poderes económicos; basta cambiar a aquellos, es decir a los políticos, para que la oligarquía financiera siga mandando, que es de lo que trata. Hay una cierta dificultad para entender que el problema de nuestras debilitadas democracias tiene que ver con el control creciente que los grupos de poder económico ejercen sobre la cosa pública. El problema central de nuestras sociedades es la creciente desigualdad, que no es solo económica sino de poder: los que mandan tienen cada vez más poder y lo ejercen. Sin afrontar esto, la supuesta regeneración democrática es mera retórica.
La política es un arte y la estrategia, su instrumento principal. Susana Díaz, la Presidenta de la Junta de Andalucía, cuando convocó anticipadamente las elecciones andaluzas sabía lo que hacía: situar "a contrapié" a Podemos, destrozar al PP y quitarse de en medio a una díscola IUCA dirigida por Antonio Maíllo, alguien que no era de los suyos. Todo el mundo estaba de acuerdo en esto y las elecciones le han dado la razón. Hasta aquí, todo normal, todo previsible. Hay que ir más allá.
¿Qué es lo específico y qué es lo general de las elecciones andaluzas? Deberíamos centrarnos en esto. La jefa de Andalucía es "orgánica del poder", es decir, tiene conciencia de Estado: hay que defender al régimen y oponerse con todas las fuerzas a la ruptura democrática. El instrumento debe ser el PSOE y ella, la dirigente, la que decide. Es su misión histórica, defender a la clase política, al bipartidismo y, sobre todo y más, a los grupos del poder, a los que mandan y no se presentan a las elecciones. Ella lo sabe bien, mejor que nadie; es aparato, 'purito' aparato. El rey es la clave porque asegura la estabilidad del poder y que todo siga como debe ser, igual, es decir, que los Botín sigan mandando.
El verdadero partido del régimen es el PSOE. Felipe González se lo enseñó. El PP es demasiado derecha, demasiado comprometida con las clases parasitarias y clasistas. El PSOE es 'moderno' y abierto al mundo. Ellos saben hacerlo, es decir, encontrar el "centro de gravedad" donde se hace posible que las clases subalternas (los asalariados y asalariadas; los trabajadores y trabajadoras) acepten que los que mandan deben seguir mandando. No es fácil, pero ellos saben el secreto. Si les dejan, si confían en ellos, si los apoyan y los financian abundantemente, demostrarán que son capaces de defenderlos mejor que nadie, mejor que el PP de Rajoy. Esta es la batalla que Susana Díaz ha ganado en Andalucía. La duda es si Pedro Sánchez será capaz; pero si no lo es, ella siempre estará ahí asegurando la línea de defensa última y la gobernabilidad del sistema.
En Andalucía ellos son un régimen, es decir, la cristalización de una estructura de poder, un formidable dispositivo político organizado, estructurado y legitimado por más de treinta años de ejercicio sistemático de dominio sobre la cosa pública. En unos años hemos visto cómo el PSOE pasa de ser un partido andaluz, el principal si se quiere, al Partido de Andalucía. La clave es una inmensa capacidad para neutralizar el conflicto social. Los ERE son eso, medios, instrumentos para desactivar la relación entre lucha social y política, conflicto y poder en Andalucía. La sociedad civil ha sido reorganizada desde las instituciones e integrada. Se practica un juego donde la discriminación y cooptación de las diversas y singulares oposiciones (sociales, culturales, políticas) son sabiamente dosificadas.
La urdimbre del poder creado durante tantos años articula instituciones de la Junta, diputaciones, ayuntamientos y toda una variedad de organismos que penetran, organizan sujetos y desactivan conflictos. No es que se opongan sin más a la sociedad civil, el asunto es otro: impedir la autonomía de los movimientos, desorganizar cualquier oposición que pueda poner en peligro a los que mandan y conquistar el "sentido común" de las gentes. La represión pura y dura siempre dejan que la haga Madrid.
Que el PSOE es en Andalucía un partido-régimen se pone de manifiesto en la persona de la presidenta. Desde que fue ungida a la máxima magistratura de la Comunidad se ha comportado como si fuese una recién llegada, sin pasado, hasta el punto que muchas veces ha aparecido como si fuese la "oposición" del gobierno andaluz, es decir, de sí misma. Ser a la vez "posición" y "oposición" son elementos característicos de los regímenes que despreciativamente se suelen llamar "populistas". Este aspecto no es menor. La neutralización del conflicto en lo interno es inteligentemente sustituido por la construcción de un conflicto externo: la derecha de Madrid, Rajoy, que discrimina, castiga, insulta y ofende a Andalucía, en la persona de su presidenta.
El discurso populista de Susana Díaz ha dado un salto de calidad en estas elecciones, hasta llegar a un ejercicio nada disimulado de caudillismo. El populismo construido es una variedad de "nacionalismo sin nación" pero que actúa con las mismas claves: definición del enemigo (la derecha de Madrid); identificación de la presidenta con el pueblo andaluz discriminado y ofendido; y culpabilizar como "malos andaluces" y, por lo tanto, aliados de la derecha, a los que se oponen a la Junta y a su presidenta. El eje derecha-izquierda está así subordinado a otro eje que es el de enemigo (Madrid y Rajoy)-amigo (Andalucía y Susana Díaz). Esto explica bien dos cosas de la campaña que son la no presencia de Pedro Sánchez y la presencia constante de Rajoy como interlocutor-adversario de la candidata-presidenta.
Es esta forma partido-régimen la que explica con claridad los dramas pasados y presentes de Izquierda Unida en Andalucía. La novedad y la radicalidad de la propuesta que hizo Julio Anguita tenían que ver con su planteamiento de construir una alternativa con voluntad de mayoría y de gobierno a la forma partido-régimen que se construyó en Andalucía en torno al PSOE. No se trataba ya de convertirse en "la izquierda", o en complemento, o en el "ala radical" del partido de Rodríguez de la Borbolla y de Felipe González, sino la alternativa a sus políticas y a sus modos de organizarlas. El concepto básico era construir la alternativa.
Desmontar este dispositivo de poder requería una fuerza política nueva, plural, unida programáticamente y organizada como una forma-movimiento. La estrategia era la de "guerra de posiciones": construir desde abajo (contra-)poder combinando lucha social y electoral, trabajo en las instituciones y en los movimientos, forjando alianzas y programas comunes. Esto, hay que subrayarlo hoy, generó unidad y esperanza, recuperación de la militancia y una significativa politización de nuevas generaciones.
En la etapa de Luis Carlos Rejón se llegó al punto más alto social y electoral, 20 diputados. No es este el momento para valorar ese periodo, los posibles errores cometidos y su tipología. Baste decir que no se fue capaz, fuera y dentro de Andalucía, de organizar el debate sobre una cuestión estratégica que afectaba, y sigue afectando, a los fundamentos mismos del proyecto. Esta cuestión pronto se saldó, a mi juicio, al modo politicista: sin debate y sin autocritica, y lo que es peor, se giró sin decirlo, en los hechos, a posiciones que nos situaban en la fase previa a "Convocatoria por Andalucía". Reaparecieron los viejos fantasmas y los viejos clichés heredados de la Transición, había que hacer política y ser realistas, saliendo de los sueños utópicos de Anguita y echando a un lado cualquier referencia en serio a la cuestión de la alternativa.
Lo fundamental, se repetía una y otra vez, era "tocar poder", es decir, gobernar y hacerlo desde lo que somos; si tenemos un 12% de votos esa será nuestra influencia real y punto. Para ello era necesario aliarse con el PSOE, poner el acento en programas susceptibles de ser aprobados por nuestro socio preferente y, decisivo, reconstruir una organización que sirviera para estos fines y no otros. Estas cuestiones, pero no solo ellas, tienen que ver con los resultados obtenidos por IU de Andalucía. La campaña ha sido buena, y muy inteligente la recuperación de Anguita y su discurso en el tramo final de la misma.
Desde este punto de vista, los resultados de Podemos son buenos. Hay siempre un peligroso juego que mezcla expectativas, resultados y movilización electoral. Se ha dicho antes y lo decimos ahora: era el momento peor y en el lugar peor para el partido de Pablo Iglesias; Susana Díaz lo sabía y las encuestas, de una u otra forma, lo decían. La aritmética es simple: en votos y, en escaños, la suma de Podemos e IU son los mismos que en la época de Rejón. Ese es el techo a superar y no se conseguirá solo con (es la gran enseñanza que deja IUCA) el trabajo institucional y saliendo en los medios de comunicación. Se trata de conquistar posiciones, de trenzar alianzas y construir un proyecto autónomo con voluntad de mayoría y de gobierno; para ello hace falta organización, militancia, activismo para promover formas plurales de articulación social y disputarle "sentido común" a los poderes dominantes. Y, sobre todo, unidad: IU y Podemos son insuficientes para construir una verdadera alternativa a la estructura de poder dominante hoy en Andalucía.
La novedad ha sido Ciudadanos. Por fin (no ha sido fácil) han conseguido crear una fuerza del cambio desde la derecha. El objetivo era claro: taponar a Podemos por el centro y buscar un comodín, un partido bisagra capaz de aliarse a derecha y a izquierda. Pronto sabremos la procedencia de sus votos y la consistencia y dirección de sus políticas.
Ciudadanos va a poner de manifiesto debilidades del discurso de Podemos como, por ejemplo, poner el acento en los procedimientos democráticos y no en los contenidos de las políticas. Existe el peligro de que una fuerza liberal como Ciudadanos pueda, sin grandes dificultades, hacer un discurso de regeneración democrática y a la vez defender que para luchar contra la corrupción es necesario menos Estado, más organismos independientes para regular el mercado e impuestos más bajos para los ricos. Esto lo hace Renzi en Italia sin demasiadas dificultades.
Si la "casta" solo son los políticos, se deja a un lado lo fundamental, a los poderes económicos; basta cambiar a aquellos, es decir a los políticos, para que la oligarquía financiera siga mandando, que es de lo que trata. Hay una cierta dificultad para entender que el problema de nuestras debilitadas democracias tiene que ver con el control creciente que los grupos de poder económico ejercen sobre la cosa pública. El problema central de nuestras sociedades es la creciente desigualdad, que no es solo económica sino de poder: los que mandan tienen cada vez más poder y lo ejercen. Sin afrontar esto, la supuesta regeneración democrática es mera retórica.
(*) Manolo Monereo. Politólogo y miembro del Consejo Político Federal de IU. Su último libro publicado, junto con Enric Llopis, es Por Europa y contra el sistema euro (El Viejo Topo, 2014).
* Crónica agradece al autor pode compartir su opinión
* primero en CuartoPoder
Una de las paradojas del presente es que, para ser realmente reformista, hace falta ser revolucionario. Para decirlo de otra forma, el capitalismo financiarizado neoliberal tiene tal fuerza organizada que hace extremadamente difícil cualquier intento para reformarlo aunque sea moderadamente. Esto tiene, al menos, una doble consecuencia: permite ampliar enormemente el marco de alianzas para políticas nacional-populares pero (este pero tiene cierta importancia) hace extremadamente difícil aplicar desde el gobierno políticas que recuperen derechos sociales perdidos, fomenten y amplíen las políticas de bienestar y, sobre todo, construyan modelos productivos social y ecológicamente viables.
Esto se ha puesto de manifiesto con la llegada de Syriza al gobierno de Grecia. La discusión fuera y dentro del país heleno está siendo muy fuerte y, como suele ocurrir, controvertida. El acuerdo recientemente suscrito por las instituciones de la Unión Europea y el gobierno griego ha sido calificado de triunfo por Tsipras y criticado, con argumentos de peso, por una parte de la propia organización de la izquierda griega. El debate tiene aspectos técnicos relevantes y siempre se acaba en aquello de si el vaso está realmente medio lleno o medio vacío.
A mi juicio, se trata de un acuerdo que lo que hace, no es poca cosa, es permitir ganar tiempo al gobierno griego. El ministro Yanis Varoufakis parece que ha sorprendido a los negociadores con una estrategia (él la ha llamado kantiana) que consistía claramente en poner sobre el tapete propuestas razonadas y razonables en defensa de un país que vive una inmensa catástrofe social y política. El conocido economista griego no ha amenazado nunca y ha pretendido convencer a las instituciones y a la opinión pública desde un europeísmo muy firme, con muchas dosis de buen sentido y del empleo a fondo de valores y principios que la Unión Europea supuestamente defiende.
En el fondo del debate, lo que hay, hay que insistir de nuevo, es el intento por parte del nuevo gobierno griego de ganar tiempo y obtener el dinero suficiente para resolver, en un proceso que saben complicado y difícil, problemas sociales, económicos y políticos con el objetivo explícito de reconstruir la economía del país, devolver la autoestima y la dignidad al pueblo griego y poner fin a la crisis humanitaria en que viven los y las helenas. Las políticas de ajuste que salvajemente se han aplicado en Grecia han agravado la crisis, han generado pobreza y desigualdad y han debilitado enormemente la democracia. No es casual la presencia, como tercera fuerza política, de un partido nazi como Amanecer Dorado a pesar de que su cúpula dirigente está hoy en la cárcel.
Este último aspecto no puede ser ignorado. Es bastante común, desgraciadamente, en casi todos los medios de comunicación y en las fuerzas políticas dominantes, desde la derecha a la izquierda, acusar a Syiriza de demagogia, de incapacidad y de excesos de todo tipo. Basta leer con detenimiento el programa de Salónica para darse cuenta que la propuesta que defiende hoy Tsipras era, en muchos sentidos, el programa de la socialdemocracia en los años 80. Más que un programa de izquierdas es una propuesta de reconstrucción de un país devastado por el austericidio.
La pregunta que habría que hacerse es ¿qué pasaría si Syiriza es vencida, es decir, si la izquierda griega es forzada, como ya le pasó al Pasoc, a traicionar sus moderadas propuestas electorales, romper la confianza entre representados y representantes y aplicar, como ha hecho Hollande en Francia, las políticas de la derecha? No hay que darle demasiadas vueltas: lo que se produciría es una enorme desintegración social y cultural, un debilitamiento estructural de la democracia como forma de gobierno y la entrega de una parte significativa de la ciudadanía griega a la extrema derecha, que en el país heleno, es nazismo puro y duro.
Parecería, después del acuerdo, que se está entrando en una nueva fase. Las elecciones en España están muy próximas y Grecia es un mal ejemplo que hay exterminar desde el principio. Ya no basta, como se hace frecuentemente, proclamar a los cuatro vientos que el gobierno griego ha sido derrotado en el acuerdo, sino que ahora se intenta humillarlo en un sentido muy preciso: tiene que reconocer su fracaso, desdecirse de lo dicho y hecho y proclamar la victoria de un pensamiento único que se ha convertido en política única. Los presidentes de la Comisión Europea y el del Banco Central, así como el ministro de Hacienda alemán, han venido insistiendo en esto con mucha fuerza en la último semana.
Hay que estar muy atentos. Pronto sabremos la valoración que la Troika hará de la propuesta helena. Empieza ya a haber algunas pistas de que la cosa no está clara y el ministro Varoufakis parece pasar de una estrategia kantiana a una gandhiana, es decir, negociar de buena fe bajo el predominio de la razón, pero señalando que hay un límite que el gobierno no va a traspasar: el contrato firmado con el pueblo griego en las últimas elecciones. Flexibilidad, toda; gradualismo y buen sentido; cargarse de razón fuera y dentro de Grecia y también, con mucha claridad, que no son casta política, que están dispuestos a la insumisión, a la rebeldía, para defender derechos, valores y principios sólidamente asentados en un pueblo orgulloso y digno como el griego.
Lo que viene no será fácil. Aquí y ahora, el debate griego es el debate de toda la izquierda europea y, en muchos sentidos, afectará a nuestro país en este largo ciclo electoral que acaba de comenzar. De los temas de Europa, mejor dicho, de la Unión Europea, nada o poco se dirá en estas campañas electorales. Se harán promesas y promesas y todos, de una u otra forma, hablarán de una salida democrática justa e igualitaria a una crisis que sigue estando ahí y que cambiará duraderamente el destino de nuestro país y de sus gentes. Nadie hablará, como dice Wolfgang Streeck, de que los países de la UE viven, de hecho, ante una doble soberanía, una determinada y otra determinante. La determinada es la que consagran las Constituciones que hablan de independencia y soberanía popular. La otra, la determinante, la definida por la Troika y garantizada por el todopoderoso Estado alemán.
La pregunta sería: ¿cuánto tiempo tardaremos en darnos cuenta que para los países del sur de la UE se abre una problemática que anuda derechos sociales con defensa de la democracia y la soberanía popular como autogobierno de las personas?
(*) Manolo Monereo es politólogo y miembro del Consejo Político Federal de IU.
* primero en CuartoPoder
Que se está construyendo acelerada y sistemáticamente el partido antiPodemos no hay ninguna duda. Basta mirar los medios de comunicación y se verá con mucha claridad que todo está ya permitido. Se trata de confundir, desviar y convertir a esta fuerza política en algo contrario a lo que es. La idea que hay detrás es simple: todos somos iguales, es decir, todos robamos, nos aprovechamos de los bienes públicos y nos corrompemos en el ejercicio de nuestras responsabilidades. El asunto es tan evidente que se persigue y se pone bajo sospecha a otras personas que, estando en IU, defienden la convergencia con Podemos. Los casos de Tania Sánchez y Alberto Garzón son muy conocidos.
Lo que hay es que los partidos y las fuerzas del sistema intentan liquidar a aquellos que los ponen en cuestión. Aquí aparece una idea que tiene mucho que ver con la concepción del Partido que tenía Antonio Gramsci. Como es conocido, el comunista sardo distinguía entre los partidos-institución y el partido orgánico. Los "partidos-institución" son los que conocemos, los que se presentan a las elecciones, los que escenifican "terribles" debates y acusaciones tremebundas. Me refiero al PSOE y al PP. Son los partidos del régimen (junto con los partidos de la burguesía vasca y catalana), son partidos que están de acuerdo en lo fundamental y divergen en lo accesorio. Ellos llaman a lo fundamental "cuestiones de Estado" que van desde la Monarquía hasta la OTAN, pasando por los tratados de la Unión Europea y terminando por el TTIP en negociación secreta.
Desde el punto de vista de Gramsci estos serían el partido orgánico del régimen, es decir, las fuerzas fundamentales que hacen posible el dominio de las clases económicamente dominantes. El Estado, su autonomía relativa, permite organizar a las clases dirigentes y obtener el consenso de las clases subalternas. Cuando llegan las crisis, como ahora, esa autonomía relativa se hace mucho más estrecha y es fácil percibir que, tanto el Estado como los partidos dominantes sirven abiertamente a los intereses de los grupos de poder económicos. Para entender bien lo que acabo de decir (lo he señalado varias veces en este año) es preciso señalar que, muchas veces, el PSOE ha sido más eficaz para esta tarea que el PP.
Para entender lo que Gramsci quería decir es necesario subrayar que el partido orgánico del régimen incluía muchas veces un "estado mayor" que no necesariamente formaba parte del partido institución, y que podía ser un periódico, medios de comunicación, instituciones religiosas y demás fuerzas no formales, jurídicamente independientes pero que mantenían y desarrollaban el régimen político existente. En el centro de todo ello estaban los intelectuales "orgánicos" que aseguraban la hegemonía de las clases dirigentes, sin olvidar a las fuerzas del orden que siempre son la garantía última del poder.
Es útil manejar la "caja de herramientas" del conocido comunista italiano para analizar en toda su complejidad la crisis del régimen que hoy estamos viviendo en nuestro país. Si las cosas las vemos desde abajo, desde los hombres y mujeres comunes, nos daremos cuenta hasta qué punto la emergencia de Podemos cambia el campo de la política. Crisis de régimen y emergencia de Podemos están íntimamente relacionados, sabiendo, Gramsci aquí de nuevo es necesario, que los procesos de ruptura y de restauración están siempre presentes y que nada garantiza el triunfo futuro. Transformación y transformismo son dos modos de ver la alternativa a la que antes se ha hecho referencia.
Lo primero fue una masa difusa, heterogénea y contradictoria disponible para la acción política; en segundo lugar, un grupo dirigente que con audacia intenta representar a este amplio sector social; y ahora lo que se vive es el proceso contradictorio y conflictual de construcción de una fuerza política con voluntad de alternativa de gobierno, de régimen y de sociedad. Algo que no es nada fácil, como se puede entender.
Aquí es donde juega su papel el partido orgánico. Más allá de la natural competencia entre partidos, parece evidente que el actual Podemos ni política, ni organizativa, ni programáticamente tiene la fuerza suficiente para emprender esta tarea en solitario. Los riesgos de restauración o de cooptación por el sistema no dependen solo de la buena o mala voluntad del equipo dirigente sino de la correlación real de fuerzas político sociales en un contexto, hay que subrayarlo, dominado por la Europa alemana del euro.
Quizá, para comprender cabalmente lo que se acaba de decir, deberíamos plantearnos cual es la tarea común para la que, tanto Podemos como IU, están comprometidos. El núcleo de unidad o de convergencia no es otro que el siguiente: conquistar el gobierno para, desde ahí, abrir un proceso constituyente para un nuevo régimen político democrático en nuestro país. La tarea es inmensa y tendrá enfrente a los poderes reales internos y externos. Habría que ir más lejos. El margen de autonomía real de un gobierno Podemos-IU no sería demasiado grande. Como se verá en Grecia tras llegar al gobierno Syriza, los tratados de la Unión nos convierten en un protectorado de la Europa alemana, es decir, la tarea más complicada es mantenerse en el gobierno y ganar día a día autonomía para hacer políticas democrático-populares.
El proceso constituyente es la pieza clave. ¿Por qué? Porque para conseguir nuevos instrumentos, nuevas instituciones y nuevas formas de participación desde abajo, se requiere una nueva legitimidad que genere una nueva legalidad que permita realizar los cambios sustanciales. Sin esto, como antes se indicó, lo que se puede hacer desde un gobierno de unidad popular no es demasiado y, además, puede frustrar las esperanzas de los ciudadanos y ciudadanas. Se podría decir, cosa que es cierta, que para esto hace falta la solidaridad de otros países del sur y el compromiso de la izquierda europea. Pero, al final, es aquí y desde aquí desde donde se deben operar los cambios y eso obliga, de una u otra forma, a abrir un proceso constituyente en el país.
Esta tarea exigirá una enorme movilización social y un compromiso político de una parte sustancial de la ciudadanía. Aquí hay un problema no pequeño. Parecería que con la alternativa electoral de Podemos el movimiento social se ha paralizado y que, razonablemente, la opción ya es sólo político-institucional. Esto tiene riesgos serios. Una estrategia nacional popular debe de tener en su centro una alianza de clases amplia y, sobre todo, una enorme capacidad de movilización social. En definitiva, sin un contrapoder social y cultural que apoye a un gobierno democrático en nuestro país no parece que los cambios que las poblaciones exigen se puedan realizar.
Conviene ahora volver al partido orgánico. Para realizar, hablando con rigor, la revolución democrática que este país necesita, Podemos e IU son insuficientes, necesitamos mucha más fuerza organizada, más capacidad de alternativa y una presión social sostenida en el tiempo. Por eso, deberíamos de abrir en el conjunto de la izquierda y más allá un debate sobre la estrategia a seguir, las alianzas a organizar y las propuestas a realizar en una sociedad y en un mundo que cambia aceleradamente. Expreso mi convicción de que en esta batalla estratégica es decisivo ganarse a la clase obrera organizada, a los trabajadores y trabajadoras: lo nacional popular, a medio o largo plazo, exigirá un protagonismo de clase.
Se trata, una vez más, de pensar en grande y de no dejarse tentar por un electoralismo fácil o, lo que sería peor, terminar en el bloque antiPodemos. Nuestra gente necesita unidad para avanzar, una mayoría social muy amplia y una enorme capacidad para despertar ilusión y generar esperanza. Debemos convertir el sentido de la vida y el horizonte de sentidos de la gente común en fuerza operativa y actuante. Necesitamos liderazgos fuertes que inviten a la auto organización y no solo a la delegación como una fuerza partidaria de masas y movimientos sociales capaces de mantener y defender un proyecto común.
En definitiva, se trata de construir el partido orgánico de la revolución democrática que suponga un nuevo equipo dirigente en el país al servicio de una sociedad de hombres y mujeres libres e iguales comprometidos con la emancipación social. A esto se le ha llamado en España siempre república. Cada vez más, esto depende de nosotros, de las personas que creen que se puede transformar la sociedad y convertir nuestras creencias y valores en fuerza y programa político. Nada que perder, todo que ganar.
(*) Manolo Monereo es politólogo y miembro del Consejo Político Federal de IU.
* primero en CuartoPoder
Son señales elocuentes, datos de una profunda involución social, de crisis de la política y de decadencia cultural. Lo que estamos oyendo y leyendo sobre Grecia supera con mucho lo conocido hasta el presente. Se está defendiendo casi unánimemente el derecho y el deber a la injerencia de las instituciones de la Unión Europea (especialmente Alemania) en las elecciones griegas. Las amenazas peores, la mentira convertida en verdad oficial y el chantaje practicado como modo usual contra aquellos pueblos que se atrevan a cuestionar, aunque sea moderadamente como es el caso de Syriza, las reglas del juego dominantes de esta Europa alemana del euro.
No sé si a estas alturas nos estamos dando cuenta todos y todas qué tipo de construcción política y de forma de dominio es la Unión Europea, esto que en el lenguaje usual se llama Europa. Por lo pronto, el pensamiento único ha devenido en política única y con ello, el neoliberalismo y sus técnicas de poder se convierten en obligatorio para todos los Estados. Las poblaciones, sobre todo las del Sur, ven como se degradan sus condiciones reales de vida y sus libertades materiales se recortan sistemáticamente y, más allá, un tipo de democracia que ya no significa el autogobierno del pueblo.
El caso griego se ha convertido en un ejemplo de lo que son las políticas de austeridad impuestas por los poderes fácticos europeos, es decir, por eso que se llama la Troika. Con el pretexto de rescatar al país de una grave crisis económica y financiera, se le impone un conjunto de medidas de ajuste que supone una enorme degradación de las condiciones de vida y de trabajo de la población, un recorte brutal de las prestaciones públicas y una sustancial disminución del papel regulador y redistribuidor del Estado. Sí, se trata de una guerra y no es nada extraño que viejos resistentes griegos a la invasión alemana así lo pongan de manifiesto. Una guerra de clases declarada por los poderosos e impuesta a las poblaciones bajo el chantaje de la deuda.
En Grecia se ha ido construyendo una alternativa. No ha resultado fácil. Cuando un régimen político se hunde y el sistema de partidos estalla, la confusión crece y el desencanto se generaliza, no resulta fácil organizar la esperanza y convertirla en política. Syriza parece que lo está consiguiendo y que puede ser la ganadora de las próximas elecciones con un programa, hay que insistir sobre esto, realista y hasta moderado pero defendiendo la dignidad de un pueblo y la independencia del país.
Crece el temor a que Syriza gane y que con ello entre en crisis el conjunto de la eurozona. Sorprende que un pequeño país ponga en cuestión a la primera potencia económica del mundo. Lo que Grecia pone de manifiesto es la debilidad estructural de esta Europa del euro y, sobre todo, el enorme poder de decisión y de acción de eso que se llaman los mercados y que no es otra cosa que el dominio del capitalismo monopolista financiero.
Sin embargo, desde un punto de vista democrático y desde las mayorías sociales lo que debería preocuparnos es qué pasará en Grecia si no gana Syriza, es decir que el chantaje haya tenido éxito y que las élites gobernantes de la UE se hayan impuesto. ¿Qué quedará de la democracia en Grecia? ¿Quién defenderá las libertades democráticas cuando estas se disocian de la justicia social y de la igualdad? ¿Quién protegerá al pueblo de la codicia de las clases dominantes?
Estas preguntas hay que hacérselas también pensando en la masacre de París. Francia no es cualquier país. Tiene un Estado fuerte y ha tenido una gran capacidad de integración social. Una sociedad civil robusta, grandes sindicatos y partidos de izquierda y un proyecto como el gaullista, que aseguraba cohesión social e identidad nacional. Veinte años de políticas neoliberales lo han cambiado todo, los grandes sujetos sociales y políticos se han ido disolviendo y desintegrándose las identidades. De los grandes proyectos colectivos no queda mucho y la sensación es de decadencia y de orfandad. Las nuevas generaciones, los hijos de la emigración, tienen enormes dificultades para sentirse parte de una comunidad de hombres y mujeres libres. La relación con el Estado ha ido cambiando y la vida pública se ha degradado mucho.
Francois Hollande llegó a la presidencia prometiendo nuevas relaciones con Europa y con Alemania, reindustrializar el país y poner fin a las políticas de austeridad. Nada de esto se ha hecho y, lo que es peor, con su nuevo primer ministro Valls, está haciendo unas políticas que nunca se atrevió a practicar la derecha. Ahora viene el inmenso mazazo de los asesinatos en París. ¿Qué ocurre cuando en una sociedad no hay alternativa? ¿Qué ocurre en un Estado democrático cuando derecha e izquierda hacen las mismas políticas contrarias a la vida y a la dignidad de la ciudadanía? Marie Le Pen está cerca.
No hay que engañarse. Lo vivimos en los años treinta y esa lección no ha sido aprendida. Toda sociedad reaccionará y lo hará con mucha fuerza cuando sus condiciones como pueblo y Estado son amenazadas radicalmente. Son las políticas neoliberales impuestas por esta Unión Europea alemana las que están poniendo en peligro las libertades y la democracia en nuestros países. No hay nada más que mirar las encuestas para ver que las poblaciones de los países del sur de la UE lo que quieren es protección social, un futuro plausible para las nuevas generaciones y dignidad para sus naciones. Desde los poderes formales e informales se les dice que esto no es posible y que si quieren seguir perteneciendo al selecto club de los países de la Unión Europea tienen que sacrificar sus libertades, degradar sus derechos sociales y convertir la democracia en un simple mecanismo para elegir a aquellos gobernantes que los poderes fácticos desean.
Este es el verdadero dilema griego y, cada vez más, lo será el francés. Las autodenominadas izquierdas cada vez tienen un problema más grande, las relaciones con sus pueblos, con la ciudadanía. Mejor dicho, que tienen que escoger entre seguir siendo serviles administradores de los intereses generales de la burguesía financiera o convertirse en garantes de los derechos de las mayorías. Al final aparece la vieja historia del movimiento obrero organizado, que para defender las libertades y la democracia hay que empeñarse en una lucha dura y terrible contra la plutocracia que nos gobierna.
¿Y si España fuera el eslabón más débil de la cadena del Sur?
(*) Manolo Monereo es politólogo y miembro del Consejo Político Federal de IU.
"Sin homogeneidad social, la más radical
igualdad formal se torna la más radical
desigualdad, y la democracia formal, la
Dictadura de la clase dominante".Hermann Heller, 1928
* primero en cuartopoder
Siempre hemos estado ahí y queremos ser protagonistas y actores principales en la tarea colectiva de construir un Nuevo Proyecto de País. Así se podría definir el último Consejo Federal de Izquierda Unida. Cayo Lara ha cumplido con lo que esperábamos de él, político limpio y al servicio del proyecto histórico que la IU de Julio Anguita ha defendido desde hace tres décadas: reconocer la nueva situación del país y dar paso a una nueva generación que ya es hoy mayoritaria en la organización. Alberto Garzón es la cara, los ojos y la inteligencia de un proyecto colectivo que, como pronto se verá, es hegemónico en Izquierda Unida.
IU no es ni la izquierda de Podemos ni parte del bloque anti Pablo Iglesias que los poderes están organizando en nuestro país. Julio Anguita, con su lucidez acostumbrada, ha venido insistiendo mucho sobre una idea: Podemos ha abierto una grieta y nosotros queremos convertirla en una fractura del régimen borbónico en proceso de restauración. Queremos ser alternativa, no alternancia y queremos converger con todos aquellos que quieren ir a un proceso constituyente que, a nuestro juicio, debe de ser una revolución democrática que haga a nuestro pueblo protagonista de su destino.
IU es necesaria. Se puede decir que ahora más necesaria que nunca, más allá de las encuestas y de los más o menos previsibles malos resultados electorales. Lo decimos con humildad pero con mucho coraje moral: sin IU, sin sus hombres y mujeres, sin sus cuadros y su organización no habrá cambio verdadero en España. Eso lo sabe Pablo Iglesias y lo sabe Alberto Garzón.
Somos, entre otras muchas cosas, una memoria colectiva. Nuestra patria tiene una segunda oportunidad: poner fin a un régimen oligárquico, autoritario y profundamente antinacional que nos ha gobernado secularmente. La crítica a la transición tiene que ver con esto. El PSOE fue siempre la restauración de ese régimen. Nunca luchó en serio por un cambio real en el país. Nosotros queremos construir un bloque democrático y popular capaz de cambiar la política desde la raíz, democratizar el poder económico y asegurar la independencia de nuestra patria.
No será fácil. Hay muchas maneras de ver las relaciones entre Podemos e Izquierda Unida. Las palabras que vienen a la mente son muy conocidas: prepotencia, sectarismo, partidismo estrecho y, diríamos, querencia de aparato. La mayoría de nosotros venimos de otra tradición: la de Pí y Margall, la de Costa, la de Pablo Iglesias, la de Jaime Vera, la de Azaña, la de Juan Negrín, la de Pepe Díaz, la de Dolores Ibarruri. Es la "otra España", la vencida y nunca derrotada, la que emerge cada mañana y la que el 15M reivindica sin saberlo. Las luchas del pasado no se olvidan, están ahí y emergen en cada momento donde la historia pasa de la normalidad a la excepción. La excepción siempre confirma la regla. Los oligarcas a lo suyo, a la explotación, a la miseria, a vender nuestra patria al extranjero y a convertir a nuestro país en una base militar contra los pueblos que luchan por su liberación nacional y social.
Nosotros a lo nuestro, a lo de siempre: unidad lo más amplia posible, lucha social y alternativa política. Está en nuestra memoria y en nuestra práctica colectiva. Queremos construir un nuevo país que garantice trabajo y dignidad para las nuevas generaciones; que recupere la política como autogobierno de hombres y mujeres libres e iguales y que haga de la defensa de las mayorías sociales el objetivo de la res-pública.
IU, con todo su enorme patrimonio moral e intelectual, con toda su fuerza organizada y con su experiencia política va a luchar para que no nos roben, una vez más, el cambio. Lo vamos a hacer como siempre lo hemos hecho, a la luz de nuestra gente, desde nuestro trabajo cotidiano y desde un proyecto autónomo que pretende representar un punto de vista de clase enraizado en el movimiento obrero y en la defensa de los intereses generales de nuestro pueblo.
No tenemos miedo, nunca lo hemos tenido. Ni nos sentimos inseguros. Vamos a luchar sin sectarismos y defendiendo la unidad del movimiento obrero y popular. En eso nadie nos puede dar lecciones. Tenemos principios que han guiado nuestra vida: la defensa de nuestro pueblo y la lucha por unas libertades que queremos hacer reales. Algunos pueden pensar que el sacrificio colectivo de la tradición que representamos no mereció la pena. Se equivocan y se han equivocado siempre: más temprano que tarde, tendrán su reconocimiento, nuestros asesinados en las cunetas, nuestros miles y miles de torturados y represaliados, nuestra mujeres que, sin saber lo que era el feminismo, tuvieron que soportar el peso de hogares sin padre y sostener la vida.
Y más allá, los hombres y mujeres que venimos de la tradición comunista de este país, que siempre supimos que los partidos son un instrumento y que el partido de verdad es el partido "orgánico", es decir, aquí y ahora, la fuerza que construirá un poder constituyente que nos traiga la República y la revolución democrática. El Partido "orgánico" va más allá de nosotros, de las fuerzas hoy organizadas, y necesita que se incorporen a la política miles de hombres y mujeres que hoy solo ejercen el derecho a votar. Necesitamos fuerza organizada, cuadros, proyecto, alianzas con los intelectuales críticos y protagonizar la pasión colectiva que está naciendo.
Lo que dice IU es que vamos a luchar, que vamos a seguir uniendo y queremos vencer. Se pone fin al repliegue interno y a la defensa pasiva. Queremos ser actores principales y determinantes del cambio para que no sea un cambiazo, para que la fisura se convierta en una fractura, para que ganen los que siempre han perdido y para hacer protagonista a la gente común y corriente.
Como sabéis, a esto se ha llamado siempre en España, República.
(*) Manolo Monereo. Politólogo y miembro del Consejo Político Federal de IU. Su último libro publicado, junto con Enric Llopis, es Por Europa y contra el sistema euro (El Viejo Topo, 2014).
* Crónica agradece al autor pode compartir su opinión
* primero en CuartoPoder





